LICAONES

Por: Miguel de Ungría

                                          

          Por vez primera mamá nos ha dicho que hoy iremos de cacería con la manada. Mis hermanos y yo estamos exultantes, tan excitados e inquietos que no podemos parar de dar vueltas mientras observamos los preparativos.

          Con suma atención contemplamos cada detalle. Se presiente toda la tensión del momento previo a la caza. Hay un nerviosismo creciente que se transmite en el ambiente, que se puede sentir e, incluso, oler. Es la adrenalina de la sangre que se percibe, dispersa por el aire, que nos excita las papilas y nos hace casi babear antes de haber consumado la cacería.

Mientras jugamos como locos vemos como se va reuniendo el grupo convocado por mamá con sus gruñidos y estornudos, respaldados por los de papá. Ellos dos forman un dúo sólido, poderoso, esplendido en todo su aspecto de pareja bien avenida.

          En perfecta fila, ante nosotros pasan los miembros de la partida: nuestros tíos y tías, los primos mayores y los demás; marchan cada uno ocupando un lugar en función de lo que les tocará hacer en esta ocasión, pues la finalidad es agotar a la presa elegida: si correrá en primer lugar o no, si relevará a sus compañeros y donde lo hará, o si la asaltará en el momento justo de pararla, derribarla y retenerla hasta que lleguen los demás, para así comenzar a comerla a toda prisa, incluso mientras aún está viva y su corazón late, sin perder ni un instante ni dar tiempo a que nos descubran esas alimañas ladronas llamadas hienas, nuestras más feroces enemigas. Por supuesto dejando a un lado las leonas asesinas, menos aviesas pero más poderosas y terribles.

          La manada se ha puesto en marcha con mamá y papá a la cabeza. Nosotros vamos los últimos, vigilados bien de cerca por otro de nuestros parientes que ya apenas puede correr porque es el más viejo de la manada, pero que conserva un mal genio que le hace temible, es él quien cierra el grupo.

          Mamá va la primera, es la jefa.

          Al poco tiempo de partir mamá marca un cambio de ritmo, e inicia un trote ligero ante la proximidad de las posibles  presas que ha venteado con su infalible olfato. Tras ellos, alegres y confiados, vamos nosotros y todos, grandes y chicos, nos dirigimos a la laguna cercana, al único abrevadero de la zona, donde impalas, gacelas y otros muchos animales tienen que ir, necesariamente, a beber.

          Los nuestros nos guían dando un corto rodeo para no acercarnos al oteadero preferido por las leonas, esas odiosas enemigas que no dudarán en atacarnos, feroces, a la menor ocasión, si se nos ocurre acercamos más de la cuenta a donde suelen apostarse.

          Cuando mamá selecciona a la futura víctima (esta vez se trata de un jabalí verrugoso, vamos un facocero), el grupo se para y, a continuación, se separa formando un amplio círculo imaginario en torno al jabalí elegido, que ya parece estar un tanto inquieto, como si presintiera lo que le espera. Se trata de un viejo macho solitario. Nosotros lo vemos todo desde más lejos, pero nuestro cuidador nos lo indica con sus gestos, gruñidos y resoplidos.

          La manada inicia el ataque mientras el facocero asediado huye a toda velocidad, intentando ponerse a salvo fuera de nuestro alcance. Es su recurso para dejarnos atrás: la velocidad punta, pero lo sabemos. Solo es cuestión de saber cazar en equipo y tener paciencia.  

          Tras el viejo macho corre primero uno de los primos, el más próximo a su vía de escape. El facocero corre todo lo que puede, pues bien sabe que le va la vida en ello. Va describiendo eses y  círculos, cambiando de dirección, tratando de despistar al perseguidor, lo cual le aleja momentáneamente de él pero le acerca peligrosamente a otros de los nuestros, que, bien situados, esperan su turno, de modo tal que se van sustituyendo en la persecución, haciendo sentir al jabalí que siempre hay alguien tras él, esto le hace cansarse y  desmoralizarse, porque se ve siempre acorralado.

          Sabe que nadie acudirá en su ayuda y casi da un poco de pena, porque se ve que empieza a flaquear a pesar de ser un valiente dueño de un gran corazón.

          Y es mamá quien, al fin, lo inmoviliza lanzándole una certera dentellada a una pata trasera, haciendo presa en él. Tras ella, como un relámpago, llega papá y luego los demás. Uno tras otro, se abalanzan sobre él. Le rodean y le muerden, causándole desgarros por todas partes.

          Ese facocero tiene la piel muy dura pero los dientes de la manada son a tener en cuenta.

          A pesar de no estar del todo muerto nos lo estamos comiendo a toda velocidad. Los mayores a grandes bocados, engullidos sin masticar, mientras nosotros, en un huequecillo privilegiado, nos dedicamos a las partes más blandas.

          Es delicioso, deja un regusto mucho mejor que el de la carne acida, a medio digerir, que nos han estado regurgitando hasta ahora. Tiene el sabor especial que le da el hecho de estar recién muerto, todavía palpitante, bueno, en trance de morir de inmediato.

           Su sangre es dulce, cálida, fragante y reconstituyente. Con gran rapidez siento como mi cuerpo se vuelve más fuerte, más potente. Como cuando mamaba de mamá, llenaba la tripa y me sentía pletórico y feliz.

                                           

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