El Equilibrista

                            (Vivir en la cuerda floja)

Por: Luis de Valdeavellano

                       

          Es la historia de un sueño, y un deseo, que se despertó en él de niño, cuando nuestro protagonista vio a un grupo de funambulistas atravesar la plaza de Santo Domingo, desde la torre de la iglesia del mismo nombre, hasta el otro extremo de la plaza, en la antigua ciudad de Guadalajara. A partir de ese momento el niño soñará siempre con emular a aquellos hombres de los que no llegó a saber ni siquiera el nombre, solo que eran extranjeros, posiblemente franceses, y muy valientes.

          Tras toda una vida dedicado a un trabajo monótono y a una familia que nunca le comprendió del todo iniciará, al cumplir los sesenta una carrera increíble, una verdadera carrera sobre la cuerda floja. 

          ¿Por qué G. decidió dar un giro, tan sorprendente como inaudito, a su vida, es difícil de explicar? Lo es para él mismo y, cuando se lo preguntan, solo sabe hacer un escueto movimiento de encogimiento de hombros. Lo es también para todos aquellos que le quieren y que no lo pueden comprender, desde su punto de vista sensato, de personas pertenecientes a la maquinaria social políticamente correcta, plenamente integradas en el aparato productivo-recreativo general, confortablemente anclados en la, aunque siempre ambigua y vulgar, supuesta seguridad cotidiana de una sociedad adocenada.

          G. sabe que pasa por loco, por haberse convertido en un loco, un loco simpático, bien es cierto, un loco incluso atractivo, pero un loco al fin. Una especie de quijote de las alturas.

          Su salida del sistema, por la cuerda floja, produce mayoritariamente sorpresa y conmiseración. Produce estupefacción, escepticismo compasión, y una cierta, pero ambigua, dosis de condolencia.

          Y el detonante fue la lectura de un artículo publicado en una revista de información general sobre lugares y personajes singulares, donde se hablaba de un tal… y su obsesión por hacer números de equilibrismo en cualquier sitio, siempre que fuese de manera ilegal.

          Lo cierto es que, en el caso de G., esta obsesión se remontaba a su más tierna infancia, pues era muy pequeño cuando sus padres le llevaron a ver aquella actuación de los valientes funambulistas que aparecieron por su pequeña ciudad.

          Recordaba como aquellos artistas de lo inaudito pregonaron por las calles de la pequeña ciudad, con un megáfono, a bordo de un destartalado descapotable, el espectáculo a desarrollar, horas después, en el centro de la población. Muchos de sus habitantes y entre ellos la familia de G. acudieron presurosos pues, por aquellos años, sin televisión en la inmensa mayoría de las casas, eran muy pocas las oportunidades de ver algo nuevo, algo verdaderamente entretenido.

          La gente acudió en masa a las siete de la tarde, hora prevista para el comienzo del espectáculo y se agolpó en la plaza, expectante ante lo nunca visto. Si que habían visto, en una ocasión única, al gigante que arrastraba camiones con una cuerda atada a su cabello, y muchas veces a los gitanos con la cabra y la trompeta, o cosas por el estilo, pero, en todo caso, esto, lo de la cabra, no dejaba de ser una actuación menor, insignificante, comparada con la que se anunciaba.

          Pero esta vez era diferente y la cosa prometía, ante sus ojos asombrados podía verse un cable bastante grueso, tendido, con gran tensión, entre el campanario de la iglesia y el tejado más alto, al otro extremo de la plaza, y éste parecía ser el único elemento dispuesto para la actuación. A falta de mayor información los rumores comenzaron a llenar la plaza. Que si cruzarían el cable andando… que si lo harían en bici, o en moto…Todo era posible para aquellas imaginaciones ansiosas de experiencias extraordinarias.

          La actuación no defraudó las expectativas de nadie, pues aquel maravilloso grupo de equilibristas ofreció un espectáculo fantástico, vibrante y emocionante donde se sucedieron los números, tanto el de los ejecutantes a pie, con la larga y flexible barra de equilibrio, como quien, a caballo de una bici, hizo las delicias del asombrado y entusiasmado público. Pero aquella “troupe” había dejado para el final el número más espectacular, el de un motorista increíble que recorrió el alambre a bordo de su moto. La visión de este grandioso acontecimiento acompañó, de por vida, a G. y de tanto en tanto acudía a su mente este recuerdo imborrable.

          Un día abandonó su casa y su familia, y durante largo tiempo se le perdió la pista. Nadie entre sus deudos y amigos supo nada de él…hasta que un día apareció la noticia, escueta, en un periódico de tirada nacional: un hombre mayor, de unos sesenta años, al parecer español, está dedicándose a cruzar edificios de gran altura sin otros medios que un cable, una pértiga, y su habilidad extrema para guardar el equilibrio, incluso ante condiciones de viento adversas.

          En poco tiempo se sucedieron sus intervenciones, imprevistas para las autoridades de los diversos países donde se llevaban a cabo, que no podían prever, donde, o cuando, se produciría la siguiente. La mayoría de las veces su actuación se realizaba tan rápidamente que no era ni siquiera localizado o detenido porque, cuando ésta saltaba a las redes en forma de video, grabado por alguno de sus colaboradores, nuestro funambulista ya no estaba en la ciudad, o en el país donde se había ejecutado. En el corto espacio de un par de años, cruzó impertérrito los edificios más emblemáticos del mundo, estableciendo una marca que se considera será muy difícil de batir en el futuro, llegando a ser famoso en el mundo entero. Sobre todo porque, a partir de su acción, calificada como peligrosa y subversiva, e incluso delictiva en muchos países, se han incrementado mucho las medidas de protección y salvaguarda de esos icónicos edificios objetivo de personas como él.

          Luego desapareció, una vez más, y así surgió la leyenda, unos dicen que se mató en una de sus intervenciones, otros afirman que se retiró a un lugar secreto donde vive discretamente apartado de los medios que le hicieron, aunque fuera por un breve espacio de tiempo, universalmente famoso. Vale

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