TRASÍMACO, DE PROFESIÓN SOFISTA

Por: Luis de Valdeavellano

          Trasímaco fue uno de los llamados “filósofos sofistas menores”. Mucho menos conocido que los “mayores”: Protágoras o Gorgias es, sin embargo, a mi modo de ver, un pensador tremendamente interesante.
          Debió vivir aproximadamente entre 460 y 400 a.C. y parece que era ciudadano de Calcedonia, ciudad griega de Bitinia, en Asia Menor, actual Turquía. Era, por tanto, un griego de las colonias.
          Se sabe muy poco sobre su vida y obra y, aun esto, no directamente sino a través de autores como Platón, que no debían apreciarle en demasía.
          Aparece en el diálogo “platoniano” llamado “La República”, donde se produce un debate con el “conservador” Sócrates en el que Trasímaco defiende un pensamiento altamente trasgresor para aquella época, y para todas las épocas: el que la justicia es, en realidad, un artefacto concebido para que aproveche al poderoso, al más fuerte, al que detenta el poder. Que el más fuerte convierte en derecho su voluntad, imponiendo así su poder. Que las leyes son una imposición concebida por los gobernantes para su propia conveniencia, siendo así la justicia el medio que usa el que manda para imponerse, obteniendo siempre beneficio del que obedece.
          Su pensamiento parte de la premisa, que personalmente comparto, de que el ser humano es, en general, malo, egoísta, perverso e interesado, normalmente ambicioso e insaciable, lo cual no impide que haya personas honestas y justas que deploran estas posturas, pero, en todo caso, estos humanos están condenados a perder, casi siempre, en sus relaciones sociales, a ser menospreciados, cuando no humillados y castigados.
          Hay una frase, no sé si literal, atribuida a Trasímaco que define bien su postura al respecto: “Lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte”. Es decir que, en realidad, lo justo puede ser perfectamente injusto, incluso aunque sea aceptado por la mayoría social transformándose en ley.
          Pero volviendo a Trasímaco y sus colegas, los sofistas menores, pienso que, dadas estas ideas tan subversivas, como sugerentes, que propagaban, es bastante probable que pudieran haber sido denigrados, y castigados, por buena parte de la élite socio-política de su tiempo (no olvidemos que el propio Platón era un aristócrata ateniense) con el desprecio en vida, y con el olvido después, dado que sus ideas atentaban contra el “buen orden establecido”, incluso como aún parecen serlo en la actualidad. Puede que esto sea debido, en buena parte, al desconocimiento que sobre ellos se tiene, pero, también, a la degradación, algo interesada, que ha sufrido el vocablo que da nombre a su escuela, y que por eso mismo se les venga teniendo en menos de lo que fueron, y llegaron a significar, para la evolución del pensamiento humano.
          Da la impresión de que, por el mero hecho de pertenecer a la escuela sofista, palabra denostada, que ha terminado siendo solo usada como sinónimo de mentiroso y falso pero que, por otra parte, derivaba de dos griegas cuyo significado, más o menos, viene a ser: “sabio, maestro, artista”, se llegue a creer que estos filósofos, vanguardistas, y pioneros ya en su tiempo, eran poco más, o menos, que unos terribles y perversos “maquiavelos” (adelantados unos dos mil años al escritor político, y diplomático florentino) verdaderos genios del mal, propagadores infames de una filosofía “malvada” encaminada a convencer manipulando la verdad mediante la palabra. Solo porque otros filósofos rivales como el mentado Platón, el sobrevalorado Platón, les contaran entre sus encarnizados enemigos.
          Tengo la sospecha, que no puedo demostrar de manera fehaciente, de que, tanto los “platonianos”, ya en el tiempo en el que trabajaron  aquellos sofistas, y luego Aristóteles y sus seguidores, durante los siglos posteriores al decaimiento de la cultura griega, se encargaron de minimizar, degradar, y puede que incluso destruir, todos aquellos escritos de los sofistas que pudieran conservarse en las viejas bibliotecas y que cayeran en sus manos. Esa sería una explicación plausible al hecho cierto de que solo unos poquísimos textos suyos hayan llegado hasta nuestros días.
          (Todo lo relacionado con lo que el poder político, religioso y cultural, en cada época, ha venido haciendo con aquel pensamiento que no fuese de su agrado,  adulterándolo,  o sencillamente destruyéndolo,merecería más estudios, para resaltar hasta donde llega la perfidia humana cuando se suma al poder)   
          Aun así, ateniéndonos a lo poco que de ellos ha llegado hasta nosotros, los sofistas fueron precursores en varios aspectos fundamentales de la evolución, y desarrollo, del pensamiento humano, poniendo, por vez primera, al hombre en un primer plano, así como dando al lenguaje, a su estudio, desarrollo, y florecimiento, un valor hasta entonces desconocido como vehículo de expresión y, por tanto, de comunicación,  enriqueciendo su uso, y su papel fundamental en la exposición de las ideas, pero también convirtiéndolo en una verdadera herramienta de trabajo, y en un arte. Dieron también valor, incluso monetario, al hecho mismo de la enseñanza, a la propagación de sus técnicas de aprendizaje profesionalizándolas y,  en su evolución teórica, dejaron de considerar a las élites: los aristócratas y los ciudadanos libres de Atenas, por el mero hecho de serlo, como superiores al resto del pueblo, equiparando a cualquier persona, ya fuera ésta, libre, esclava, o extranjera. Esto último lo propusieron los sofistas menores que son los que hoy me interesa comentar.
          En algunos aspectos de su pensamiento, dentro de lo poco que de él nos ha llegado, pienso que enlazaron con los cínicos, de igual manera como también hallo ciertas similitudes con el posterior estoicismo. Mas ello podría ser objeto de algún estudio más prolijo.
          Como conclusión me guastaría resaltar de nuevo la certeza de que, cuando un pensamiento choca con los intereses de los poderes establecidos, ya sean políticos, económicos o sociales, suele ser denostado, conculcado y perseguido pues el ser humano teme, y persigue, la diferencia y la diversidad.
                                         Vale

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