La Declaración

Por: Luis de Valdeavellano

(Continua, segunda parte)

Yo tenía ya trazado mi plan y mi destino. En la cárcel había hecho los contactos suficientes. Al salir del presidio compré armas: un revólver y una escopeta a la que le recorté convenientemente los cañones.

          Solo tuve que tener un poco de paciencia, pero el tiempo me sobraba. En realidad me sobra ya todo porque le he perdido el apego a la vida. No tengo finca, ni casa, ni perros, ni árboles, ni gallinas, sino solo una pensión escuálida mermada por el expolio judicial. Pero no me importa porque tampoco tengo ganas de seguir viviendo más tiempo rodeado de gentuza.

          Esperé y vigilé, supe en que juzgado perpetraba sus maldades la juez que, para mí fortuna, es el mismo lugar donde siembra sus miserias el mal fiscal.

          Hoy ha sido el día elegido. Un día estupendo, un día alegre, claro, pletórico de sol y de luz. Un día perfecto para morir matando.

          Esta mañana temprano, en la pensión en la que ahora habito, preparé las armas con calma. Con la decisión tomada, sin miedo alguno, me he dirigido al juzgado, limitándome a esperar la salida del fiscal. Le he seguido con el coche hasta la puerta de un bar en el que suele parar a comer. No le he dado opción, pero quería que me viera como le mataba. Cuando se ha bajado del coche me he acercado a él. Le he llamado por su nombre, y ha vuelto la cara hacia mí. Me ha visto y sé que me ha reconocido de inmediato. Su cara parecía un cuadro, de esos malos, como los que decoraban mi casa, un poema. Creo que se ha puesto verde, rojo, azul, morado. Le he metido tres tiros a quemarropa, y he escupido su turbia cara contrahecha mientras se doblaba como un guiñapo. Lo que era.

          Acto seguido me he dirigido al domicilio de la juez. Sabía que habría llegado a su casa poco antes, pues recogía a sus dos hijos pequeños en el colegio próximo a su casa. Es separada y no me extraña, no creo que haya quien la soporte. He llamado a la puerta. Ha venido a abrir el mayorcillo, y le he dicho que era una sorpresa, que no dijera nada. Hemos ido directamente a la gran cocina de la casa, luminosa y con vistas al jardín. Casa buena, de lujo, pagada con las miserias de tantos como yo.

          Creo que la juez no me ha reconocido en un primer momento, pero, claro, se ha asustado mucho, aunque ha sido incapaz de chillar. Solo ha empezado a balbucir palabras como… quién es usted…mire que soy una jueza…qué quiere…Tonterías por el estilo. No le he querido dar muchas explicaciones. Para qué. ¿Que me jodió la vida? ¿Que no me permitió ni justificar mi acto en defensa propia? ¿Que empleó la ley como le salió del coño porque ella era la autoridad?

          Cuando se ha dado cuenta de la situación me ha suplicado y…eso sí…eso lo he disfrutado mucho. En ese momento toda su autoridad valía…exactamente…una mierda. Me ha pedido disculpas, perdón. Me ha prometido ¿revisar el caso? ¿Qué se yo? Una vez más, mentiras para salvar el pellejo. He vuelto a ser feliz durante unos minutos. Y… aunque me daban ganas de matar incluso a sus hijos… los hijos de una mala perra… lo cierto es que no he podido hacerlo, de lo cual me alegro, porque ellos no tienen la culpa de haber sido paridos por esa mala pécora, así que les he ordenado que salieran de la cocina…

          Por abreviar. Una vez concluido el asunto me he vuelto a la habitación de la pensión. Y aquí estoy, esperando. Sé que la policía, o los Geos, o quien sea, no tardarán en llegar. Y les espero. Tanto que les espero.

          Sé que son funcionarios. Simples lacayos del poder, según como se mire. Y me parece oír ya muchos pasos por las escaleras.

          Solo sé cierto que de aquí me sacarán con los pies por delante. Pero no les voy a dar cuartel y pienso llevarme por delante a cuantos pueda. Para que el ministro de turno tenga que poner muchas medallas. Vale.

          Nota del transcriptor: No puedo, en modo alguno, decir al lector curioso cómo llegó hasta mí esta carta, terrible y demoledora, ni quien es su autor. Bien que quisiera poder hacerlo público, pero ello entrañaría poner en peligro a quien me la proporcionó. Desgraciadamente la legalidad vigente está por encima de la verdad y de la justicia. Por lo que habrá de permanecer en el anonimato tanto el autor de la misma, como el que, creyendo que debía darse a conocer, la hizo llegar a mi poder.

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