CHARLES BUKOWSKI, MENOS MAL QUE LA LITERATURA NO HUELE.

Por: Luis de Valdeavellano

          Habiendo nacido en la recién iniciada década de los llamados: “felices años veinte”, no parece que fuera nada fácil, ni feliz, la llegada al mundo de este escritor nacido en Alemania, hijo de un militar americano y una alemana. Mal tratado por su familia desde niño, alcohólico y desarraigado desde joven, vagabundo, y luego cartero en Los Ángeles, fue capaz de crear, partiendo de su propia malaventura, un personaje tan singular, y tan literario, que terminaría siendo el protagonista de su propia obra.

          Pero, si bien tuvo el genial acierto de hacer de su vida literatura, el precio personal a pagar por ello debió de ser altísimo, por mucho que en sus escritos intente traslucir un “benévolo” trasfondo, desinhibido y hedonista, donde su dura condición de alcohólico irredento, y pobre de solemnidad, se magnifica hasta su trasformación en una especie de “héroe de la miseria”, un pequeño gran “campeón sobre caos”, un cínico escapista del brutal sistema capitalista norteamericano; a la postre un impúdico superviviente del insensible rodillo social, pura antítesis del ciudadano estándar, vulgar y corriente, el cual, sometido a las demandas casi insoslayables de la sociedad: estudio, trabajo, casa, familia e impuestos, se ve condenado a vivir una vida triste, anodina, insípida, sin ningún tipo de emoción, sin aliciente alguno.

          Escarneciendo las presuntas virtudes de la burguesía tradicional americana, acentuando sus flaquezas, y confrontándolas con la cruda pero, a su modo, excitante vida del excluido, o mejor tal vez, al menos en su caso, autoexcluido, forjó en sí mismo la descarnada, pero arrogante, figura del que campa orgulloso en medio de la indiferencia, y el abandono, de todo aquello que no sea sobrevivir, beber y follar, follar, beber y sobrevivir.

          Un estilo de vida nihilista, bohemio, subterráneo, noctívago, apegado a ciertos submundos urbanos clásicos, a esos sinuosos inframundos de las grandes ciudades formados por tugurios de mala muerte, baretos infectos, pensiones apestosas, y casas de vecinos pobladas de fulanas, sodomitas y yonquis de todo tipo, lugares que, sin embargo, pueden llegar a resultar confortables para el desterrado en medio de la desolación humana del entorno.

          Bukowski se mueve en una modalidad de cinismo urbano (en su acepción filosófica clásica pero sin tinaja) redivivo, donde los deseos más primarios son los hilos conductores de la vida, aunque enmarcados en el más crudo capitalismo contemporáneo.

          Las propias ratas también tienen sus palacios, aunque éstos sean profundas moradas subterráneas, sin luz ni horizonte, donde la basura es riqueza, y la suciedad, y el caos, constituyen su seguridad, el decorado básico de su bienestar.

          En sus escritos consigue trasmitir como podemos llegar a amar nuestras propias miserias, elevándolas, casi, a la categoría de virtuosas; como normalizarlas y  frecuentarlas con deleite, hallando en ellas la confirmación de que nos asiste la razón cuando despreciamos todo aquello que creemos que nunca podremos alcanzar.

          El mundo sórdido, e inclemente, donde habita Bukowski alimenta su poesía y su prosa, fustigantes de palabras estigma. Es un mundo de espacios sórdidos, mugrientos, donde cohabitan humedad, miseria, desidia y abandono, olores rancios a sudor y a vomitona. Su mundo literario, hecho de frases concisas e hirientes, malsonantes y duras, tan ajenas a las normas literarias,  es como su propia vida con respecto a las normas sociales al uso.

          Bukowski es el llamado “realismo sucio” hecho escritor. Se puede decir que él es el propio estilo literario que, con concisión, tan bien define su propio nombre. Ese feísmo minimalista, y directo, de una realidad cruel, bestial, y desaliñada, donde nada importa nada, y la amistad, o el amor, son tan profundos como el aprecio por aquel que paga la siguiente copa.                                   

Vale

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