UN MUNDO SIN MUJERES

Distopía utópica

En recuerdo y homenaje de Philip K. Dick

(CONTINUACIÓN)

Por: Luis de Valdeavellano

Llegó un tiempo en que, con la creación continua de nuevas colonias, la Tierra fue perdiendo población, finalizando la amenaza que pesaba sobre ella, por una creciente sobrepoblación, que estuvo a punto de destruir el planeta, y a la propia raza humana.

          Para lograrlo, hubo una época en que los humanos hubieron de partir en oleadas interminables de seres que se hacinaban en naves gigantescas, llamadas “contenedores espaciales”. Primero se obligó a viajar a los delincuentes convictos, en busca de la redención de sus penas, a los desertores militares, a los emigrantes indeseados en sus nuevos países de destino; junto a ellos viajaban también todo tipo de pioneros ambiciosos, movidos por la incierta promesa de una nueva “fiebre del oro”, en este caso a la búsqueda de todo tipo de metales raros y valiosos. Tras ellos acometieron esta “nueva odisea” familias enteras, deseosas de encontrar una mejor esperanza de vida en los nuevos planetas a donde llegaban para  establecerse, y donde confiaban en hacer fortuna, y labrar su destino.

          Metales preciosos de incalculable valor, fuentes de energía cósmica inacabable, todo tipo de riquezas eran su reclamo, su esperanza y su objetivo. Así, tras cientos y cientos de años de un éxodo imparable, miles de millones de personas procedentes de la Tierra se fueron extendiendo, como una marea incontenible, primero por la galaxia llamada Vía Láctea y, después, en progresión inacabable, saltando a las colindantes. De esa manera fue como el ser humano se dispuso a ser el dueño de todo el universo.

          Mientras tanto la Tierra, a medida que se desocupaba, pudo ir recobrando su pasada belleza natural mediante su propia auto regeneración, y también por una acción humana reparadora consistente en la reconstrucción de los ecosistemas destruidos, y la repoblación de todo tipo de seres vivos aniquilados durante el tiempo anterior. Las técnicas de clonación permitieron la recuperación de especies emblemáticas masacradas en el pasado y el planeta, descargado al fin de la terrible presión humana, volvió a su vigor y belleza primigenias.

            Solo las élites gobernantes, los grandes magnates, y un selecto aparato de burócratas y militares de alto rango, formado, aun así, por millones de humanos, de un planeta, por fin unificado en una sola nación tras milenios de luchas fratricidas, pudieron permanecer, mientras tanto, en la casa común, en la Tierra.

          A la postre se trataba de un reducido grupo de humanos, privilegiados, dueños de una riqueza tal que les permitió acceder a las técnicas más revolucionarias creadas por la ciencia. La tecnología más sofisticada puesta siempre, y en primer lugar, al servicio de las clases dominantes. La tecnología digital y ahora también cuántica, ese arma total, tan poderosa e infinita que se autoalimentaba en un constante avance.

         El descubrimiento y desarrollo incesante de nuevas técnicas, en todos los campos del saber, creando una maquinaria tecnológica arrolladora, había propiciado hacía ya muchos años la aparición de varios tipos de humanos en función de su extracción social. Ciborgs, androides, y robots, convivían con humanos dando lugar

a seres de diversos niveles físicos e intelectuales.

          Mientras tanto los más poderosos en la escala social habían conseguido alargar sus vidas mediante intervenciones en sus cuerpos, variando su composición, más o menos orgánica, con técnicas mixtas donde lo mecánico se incardinaba con lo genético, logrando seres tipo “cíborg”, mediante operaciones, con revolucionarias técnicas genéticas y biónicas, altamente sofisticadas, curando, reparando, alargando y mejorando la resistencia al paso del tiempo de los seres humanos.

          El acceso a la inmortalidad era ya, en la práctica, solo un mero problema de dinero, de disponibilidad de medios, y unos pocos poderosos habían alcanzado ya un altísimo grado de auto regeneración, consiguiendo permanecer vivos durante cientos y cientos de años.

          Estos seres, dada su extraña condición, mezcla de materia orgánica y de elementos mecánicos habían sido ya denominados “cíborgs” por unos geniales visionarios pretéritos, y representaban en la actualidad el paradigma del poder, tanto por su extremada fuerza física como por sus cualidades intelectuales acrecentadas por la implantación de super ordenadores en sus propios cerebros, dotados de inteligencia artificial, o la propia interacción con las computadoras más potentes, y eran los destinados a ocupar los más altos cargos en la pirámide del poder terráqueo. Por su propia conformación morfológica y, en la medida en que se iban alejando de su condición inicial de seres de carne y hueso, habían ido dejando atrás muchas de las cualidades, y debilidades, que los humanos anteriores tenían por naturales, sustituyéndolas por otras más acordes con sus objetivos y su ambición insaciable. Su alimentación ya no dependía de la elemental ingesta de alimentos provenientes de la naturaleza, y no necesitaban de la procreación como medio para incrementar la especie, ni siquiera para trasmitir sus genes en el tiempo, puesto que ellos mismos disponían del tiempo a su capricho. De hecho había llegado un punto tal en el que habían perdido gran parte de sus necesidades primarias intrínsicamente humanas, entre las que se encontraba la pulsión sexual.

          Mas, como la fuerza física seguía siendo siempre un elemento potencial de prestigio, y un rango de valor supremo, las élites dominantes abandonaron progresivamente la condición femenina.

          No siendo necesaria la creación de nuevos seres vivos para la permanencia de las élites hegemónicas en el monopolio del poder, ya no tenía sentido para los nuevos lideres dedicar tiempo a la procreación. Además, solo los que se enriquecían suficientemente, o los llamados a ocupar cargos de alto rango en función de su poder político o militar, podían acceder a las tecnologías más avanzadas e ir modificando su condición meramente humana.

          De hecho la creación de nuevos humanos, en todo caso subalternos, era ahora una mera formalidad de mecánica genética de seres vivos, una mezcla entre biología de vanguardia y pura ingeniería que se realizaba en enormes factorías reproductoras construidas a tal fin, fábricas que producían seres de diversa entidad en función de las necesidades del momento.

          Solo entre el pueblo llano, extraterrestre, en las colonias inter espaciales, seguía existiendo la dicotomía mujer hombre, y solo en ellas pervivía la familia tradicional -y esto porque se consideraba el núcleo familiar como un elemento aglutinador-, aunque ya siempre en convivencia con un mundo de todo tipo de robots y máquinas autónomas, donde los propios humanos adoptaban formas seudo-robóticas a conveniencia, mediante el uso de exoesqueletos en los que se introducían para realizar trabajos duros o peligrosos.

          Así fue como el humano se dispersó por el universo siendo el origen de nuevas especies.  Vale.  

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