BORGES, EL HOMBRE QUE FUE LIBRO.

Por: Luis de Valdeavellano

          Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires 24 de agosto de 1899, Ginebra 14 de junio de 1986), a la par que lector y escritor sin éxito fue, durante una buena parte de su carrera profesional, un humilde bibliotecario, puede que cumpliendo así el mayor anhelo de su vida: verse durante la mayor parte del tiempo absolutamente rodeado de libros.

          Desde que nació se vio inmerso en una biblioteca, primero en la familiar, la de su padre, que le proveyó de una erudición enciclopédica, después trabajando como archivero en la biblioteca Miguel Cané del barrio bonaerense de Boedo, y luego, por fin, como culminación suprema de su pulsión, al ser nombrado director de la Biblioteca Nacional de la Argentina en 1955, puesto que ocuparía durante los 18 años siguientes.

          Pero más allá todavía creo que, hubo un Borges intemporal, inmaterial y mítico, aedo semiciego -con esa egregia mandíbula de caballo, de puro estilo porteño- que, al menos en sus sueños, y en su ideal perfecto de elucubrador de mundos paralelos, habría deseado lograr la consumación absoluta habiéndose quedado desdibujado, absorbido, como si se fuera extraviando lentamente entre los oscuros callejones de la biblioteca donde trabajaba, entre aquellos anaqueles insondables, a ritmo de tango y mate, hasta perderse en ella, al fin transformado en palabras.

          O de otro modo como si, después de un largo periplo vital transitorio, en el que los libros hubieran pasado a formar parte primordial de su vida, la pura esencia de éstos hubiese ido sustituyendo a la del propio ser humano: letra por molécula, palabra por célula, hasta consumar una mutación absoluta, transformando al mortal en libro, puro alfabeto, materia filológica, literatura cumplida donde fuese la sangre tinta y así, cada uno de los componentes del papel y de la carne, fuesen trastocados, sustituidos, insertos.

          Decir que Borges fuera prototipo del literato integral, en sus términos más absolutos, no da una imagen fidedigna y plena de lo que, en realidad, en lo más profundo de su ser metafísico, debió querer ser con plenitud consciente. De lo que, en el secreto último de su alma intelectual, a la postre oculta para todos, pretendió alcanzar durante toda su vida y ¿tal vez? consiguió lograr, aunque lo fuera en su interior más secreto y exacto. Ser libro.

          Creo recordar que al bravo torero caracense Sánchez Vara le preguntaron un día, en una entrevista, que le gustaría ser en el caso de no haber podido ser torero. Él, con la sencillez propia del que ama su oficio como la fuerza máxima que le impele a vivir, contestó que toro. Querría haber sido toro, sin duda lo más cercano a su extraordinaria vocación por ser torero.

          En mi interior poético estoy convencido de que, el gran genio    porteño,    después    de    haber   determinado   ser   lector            

-posteriormente oyente dada su progresiva invidencia- y escritor, llevando al extremo ése su gran amor, y su pasión absoluta por la lengua, hubiera querido ser libro, negro sobre blanco, la esencia suprema del anhelo humano intelectual por trascender el tiempo, y el espacio, transformarlo en palabra para así comprenderlo e intentar explicarlo, y comunicarlo en forma de grafía, signo y garabato, al cabo lenguaje, oral y escrito, donde confluyentes se aúnan todas las artes y todas las ciencias fruto de la inteligencia, y del abisal alma humana. Vale

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