Autor, leído e interpretado por Miguel de Ungría
DEPOSICIÓN Y PROTESTA
(Una nueva cultura de la adicción y de la dependencia)
Señoras, señores, señoros, tengo el honor de dirigirme a ustedas, ustedes y ustedos (y también a todos aquellos que se sientan representados por cualquier otra letra del abecedario), mas lo hago sin esperanza alguna, lo cual me libera espiritualmente, a la par que me permite comunicarles, sin ningún pudor, en forma de protesta, esta deposición verbal.
Es éste un acto contra todo, y contra casi todos, pero como el tiempo, siendo en apariencia ilimitado, es, paradójicamente, limitado por el propio tiempo, debo decidir contra quien protestar más a fondo para que la cosa no se salga de madre.
Vivimos tiempos de represión, sobre todo en lo que atañe a la libertad de expresión, lo cual, sin embargo, no es nada nuevo, sino que viene siendo una constante en la historia de la humanidad. (Al menos desde el mismo momento en el que un homínido atrevido tuvo una idea discrepante, con relación a otro que tenía una cachiporra más grande) y sé, por tanto, que éste es un acto inútil; pero pese a ello, o mejor dicho, precisamente por ello mismo, creo que es el momento perfecto para protestar más firmemente que nunca.
Es pronto todavía, tenemos cerveza (y no estamos aún muy borrachos, espero…) y, como he dicho, quiero protestar, y protesto enérgicamente, contra todo poder político, y contra los políticos que nos representan, pues considero uno de los deberes inexcusables del ciudadano el protestar siempre contra todo poder, por el mero hecho de serlo…quiero decir…un poder.
Por ello mismo protesto también, enconadamente, desaforadamente… (y continúen ustedes mismos poniendo cuantos “mentes” consideren oportunos) contra el llamado “Poder Judicial”, y contra el macabro aparato de la llamada judicatura, ese engendro gigantesco y diabólico, ciego, sordo, mudo, y carísimo, a la hora de dar una respuesta, rápida y satisfactoria, al común de los mortales, es decir, al pueblo llano. Sí, sí, a ustedes mismos.
¿Tal vez? Si ello fuera mensurable, sea el aparato judicial, la llamada judicatura, y toda su parafernalia anexa, uno de los más perversos, y pervertidos, de todos los poderes públicos existentes en nuestras supuestas democracias occidentales; pues, basando su ciega dictadura en praxis y protocolos infames, la burocracia, y el llamado procedimiento quedan por encima de la búsqueda de la verdad, haciendo de la justicia un espantajo.
(Esto creo que me ha quedado un poco largo. Podría haber dicho simplemente que la llamada “Justicia” es en realidad un engendro por naturaleza injusto…O llevándolo al extremo del lenguaje coloquial: que es una puta mierda…¿Tal vez? Algo así fuera lo más justo)
Según mi criterio la “trilogía infame”, es decir: los políticos, los jueces y los fiscales (ah los fiscales, esos deletéreos seres) constituyen una enfermedad social incurable, un verdadero “cáncer social” pero ojo, selectivo. Un “cáncer” que, curiosamente, se ceba en los humildes, mientras se torna aséptico con los poderosos.
Pero dejemos, de momento, a estos estamentos públicos corrompibles y, tan a menudo, corruptos, como a ese tumor que, siendo bien conocido, es inevitable, e imposible de extirpar por completo del cuerpo social.
En esta ocasión, única e irrepetible (pues no creo que me atreva en el futuro a repetir una locura como esta) quiero centrar mi protesta en ese extraordinario poder perverso que ha surgido, en los últimos años, de la masa amorfa, y sin rostro, de la multitud borreguil apegada a lo digital.
(Y aquí les pediría que protestaran conmigo…Por favor, protesten ustedes también cuanto quieran. Todos juntos: ¡Protesto, protesto!)
Señoras, señores, señoros, ante ustedas, ustedes, y ustedos, etc. etc…quiero protestar hoy, ferozmente, contra el designio del rebaño. Si, señoras y señores, contra esa manada brutal que está en constante estampida “mediática”, sin más sentido que la conjetura del sinsentido, altamente envilecida por las llamadas redes sociales.
