KEITH MOON, EL «BROMISTA DINAMITERO»

Por: Luis de Valdeavellano

          Keith John Moon, apodado “Moon the Loon, Moon el lunático” nació un 23 de Agosto de 1946 en Wembley, Londres, y falleció en la misma ciudad, a consecuencia de una sobredosis de Clometiazol, o Heminevrin, el día 7 de Septiembre de 1978 a la edad de treinta y dos años. Concretamente fueron treinta y dos pastillas las que se le hallaron en el estómago tras las pruebas forenses, de las que su organismo (bastante deteriorado ya en esos momentos por los muchos excesos cometidos, pese a su corta edad) solo había absorbido seis, quedando todavía en su estómago otras veintiséis píldoras sin disolver.

          El medicamento ingerido era un sedante que le había sido recetado para combatir su fuerte adicción al alcohol, y a otras drogas, en el enésimo intento del músico por desengancharse de sus adicciones, y cuyo uso, o abuso, puede que no hubiese sido controlado con la suficiente diligencia por el médico que se las había recetado.

          No deja de ser curioso, y casual -aunque yo no crea demasiado en ese tipo de casualidades- que la cantidad ingerida coincidiera con su propia edad en aquel delicado momento de su vertiginosa y fugaz vida.

          Parece que la desmesurada ingesta se correspondió con un momento de gran abatimiento por su parte. Un momento crítico de precoz declive, cuando, pese a su juventud, los estragos de su vida alucinada y salvaje, tanto para con los demás, como para consigo mismo, le estaban pasando severa factura. Su cuerpo, desfondado, y demacrado, sufría ya las secuelas del maltrato al que le había sometido, sin compasión alguna, durante los años anteriores.

          En aquellos días aparecía en los conciertos gordo, fuera de forma, mermado en sus brillantes facultades musicales innatas; puede que se hallase a un paso de ser expulsado de su banda, por la manifiesta incapacidad mostrada en las últimas actuaciones de su vida (situación que un grupo tan importante, e hiper-famoso en aquel momento, como The Who, difícilmente podría soportar por mucho tiempo más).

          Pudo también, como no, haber sido un mero, aunque fatal, accidente fruto de su falta de control sobre sus propias acciones, una broma macabra, de las suyas, llevada al extremo…Pudo, naturalmente, pues son todo especulaciones, pero no lo creo, fundamentalmente porque el músico, si algo no era, era un ser tonto, aunque creo que sí que debía ser un poco inocente, un ingenuo contumaz, en medio de un mundo artístico y económico vertiginoso.

          Aquel niño genial que, precozmente, se convertiría en un baterista autodidacta y virtuoso, que contribuiría, puede que sin pretenderlo siquiera, a cambiar la forma de tocar la batería en el mundo de las, por entonces, emergentes bandas dedicadas a las músicas modernas: rock, pop, blues, etc., nació ya con unas cualidades, y unos trastornos, que irían derivando en variadas vertientes antes de precipitar su pronto fallecimiento, algo con lo que yo pienso que él mismo debió contar en algún momento de su, a pesar del abrumador éxito, vida atormentada.  

          Puede que él mismo supiera, o al menos intuyera, desde casi siempre, que no era como los demás, que su mente no funcionaba como las de los demás, que sus inclinaciones, sus aficiones, sus intereses, no se parecían a los de los demás, y creo que todo esto le llevó a vivir sin marcarse ningún límite, ni poder hacerlo, y, por supuesto, sin consentir que nadie lo hiciera.

          Puede que por eso mismo viviera tan frenética, e irresponsablemente. Su mente debía funcionar como una especie de centrifugadora voraz, a una velocidad incomprensible para el común de los mortales, incluidos sus propios compañeros del grupo The Who, que le querían  como persona, y le respetaban por su inmensa calidad musical mientras le temían por sus excentricidades, y con los que conseguiría, casi de inmediato, fama y fortuna, llegando a ser considerados (como lo son según mi criterio musical) uno de los grupos más importantes de la historia de la música contemporánea.

          Ya sus primeros maestros en la escuela se dieron cuenta de que ese niño no era un niño normal, y así lo constataron en sus informes. No, en absoluto, no lo era. En nuestros día tal vez pudiera haber sido correctamente diagnosticado. En su caso parece que podría tratarse de un claro ejemplo de lo que ahora se denomina (TDAH) es decir: un trastorno por déficit de atención e hiperactividad, una afección ahora estudiada y mejor comprendida que en aquel tiempo.

          Cuando fue mayor, rico y famoso, vivió desaforadamente. Le dio por poner, primero petardos y luego auténticos cartuchos de dinamita en los inodoros de los hoteles de lujo que frecuentaba, con motivo de sus giras musicales, literalmente destruyendo aseos y habitaciones, convirtiéndose en un verdadero terror de las cadenas de hoteles más prestigiosas del planeta. Sin contemplaciones destruía los alojamientos por los que pasaba, creyendo que por el mero hecho de hacerse responsable de sus actos, y pagar los daños, a menudo considerables, creía, ingenuamente, que le asistía el derecho de hacer su capricho. Como un niño excéntrico y caprichoso que se negó siempre a crecer.

          Las anécdotas de sus actos alucinados, como lanzarse a la piscina de un hotel a bordo de su coche de lujo, nos remiten a un joven abrumado por el dinero y la fama, incapaz de medir sus actos, con un afán de protagonismo anárquico, fuera de todo freno, que le llevo a situaciones verdaderamente extravagantes que no repasaré aquí, dejando al improbable lector deseoso de saber más, el reto de buscarlas.

                                        Vale

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