Por: Luis de Valdeavellano
Resiliencia y sororidad, es lo que destaca el extraordinario jurado responsable de la concesión, a una obra literaria en gallego, a la que se le ha dado el último premio nacional de literatura del reino de España, resaltando, además, que lo ha escrito una mujer, y también que lo ha hecho en una lengua regional.
Es precioso el sentido del equilibrio, y la digna mesura, de tan excelso jurado, cuyos miembros no tengo el placer de conocer, pero seguro estoy de que serán grandes genios en lo suyo, aunque tampoco sepa yo lo que esto pueda ser.
Pocos elogios puede haber mejores para un autor que el ser descrito como: “resiliente literario” aunque en este caso, al tratarse de una escritora, tengo la tentación de escribir: “resilienta literaria”. Sin duda su resiliencia se referirá a la capacidad de sobreponerse a la tensión del creador con respecto a su obra, o a la dureza que conlleva convivir con la adversidad de que no te lea nadie, sobre todo escribiendo en una lengua regional, o, que sé yo, al propio desasosiego que genera el ser un desconocido en tu arte, es decir, ser resiliente es una cualidad fundamental de todo escritor que se precie y… como vemos, tiene premio. Lo de la “sororidad”… eso ya es otro cantar.
Me ha emocionado sobremanera la sensibilidad extraordinaria de un jurado literario que premia, como esencial virtud literaria: “la amistad o afecto entre mujeres” o “la relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento”, pues esas son las definiciones de sororidad según el diccionario español. Esto es algo maravilloso y digno de todo encomio. Y, por supuesto, tratándose de un tan importante premio literario, es muchísimo más transcendental que escribir bien, o siquiera que lo escrito pueda ser algo interesante.
Yo me pregunto qué, si la obra premiada era en gallego ¿Cómo han leído el libro los miembros del jurado? ¿Los miembros del jurado conocían todos el gallego? ¿Lo han aprendido para dar el premio? ¿Se lo han contado unos a otros? ¿Han leído una traducción? ¿La escritora les ha enviado un resumen?
Todas estas preguntas surgen, naturalmente, de una mente calenturienta, y mal pensada, como la mía. Solo la perversidad intelectual y el escepticismo humano que me caracterizan puede concebir preguntas tan capciosas como éstas. Porque claro, uno, humilde pensador en su inefable anonimato, tiene tiempo para hacerse todo tipo de preguntas maliciosas que, naturalmente, no obtendrán respuesta alguna.
Un premio nacional de literatura ¿no debería concederse a un autor en la lengua nacional del país, nación, o nación de naciones que otorga el premio?¿Y no debería concederse por las propias virtudes literarias de la obra en sí, y no por las presuntas virtudes del autor? O, en todo caso ¿cómo es posible que se le dé a la obra en cuestión atributos humanos como son sororidad y resiliencia?
Estoy a la expectativa de cuando se concederá, por fin, el premio nacional de literatura del reino de España, por ejemplo, a un autor que sea eficiente en el uso de la ducha, o por que sepa reciclar ejemplarmente la basura doméstica. Estas, como muchas otras, son también grandes virtudes humanas en nuestro precioso mundo occidental, no sé si equiparables a la resiliencia y la sororidad, pero también encomiables en sí mismas.
Lo cierto es que la concesión de tan preciado galardón a una persona femenina, que es y, o, escribe, resiliente y sorora, y que lo hace, además, en gallego, a mí me ha enternecido profundamente y quiero dejar constancia, escrita, de ello.
Queridos lectores, me voy a llorar en mi propia resiliencia lo más sororamente que me sea posible. Vale