JUANELO TURRIANO, DE LA FAMA AL OLVIDO.

                       (Breve apunte sobre el “Leonardo” ítalo-español)

Por: Luis de Valdeavellano

          En una sociedad enferma, uno de los síntomas que pueden dar idea del alcance del mal que la aqueja es el ansia desmedida de obtener la fama a toda costa. En la actualidad, merced a una clase política indigna, y a su máxima manifestación mediática representada por la televisión (y a la política empresarial indecente de sus propietarios, ya sean empresas privadas o entes públicos), tenemos que asistir, con desolación, a la proliferación de espacios que pretenden crear famosos de la noche a la mañana.

          Sin justificación para ello, sin motivo que en verdad lo acredite, salvo el interés espurio del dinero, vemos la aparición y desaparición de personajes despreciables que nacen, y mueren para la fama, como flores, efímeras, del mal.

          Y mientras esto sucede, los verdaderos genios permanecen en la sombra, ajenos al devenir de la fama y sus veleidades, luchando enconadamente, como siempre, por abrirse un pequeño hueco entre tanta estupidez. Son muchos los artistas, investigadores, creadores en cualquiera de sus múltiples facetas, que pugnan por dar a conocer sus creaciones sin lograr, a menudo, conseguirlo. Y son muchos más los que, habiendo hecho de su vida una verdadera aventura, digna de figurar con letras de oro en los libros de la historia, merced a la desmemoria propugnada por una enseñanza politizada, incongruente y vulgar, han quedado aparcados al margen, en una esquinita apenas contada, casi no sabida, de la historia.

          Juanelo Turriano es arquetipo del genio olvidado y siempre, hasta ahora, muy poco reconocido, pese a estar a la altura de otros personajes que han sido divulgados hasta la saciedad, y finalmente admirados (como Leonardo da Vinci) en todo el mundo.

          Juanelo nació como Giovanni Torriani en Cremona, Milanesado, en 1501 (la ciudad donde también nacieran algunos de los más grandes luthieres, hacedores de los mejores instrumentos de cuerda de la historia de la música, así como otros genios científicos como Cardano o Tartaglia, originarios de la misma zona) para venir pronto a vivir a España, donde murió en 1585 en la ciudad imperial. Nada se sabe con certeza del origen de su formación y, pese a que se dice que en su infancia fue pastor y, que su conocimiento astronómico fuera fruto de su inteligencia sin par y de su intuición, no parece ello posible y sí, que Giorgio Fondulo, médico, matemático y profesor, iniciase a Turriano en la ciencia astronómica; pudo ser también que trabajara como aprendiz en alguno de los talleres que, por entonces, proliferaban en las renacentistas y florecientes ciudades italianas, puede que en el de su mismo padre, Geraldi Turriano, quien sin duda hubo de influir en su aprendizaje y en sus múltiples conocimientos, pues le nombra como su maestro en sus escritos. En  Toledo  trabajó,  a  partir  de  1530, para la monarquía   española,   primero  para  Carlos I,  por  quién   fue  llamado,  y nombrado como relojero de corte.  Para el gran emperador construyó el famoso Cristalino, un reloj astronómico que le hizo conocido en aquel tiempo, y en el que se podía ver la posición de los astros en cada minuto. También  restauró el “Astrarium” reloj planetario, obra maestra de la tecnología medieval, construido en el siglo XIV por Giovanni Dondi, reto singular para los artistas relojeros de aquel tiempo.

          Ya con su nombre españolizado como Juanelo Turriano, su fama fue creciendo destacando como ingeniero, matemático y fabricante de mecanismos y artilugios singulares, llegando a construir, desde ametralladoras, a máquinas voladoras, grúas, bombas de elevación de agua e, incluso, se le atribuye un sistema que mantenía los cuerpos horizontales, aún sometidos a fuertes vaivenes, y que hoy es conocido como suspensión Cardan en homenaje a su paisano Cardano. Es legendario su “Hombre de Palo”, un autómata, según la leyenda, que  era capaz de ir cada día a la puerta de la catedral donde, dicen, pedía dinero a los devotos que a ella acudían. Aún hoy, una calle de Toledo recuerda aquel autómata maravilloso.

