Por: Luis de Valdeavellano
DIÓGENES EL CÍNICO
Y llegamos, por fin, a la figura señera, a la figura cumbre del cinismo, al personaje que resume y amalgama lo mejor y lo peor de dicha teoría filosófico-moral que busca, en la sabiduría y el conocimiento, lo que para ellos es razón última: su aplicación práctica en la consecución de la virtud, objetivo supremo de los cínicos.
¿Y quién fue Diógenes? Es difícil resumir en pocas líneas lo mucho, muchísimo, que se ha escrito y especulado sobre tan singular personaje, hasta ha dado nombre a un síndrome peculiar que consiste en la acumulación caótica y enloquecida de objetos de toda índole, justo lo contrario de lo que los cínicos y el propio Diógenes propugnaban, es decir: no tener nada o lo menos posible.
Nació en Sínope (actual Turquía) entre el 415 y el 400 y murió en Corinto en el 323 antes de Cristo, y lo más complicado es discernir lo que pudo o no haber de cierto en tantas anécdotas como se cuentan de tan extraordinaria persona, pues las principales noticias sobre él proceden de otro Diógenes, Laercio, que vivió unos cinco siglos después. En absoluto es éste mi propósito, sino dar unas pinceladas de esa actitud suya ante la vida, sabiendo que, con el paso de los siglos, ha sido manipulada, modificada a tal extremo de considerar imposible acercarse siquiera a lo que pudiera ser, o no, cierto. Poco importa, pues su propuesta de vida espléndidamente extrema, tan alucinante, tan deslumbrante y utópica, “pasando de todo”, como se dice ahora, pero haciéndolo literalmente, descendiendo en la escala animal hasta equipararse con el perro, su animal totémico y del que tomaron el nombre, se basta a sí misma .(Planteada en un contexto general, significaría el caos social absoluto, el verdadero anarquismo, la destrucción total de la sociedad de los humanos tal como desde hace milenios la conocemos). Es la anti-sociedad, una vuelta al primitivismo absoluto, por eso mismo ellos hablaban de una respuesta individual, conscientes seguramente de la inviabilidad de su toma de postura con carácter general. Coevo de Aristóteles y opuesto a su doctrina, tanto como a la de Platón, a los que debió despreciar por su presuntuoso elitismo intelectual, recibió de ellos la misma opinión, –Platón le llamó: “ese Sócrates delirante”– sin embargo Epicteto le consideró modelo de sabiduría. Entre sus pensamientos fundamentales se pueden enumerar: su rechazo al politeísmo y a los cultos religiosos, al igual que a las demás instituciones humanas, sociales y políticas; su oposición a las diferencias de clase; el desdén por las normas de conducta, pública y privada; su osadía e independencia ante los poderosos; su cosmopolitismo; su modo de vida ascético sometido incluso a entrenamiento para soportar situaciones extremas de frío, calor o hambre y una dependencia mínima del mundo exterior. Escribió bastante, diálogos y tragedias, tratados de filosofía, moral y política, a menudo en contraposición a Platón y a otros filósofos rivales, pero todo se ha perdido.
Después de ser expulsado de Sinope en su juventud, (por un asunto monetario en el que se debió ver implicado con su padre, que al parecer era banquero) y de vagar por Esparta, Corinto y Atenas, en ésta ciudad conoció al que sería su maestro, Antístenes, que no le recibió con agrado, y le conminó repetidamente, con cierta violencia, a que se alejase de él, pero el tozudo Diógenes persistió en su empeño y consiguió su propósito de ser admitido como discípulo. Parece que siempre existió cierta prevención entre ambos, fruto posible de la toma tan extrema de posición que adoptó Diógenes dejando muy atrás a su maestro que, según había dicho Sócrates, ya se jactaba de extremista. Es fama que habitó una tinaja o tonel sin preocuparse de tener casa o refugio seguro, ni de quién, ni donde, le habían de enterrar, cosa trascendente para los de su tiempo, y que solía decir que le gustaría ser comido, a su muerte, por perros y cuervos. Para ejercitarse en el dominio de su cuerpo, en verano se revolcaba sobre arena caliente y en invierno andaba descalzo y se abrazaba a las estatuas metálicas para soportar mejor el frío. Podría decirse que se comportaba como un atleta de la miseria, tanto en un plano físico como intelectual.