Suelo contemplar fascinado, con verdadera delectación, a esas anónimas criaturas humanas que se pasean aferrando ese “artefacto” llamado “móvil”, como si de un símbolo de grandeza se tratase. Lo hacen insinuando, con su gestualidad petulante: “Mira lo poderoso que soy, mira, aunque no tenga donde caerme muerto, ni posea un ápice de inteligencia reconocible, como dispongo de la más avanzada tecnología, en cuanto te descuides, haré uso de ella solo para joderte la vida”.
Y éste parece ser el signo de los tiempos para una asombrosa cantidad de gente, tiempos, por otra parte, de una estupidez difícil de superar.
Es bien sabido como, a lo largo de la historia de la humanidad, las élites dirigentes han perseguido a las personas independientes, como han tratado de anular su libre albedrío de todas las maneras posibles, pero es que, en la actualidad, nos encontramos con que ya no son solo esas élites las que reprimen el legítimo ejercicio de dicha libertad individual, sino que ahora se han unido también, a esta contumaz represión, las vulgares masas opinantes, que están siendo usadas como demoledores arietes del pensamiento autónomo por esas mismas poderosas minorías, lo cual supone un salto cuantitativo, y cualitativo, en la historia de la opresión, y de la tiranía, dentro las sociedades humanas, con un alcance de dimensiones difíciles de aventurar, aunque algunas mentes brillantes ya nos auguren lo peor.
Además, esta nueva circunstancia, es muy frustrante porque… que un tipejo cualquiera: digamos un mediocre resentido, un iletrado, mediante el uso de las redes sociales, sin más límite del que le dé su tarifa “plana” (bonito eufemismo) y su torpe pericia, con tiempo disponible (gracias a las migajas repartidas por el nefasto “estado del bienestar”, versión moderna del pan y circo), y una altísima dosis de malignidad impune, pueda mediatizar la libertad individual de cualquier persona que no sea de su agrado, es, sencillamente, insoportable. Por ello levanto la voz y protesto vivamente.
Pero es que, además, sin él mismo comprenderlo, ese “sicópata digital” está siendo teledirigido, por las grandes empresas tecnológicas, y por los gobiernos que las respaldan, y las usan (esas mismas élites de las que hablaba antes) para seguir dominando, e incrementar su dominio, exponencialmente, sobre nuestras mentes y nuestras vidas.
A través de esta masa de ineptos lacayuelos de las redes sociales, se está fraguando una nueva dictadura inquisitorial, del todos contra todos, de una magnitud nunca antes conocida en la historia de la humanidad.
La exposición a esta “nueva picota pública”, que hacen posible tan pérfidas tecnologías, puestas en manos de todo el mundo, sin discriminación alguna, como una falsa democracia travestida, son un peligro para la humanidad mayor que el posible cambio climático, si es que éste existe realmente tal y como nos lo presentan…
No sé, ahora que nuestros gloriosos líderes, tan progres, pretenden que haya que hacer un ¿curso? para tener un perro, o un jilguero, dando a los animales un estatus humano banal y alucinado. Ahora que cortar el rabo trasero a un perro de trabajo puede ser delito y castrarlo (cortándole el otro rabo) obligación legal. Ahora que será licito follarse a una rata pero no matarla ¿No habría que tener, al menos un doctorado académico, al menos del nivel del presidencial, para tener libre acceso a dichas redes?
Lo que pueden suponer estas tecnologías, al alcance de cualquier contaminado mental, en cuanto a la represión de los propios seres humanos a los que van destinadas (donde se puede se agresor o agredido, incluso todo junto al mismo tiempo), está lejos de lo imaginable, pero sus trágicas consecuencias ya se pueden constatar, en múltiples aspectos del devenir cotidiano de cualquiera de nosotros, y si no, mírense: las nuevas adicciones, los robos telemáticos, la corrupción de la información, la perversión de la verdad, la violencia verbal, las campañas de descrédito, la vulneración de la dignidad personal, todas ellas terribles situaciones a las que se ven abocadas muchas personas, que ven trastornada, o arruinada su vida, por la simple acción que puede producir una persona cualquiera, cargada de mala fe, por un motivo cualquiera.
