UN MUNDO SIN MUJERES

                              Distopía ucrónica

         En recuerdo y homenaje de Philip K. Dick

Por: Luis de Valdeavellano

          Desde el principio mismo de su existencia como especie los seres humanos fueron exploradores. Está en sus genes, en su misma esencia, en lo más primario de su ser: la curiosidad, la necesidad de descubrir lo oculto, de indagar, de ir siempre un paso más allá… es su sello distintivo y pienso que eso mismo es, posiblemente, lo que los haga tan peligrosos como imparables.

          Muy pronto también esa necesidad se fue convirtiendo en especialización (una verdadera “profesión”, mucho antes de que existiese, como tal, el mismo concepto de profesión). Junto con las de cazador, recolector, curandero-chaman, o armero, estas fueron algunas de las primeras, y más importantes, formas de división del trabajo que se dieron entre las pequeñas bandas de predadores humanos que se dedicaron a recorrer, y colonizar, lentamente, todo el planeta.

          Desde entonces tuvieron que pasar miles de años hasta que los humanos completaran su exploración total, el cual terminaría por ser denominado, por ellos mismos, como “el Mundo”, o “la Tierra”, extendiéndose como una mancha de aceite por él, llegando desde los polos a los trópicos, de los desiertos más áridos a las montañas más elevadas, desde las selvas más salvajes hasta la inmensa profundidad de los más remotos océanos.

          La humanidad al fin se hizo hegemónica, dominando a la naturaleza en su totalidad, haciéndose con el control de animales y plantas, y de todos cuantos seres vivos la poblaban.

          La población se multiplicó hasta alcanzar miles de millones, creando ciudades de dimensiones colosales y, con ese crecimiento irresistible, las necesidades materiales de todo tipo, en una sociedad cada vez más desarrollada y consumidora, aumentaron de manera exponencial.

          Para lograr atender a las demandas insaciables de una sociedad siempre más y más ansiosa por poseer y consumir, la explotación de todos los recursos disponibles en la naturaleza se tuvo que ir incrementando hasta niveles insostenibles y, finalmente, el ser humano empezó a comprender que los riquezas del planeta no serían eternas y que podrían agotarse en algún momento, al mismo tiempo que comenzó a vislumbrarse lo que se dio en llamar la “era del cambio climático”, es decir, una situación inédita donde, por vez primera en la historia del planeta, un ser vivo inteligente, llamado así mismo humano, había llegado a obtener un poder tan grande como para ser capaz de influir, y modificar, directamente, la evolución de las condiciones medioambientales del propio planeta, hasta un punto tal de tener la capacidad de poder alterarlas debido a su interacción sobre el medio, y a la explotación del mismo en sus múltiples formas, de modo tan radical que, llegados a ese punto de saturación,  no quedó otro remedio que plantearse la posibilidad de explorar nuevos mundos por una mera necesidad de supervivencia.

         En aquellos tiempos las naciones de la Tierra estaban todavía divididas, enfrentadas, y separadas por fuertes fronteras protegidas por militares. La amenaza nuclear pendía sobre todas ellas, como una mortal “espada de Damocles”, amenazando la misma supervivencia de la vida sobre el planeta. Las guerras regionales, y locales, se sucedían sin cesar. En países atrasados, o empobrecidos, donde solían imperar religiones o ideologías retrógradas, regidos por dictadores criminales, la violencia más primaria seguía conduciendo, a millones de personas, a la miseria y a la muerte, mientras que otras naciones poderosas mostraban su hegemonía, imponiendo su ley de pura fuerza militar, progresando y  enriqueciéndose.

          Al mismo tiempo que esto sucedía algunos de los países más importantes empezaron a enviar arcaicos artefactos espaciales a la atmósfera inmediata.

          Primero fueron lanzadas naves muy rudimentarias que circunvalaron la Tierra durante un breve espacio de tiempo, después llegaría el legendario primer viaje a la Luna. A continuación, satélites de diversos usos, militares y civiles, se colocaron, por miles, en el espacio más o menos cercano.

          En una segunda etapa de la entonces llamada “carrera espacial” fueron surgiendo diversas “agencias espaciales”, se construyeron las primeras estaciones espaciales permanentes, donde ya colaboraban varios países, mientras se planteaba como posible el comienzo de la exploración de planetas, y otros cuerpos celestes del entorno espacial inmediato, mediante naves no tripuladas, como avanzadillas experimentales para futuros viajes, más complejos, que les permitieran ir saltando de un planeta a otro del Sistema Solar, dentro de la galaxia llamada la Vía Láctea.

          Con cada viaje, con cada “salto”, por pequeño que éste fuese, se mejoraba la técnica espacial, se obtenía valiosa información y se perfeccionaban las tecnologías espaciales, y los sistemas de comunicación interestelares.

          La siguiente fase supuso el establecimiento de una base estable en el satélite de la Tierra, la Luna, como antesala de la ansiada llegada física del hombre a Marte y, tras el descubrimiento en ese planeta de materiales altamente valiosos, el planteamiento, y creación, de las primeras colonias de pioneros, encabezados por los nuevos exploradores, ahora llamados “colonos espaciales”; junto a ellos llegaron ingenieros, técnicos y especialistas, seguidos de los primeros mineros, especializados en la extracción de minerales de alto valor estratégico, acompañados de los imprescindibles transportistas espaciales (los nuevos camioneros interplanetarios) encargados de realizar los viajes, y de hacer llegar esos nuevos valiosos recursos a la Tierra.

          Progresivamente, pero en un tiempo más breve del que, en un principio, se suponía, se fueron normalizando estos trayectos hasta convertirlos en rutinarios, al mismo tiempo que se incrementaba rápidamente el número de las colonias creadas y crecía el deseo de muchas personas de viajar al espacio, y así fue como, paso a paso, se fueron alcanzando todos los demás planetas interesantes del sistema solar, sin olvidar sus satélites, asteroides, y todos aquellos lugares estelares que se consideraban, por distintos motivos, de interés.

          Con tenacidad implacable, con el anhelo de llegar siempre un poco más allá, armados de una tecnología cada vez más poderosa, y por la propia inercia de su deseo imparable, el objetivo siempre era el mismo: llegar más y más lejos, y expandirse en su odisea interplanetaria. CONTINUARÁ.

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