LOS CUERNOS DE DON FRIOLERA

        (La desnudez del esperpento, el garabato de la idea)

Por: Luis de Valdeavellano

          Don Ramón José Simón del Valle y Peña, mejor conocido por Ramón María del Valle-Inclán (28.X.1866 Villanueva de Arosa, 5.I.1936 Santiago de Compostela) fue uno de los escritores más importantes de finales del siglo diecinueve y principios del veinte de nuestra era.

          Incluido por los especialistas entre los seguidores del movimiento modernista y, sin duda, al corriente de todas las vanguardias artísticas que fueron tomando forma, en Europa y en España, a principios del pasado siglo, don Ramón fue evolucionando hacia un extremismo estético que terminó por cobrar forma literaria propia pasando a llamarse Esperpento. Se trata de un modo de hacer literatura donde las siluetas humanas se deforman al ser reflejadas, como él mismo afirmó, “en espejos cóncavos”, siendo así que esa deformación apenas deja ver el fondo humano de los seres que bosqueja, puro garabato de los mismos, esquemática caricatura, tan real como cruel, tan irreal como paródica, de la sociedad de aquel tiempo, en muchos aspectos ya moderna y actual, que se emplea en dura pugna contra un mundo antiguo, plagado de estereotipos anclados en un pasado obsoleto, que se resiste con saña a hacerse a un lado y donde una iglesia católica, netamente represora, ejerce todavía un gran poder de opresión social bajo su versión más intolerante y castradora. Con una todopoderosa milicia, amenazante para la sociedad civil, poblada de personajes paradójicos, patéticos y primarios, salvo excepciones y, en general con una ciudadanía, en buena parte, anclada en un pasado tenebroso, donde conviven, o mejor, donde subsisten enfrentadas, grandes capas sociales rurales, varadas casi por completo en el más obscuro medievo, y fieles a sus referentes ancestrales, frente a las nuevas clases urbanas emergentes,  formadas por patronos y trabajadores (proletarios) “instruidos”, llegados del mundo rural, al que de inmediato renuncian, y desdeñan, como obsoleto e insatisfactorio para sus necesidades de progreso.

          Es un mundo donde aún se llevan a cabo clandestinos duelos de honor, y donde se ejecuta a los delincuentes en terribles ceremonias públicas, actas para todos los públicos, con el infame garrote vil.

          No me resisto a poner aquí un fragmento de un estupendo poema de don Ramón describiendo esta función tenebrosa:

                                   ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!

                                   Canta el martillo,

                                   El garrote alzando están,

                                   Canta en el campo un cuclillo,

                                   Y las estrellas se van

                                   Al compás del estribillo

                                   Con que repica el martillo:

                                   ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!

          Y luego, en otro fragmento:

                                   Apicarada pelambre

                                   Al pie del garrote vil

                                   Se solaza, muerta de hambre.

                                   Da vayas al alguacil,

                                   Y con un rumor de enjambre

                                   Acoge hostil la pelambre

                                   A la hostil Guardia Civil.

          La crítica hacia ese mundo obsoleto es radical y brutal, ha de ser así en un mundo de extremos: radical para ser verdadera crítica y brutal para ser eficaz.

          No valen paños calientes, ni medias tintas. No vale condescendencia alguna, ni contemporización alguna, por ello esos personajes se arman a partir de los instintos más primarios, como marionetas en el alambre de un mundo decadente, destacando en ellos sus miserias más trágicas en puras caricaturas de humanos deshumanizados, sometidos a la tiranía de la tradición anquilosada. El empleo de máscaras acentúa aún más esa misma esencia arcaica, con claras reminiscencias del primitivo teatro griego.

          El Esperpento viene a ser un resumen, puro esquema y garabato, un signo inequívoco del desencanto absoluto que produce un mundo español que se derrumba tras la pérdida de las últimas colonias. Atrás quedan para siempre Cuba y Filipinas…las cenizas del perdido imperio. Solo el último vestigio, la presencia de una ilusión de ejército imperial anacrónico sobrevive aún, por unos pocos años, en el Marruecos colonial.

          Son tiempos de desdichas políticas, premonitorias de la guerra civil por llegar, como sucediera durante el siglo diecisiete mas, con las más espesas sombras, llegan las primeras luces de un mundo nuevo. Son años de grandes descubrimientos técnicos: las múltiples aplicaciones de la luz eléctrica, el automóvil, el avión, pronto la penicilina. Y no vienen solos pues con ellos llegan movimientos políticos que llevarán al voto femenino, o el advenimiento de las grandes vanguardias artísticas, las nuevas corrientes de las artes plásticas, el nacimiento del cine, impulsos creativos vitales que cambiaran la faz del mundo.

          Y es curioso que tenga que ser don Ramón, un hombre apegado en muchos aspectos al viejo mundo decadente representado en lo político por el carlismo, y en lo social por el culto al honor, el mismo que rompa las reglas de un teatro costumbrista y de mero entretenimiento.

          En “Los Cuernos de don Friolera” obra publicada por entregas hacia 1921 y representada en parte, en casa de los Baroja (solo el Prólogo y el Epílogo) en 1926, el Esperpento es ya una realidad dramática plena. Una forma de hacer teatro que aúna tradición y ruptura. Un teatro que rompe moldes y que, aún hoy, sorprende al mismo tiempo que crea una cierta desabrida inquietud.

                                                Vale

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