Ahora ya está en marcha, con nombre rimbombante que hace gala de un extraordinario delirio poético, el llamado “Metaverso”, lo que supone ir avanzando más en la dirección de “una nueva cultura de la adicción y la dependencia”, una presunta realidad paralela que, sin duda, nos promete grandes días de diversión, con la que viviremos inmersos en un submundo donde la vida será un holograma de sí misma. Veremos.
Por el momento asistimos a un nuevo circo romano de dimensiones colosales, de magnitud mundial, donde se puede ser, alternativamente, espectador o gladiador, cristiano o fiera. Donde la vida, y la honra de la gente, no tienen valor alguno. Solo cuenta el espectáculo que se genera, el comercio infame que promueve. Donde algunas de las drogas más poderosas y adictivas que existen, como son la difamación, o el odio, son consumidas sin recato por las hordas fanáticas de inútiles alienados, incapaces de alcanzar una satisfacción existencial propia. Todo ello con la complaciente mirada de los nuevos traficantes del pensamiento, que se las sirven, sin medida, mientras hacen su lucrativo negocio de ambición y poder.
Es una conjunción diabólica entre ese poder, que se ha dado cuenta de la potencia del “artefacto global” puesto en marcha, y una estúpida masa que se cree satisfecha por el mero hecho de participar en el festín de la “sangre” (ese Juego del Calamar sin final) aunque ésta “sangre” provenga de borregos degollados como ellos mismos, aunque su sensación de superioridad pasajera sea una mera entelequia.
Son tiempos de cambios trascendentales, de un calado difícil de concebir en toda su complejidad y, mucho menos, de gestionar con la sabiduría necesaria, pero donde nos jugamos la más primaria libertad… Creo que el propio futuro de la humanidad tal como la concebimos, incluso lo que somos, y podemos llegar a ser, como especie.
Por ello debemos adoptar una clara postura de protesta, escéptica y combativa.
Una toma de posición personal, es necesaria para intentar cambiar el sentido de “la flecha digital”, que parece marcar una dirección sin retorno posible, y la protesta individual es una de las pocas herramientas de las que todos disponemos. Porque cuando protestamos, uno a uno, en nuestra intimidad, en nuestro pequeño círculo, aunque haya de ser contra las minúsculas cosas indecentes que se producen, a diario, en nuestra vida cotidiana, hacemos fuerza para que esa “flecha diabólica” deje de apuntar en la dirección prefijada de una manipulación sin retorno.
Cada vez que protestamos creamos un, tan humilde como necesario, contrapeso contra la estupidez, y contra la dictadura de lo “progre-buenista”, que es el armazón teórico, e ideológico, manipulado, el vistoso caballo de Troya, donde se oculta, y donde se apoya, gran parte de toda esta basura que amenaza con ahogarnos.
Una firme oposición a la “progresía digital”, al buenismo infame que nos están inoculando, por la vena de una falsa democracia ficticia, es tan necesaria como el respirar trece veces por minuto (que cantó el poeta Gabriel Celaya). Es necesaria para poder seguir “respirando” sin esa “máquina impuesta” que dicen que es de uso libre, pero que, en realidad, nos endilgan sin compasión.
Protestar contra los poderosos traficantes de lo digital y su deriva (con mucho la mayor droga social de la historia de la humanidad) es una necesidad vital si aspiramos, siquiera, a un cierto grado de libertad individual, que es, según pienso, después de la propia vida, el bien más valioso de cuantos podemos poseer. Sinceramente por lo único que creo que merece la pena vivir.
Puede resultar paradójico que un uso honesto, moderado, y calculado, de estos medios tecnológicos, tan útiles en muchos aspectos, sea la única forma de combatir su abuso; por lo que una protesta razonada, e incansable, en base a un pensamiento siempre crítico, creo que puede ser la respuesta más sensata, por parte de aquellas personas que se consideren, a sí mismas, como tales.
Por todo ello, señoras, señores, señoros, y demás vocales del hermoso idioma que disfrutamos: protestemos todos a coro: Protesto, protesto y protesto.
Vale