Pero vayamos a la fuente más segura, que es ése otro Diógenes (Laercio) siglo tercero d. C., que nos legó tan valiosa como trasmutada información sobre nuestro querido cínico. Fue el primero de los cínicos que dobló el manto que le cubría para así poder cubrirse con él durante la noche, usó bastón y el morral donde portaba sus pertenencias llegando al extremo de romper la escudilla donde se alimentaba cuando vio a un niño usar un trozo de corteza de pan para hacer lo mismo. Hacía en público las necesidades más perentorias, tanto fisiológicas como sexuales, desconocía el amor pero se juntaba con mujeres aún careciendo de afectos familiares. Era un pacifista aunque no se hacía ilusiones sobre la marcha del progreso social. Observando el trabajo de pilotos, médicos y filósofos deducía que el hombre es más inteligente que los animales, pero cuando veía actuar a los intérpretes de sueños, adivinos y videntes, y a sus muchos clientes, afirmaba que no hay nada más vano que el hombre. La conquista de la libertad plena es el objetivo de esta sabiduría encaminada a gobernarse a sí mismo.
Como colofón al recuerdo de tan extraordinario personaje inserto algunas anécdotas tomadas de aquí y de allá con el ánimo de que inciten al lector curioso a indagar por sí mismo. Empiezo con una que narra que andaba durante el día por la ciudad con una lámpara encendida en las manos y, a quién le preguntaba porqué lo hacia le respondía: “Busco a un hombre”.
Viendo en una ocasión como los sacerdotes arrastraban a un infeliz que había robado una vasija del templo comentó: “Los ladrones grandes llevan preso al pequeño”.
Al ser iniciado en los misterios órficos (religiosos) como el oficiante prometiera grandes bienes en el más allá, le dijo: “¿Por qué, entonces, no te suicidas?
Afirmaba que las cosas de mucho valor tienen poco precio y al revés, un cuadro o una estatua valen fortunas mientras un paquete de harina se vende por una miseria.
A uno que le reprochaba dedicarse a la filosofía sin saber nada le contestó: “Aspiro a saber, y eso es justamente la filosofía”.
En cierta ocasión pedía limosna a una estatua y le preguntaron por qué lo hacía y él respondió: “Me ejercito en fracasar”.
Viendo como todos se afanaban previniendo el próximo ataque enemigo Diógenes empezó a hacer rodar su tinaja y cuando le preguntaron que significado tenía aquello dijo que: “Viendo a todos hacer algo, muevo mi tinaja al no hallar nada más importante que hacer”
Es fama su encuentro con el gran Alejandro, (cosa improbable pero no imposible), pero que alecciona sobre su desprecio hacia los superiores y su forma de vida, pues preguntándole éste que podía hacer por él le dijo: “Sencillamente que te retires un poco a un lado pues me impides tomar el sol”.
De este tenor, para concluir, incluyo algunas más, como todas, deformadas por el paso del tiempo: “Cuanto más conozco a la gente más quiero a mi perro”. “El movimiento se demuestra andando”. “El único medio de conservar la libertad es estar dispuesto a morir por ella”. “Un pensamiento original vale mil citas insignificantes”.
Cuando Diógenes murió los atenienses le hicieron un monumento consistente en una columna sobre la que se recostaba un perro, simbolizando el regreso a la naturaleza, (o a la autenticidad de la vida), eso que en, una parte de nuestra sociedad occidental, está proscrito, si no olvidado, en esta sociedad opulenta donde los millonarios hacen alarde constante de su poder y compran equipos de fútbol, y aviones privados, y viven una vida tan placentera como artificial y vana, un poco de cinismo sería una cura para tantas de esas almas enfermas, pese a habitar en un cuerpo ahíto. Vale.
Nota: Para la confección de este artículo me he valido de documentos extraídos de Internet, de mis propios libros y del libro “La Secta del Perro” Vidas de Filósofos Cínicos, del profesor y maestro don Carlos García Gual, Editado por Alianza Editorial.