Por: L.M.C.
Nueva York es una orgía de neón, mezclada,
En el blanco y negro de la noche,
Por un pintor ciego, colgado de heroína.
Hay frenéticos destellos rojos
De los coches de la policía, titilando,
En el aire indivisible de la confusión,
Mientras corren, hacia ninguna parte,
Con sus sirenas enloquecidas por la costumbre.
Un taxi baja lento por la avenida,
Brillante por una lluvia emborronada
Y fría, como el alma de los lupanares.
Dentro van Dizzy y Bird camino del club
De moda, entre todos los clubes de moda,
De la eterna ciudad de las madrugadas.
El aliento sórdido de los borrachos se mezcla
En la coctelera de las pasiones recurrentes.
Es el frenesí de una ordalía sin inocentes,
Una ceremonia primitiva, travestida por la moda,
Que no puede esconder el descontento
De un mundo que fracasa ahogado en éxito.
Nada importa aproximadamente nada
Ante la fascinación que encarna la silueta
De aquella rubia platino, arriba del escenario,
Donde su escote es una ese deslizante,
Y un camino de condena hacia el infinito
Sin palabras que ya no significan nada.
Puede que todo acabe, abajo de las sábanas,
En la habitación de algún hotel desconocido
Si el dinero, o el deseo, invitan al desapego.
Esta noche la música suena esencial
Como la sangre que recorre las venas
Sin saber que alimenta una vida sin futuro.
El corazón marca el ritmo en tres por cuatro
Y se síncopa, insensible a lo corriente,
Acompasado por el choque de los hielos
En los vasos ardientes de deseos frustrados.
No hay mañana posible para ninguna jam sesión
Y los músicos, depredadores nocturnos del asfalto,
Lo saben bien, aunque nunca lo dirán.
Cuando sea muy tarde, o muy pronto, volverán,
Como siempre, a sus oscuros cubiles,
Esos antros donde habitan los espíritus
Del mar de las sirenas, de cantos imposibles.
Y esa negra que hace la esquina de la esquina
Mira, con ojos brillantes, el paso de la gente:
Esa gente que nunca es la misma, pero siempre se repite.
Ella los cataloga, y les pone un amuleto imaginario,
Un trazo escueto de su destino, tatuado
En la silueta que recrean en el secreto del aire.
Aunque ellos no lo sepan, aunque nadie lo sepa,
Todos son clasificados en el gran esquema
De la ciudad que se cierne sobre sí misma,
Formando un mapa imposible de descifrar,
Como no sea con el sonido infinito del silencio
Divagando, como hace un vagamundo, hablando solo,
Con los pies colgados del puente, al río Hudson.