          Tras acompañar al viejo monarca en su retiro de Yuste, a su muerte regresó a Italia “prestado” por su sucesor, Felipe II, al papa Gregorio XIII para colaborar en la reforma del calendario actual. Dirigió, a su regreso a España, la construcción del pantano de Tibi, en Alicante, la presa más alta del mundo durante cerca de trescientos años. A petición del arquitecto Juan de Herrera diseñó las campanas del palacio-monasterio de El Escorial.    

          Felipe II le nombró “Matemático Mayor” y durante su reinado construyó molinos y otros autómatas: guerreros, pájaros voladores, danzarines; siguió fabricando relojes y todo tipo de artefactos para para la paz y para la guerra.

          Pero el mayor reto que enfrentó en su apasionada vida de genio creador le fue encargado por el Marqués de Vasto, a la sazón personaje muy importante en la ciudad imperial, consistiendo en el diseño y la construcción de una máquina hidráulica capaz de subir agua desde el río Tajo a la ciudad. Este sistema de elevación  (que sería conocido como “Ingenio de Toledo” o “Artificio de Juanelo”), fue comenzado hacia 1534, pero todo tipo de paralizaciones y problemas hicieron que fuera en torno a 1565 cuando viera finalmente la luz.

          Juanelo cumplió con el encargo, y el ingenio comenzó a funcionar a pleno rendimiento consiguiendo elevar más de cien metros, desde el río a la ciudad, una cantidad diaria de unos 17.000 litros ( mil seiscientos cántaros de a cuatro azumbres de agua). El cronista Ambrosio Morales dice que en su construcción se emplearon doscientos carros de maderas, y más de quinientos quintales de metal. La máquina constaba de gran cantidad de cucharas y brazos de madera, engranados de forma tal que se iban pasando el agua de unos a otros, y usaba la propia energía hidráulica del río. Según fuentes escritas Juanelo construyó dos artificios similares y al parecer, el Ayuntamiento toledano incumplió sus compromisos económicos con él siendo tan solo el rey quien pagó su parte. El caso es que, como consecuencia de los impagos, Juanelo se arruinó, sufriendo lo indecible durante los últimos años de su vida, muriendo el día 13 de Junio de 1585 y siendo enterrado  humildemente en un convento de la ciudad.

          No obstante sus dos ingenios continuaron funcionando durante más de cuarenta años, hasta mediados del siglo diecisiete, pero su complejidad dificultaba su conservación, una vez muerto Turriano, por lo que el primero de ellos fue finalmente desmontado dejando el segundo como símbolo de la ciudad. Pero la falta de mantenimiento, la desidia, y el robo continuado de las piezas del mismo, hicieron que desapareciera, no quedando en la actualidad nada de los mismos.

          Juanelo Turriano es, además, el autor de los “Veintiún libros de los Ingenios y Máquinas” obra recuperada y editada en su integridad por la “Fundación Juanelo”, y parece que escribió muchos más libros y tratados sobre temas militares, pero se consideraron secretos en su época  y no llegaron a ver la luz, siendo publicados mucho después.

          He aquí, en estas breves líneas, la historia de un genio, un gran ser humano que, como tantos otros, ha, prácticamente desaparecido, merced a la desidia tan española, de los libros de la historia.

          Sirva este pequeño bosquejo de artículo en su recuerdo, homenaje y aviso cierto de que la nación que olvida a sus grandes hombres vivirá sojuzgada, siempre a merced de los más viles, miserables y pequeños.

                                                       Vale.

Nota: Este artículo fue publicado en el periódico «La Tribuna de Guadalajara» por nuestro nuevo colaborador «Luis de Valdeavellano». En siguientes entregas recuperaremos algunos de aquellos artículos por su interés para el intrépido lector.

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