EL ENCIERRO DE BRIHUEGA

(Y unos cuantos refranes)

Este artículo fue publicado en el periódico «La Tribuna de Guadalajara»

Por: Luis de Valdeavellano

                        

                                 

          Al encierro llegan gentes de toda la comarca y aún de más allá, de los mismos confines de la provincia.

          Son nube de verano los caballeros que, sobre hermosos corceles o simples rucios, a veces alquilados, pasean el palmito por el pueblo hasta que comienza la suelta. Presumidos jinetes medrosos que no se han de arrimar al toro mientras éste tenga fuerza porque, como reza el refrán: “el miedo guarda la viña”. Los verás arriba y abajo del barranco, sacando pecho, aguantando el tipo cual grandes caballistas, presumidos y “toreros” hasta en el respirar. Formarán luego remolino junto al toro. ¡Pobre toro cansado! ¡Pobre toro acosado! ¡Pobre toro acabado, rodeado de caballos!

          Verás también moteros de toda suerte y moto, con trajes de colores, haciendo “caballitos”, subiendo cuestas, sorteando matas y piedras con arrojo, presumiendo de hábiles y de valientes aunque, cuando los morlacos enfilen la cuesta, quedarán al margen, en la distancia, no sé si porque se lo impide la organización o quizás por pura precaución.

          El aluvión de “cuatro por cuatros” de toda condición es increíble. Éstos sí que chulean y presumen transportando chicas guapas, iniciando subidas monte arriba de las que se arrepienten enseguida, y que les ponen en más de un aprieto mientras los de “a peón”, los espectadores, verdadera multitud desde los bordes del barranco, les observan, divertidos, con imponentes prismáticos o cámaras de video de todas las marcas y modelos. Cosas de nuevos ricos. Que algunos aprovechan para mirar culos y tetas es cosa cierta pues: “A río revuelto”…  

          Alguna pareja se lo monta, mientras tanto, entre la espesura de algún bosquecillo de “marañas”; porque da más morbo en medio del campo, o porque no tuvieron tiempo para la siesta ¡Y ya verás tú como aparezcan mis padres!…

          Pero el grueso del tropel lo forman los que llegan al encierro en coches de todo tipo y valía. Coches absurdos, descapotados a soplete, o a martillazos, pintados de colores imposibles. También coches normales que circulan por los rastrojos como por las calles de su barrio. Coches, por un día convertidos, sin enojo, en “todo-terrenos”, que son aparcados en cualquier lugar imaginable.

          En estos autos suelen viajar señoras gruesas, (porque ahora hay mucho sobrepeso entre la población) vestidas con grandes sayos de una pieza, tipo saco puesto al revés, que no disimulan sus lorzas, o con pantalones anchos, hasta las rodillas, de infame corte y hechura pero –“es que me los hago yo misma”- y calzadas con cómodas alpargatas. Son estas mujeres, a pesar de todo, jaraneras; bien dispuestas a la fiesta y al festín, al bocadillo de chorizo, o de tortilla, o de lo que sea, con tal de comer; “que un día es un día” y esto es el encierro de Brihuega. Los señores de estas señoras también son gordos. De otra gordura, eso sí, más panzuda; sus barrigas prominentes sobresalen por las camisas a rayas desabrochadas y les impiden verse enteros, en toda su extensión, pero lo llevan a gala y no les ofende, pues ya se sabe que: “Ande yo caliente… y basta, que por meter que no quede. Vengan jamón y cervezas, y vino de la bota, y mucho melón, y buenos, o no tan buenos puros, y tabaco que no falte; “que hoy es festivo y mañana ya veremos”. Que ya llegará el invierno.

          Y para colmo botes de refrescos que, ¡inaudito!, llegan traídos en cubos con hielo, hasta el ultimo rincón, por chavales valientes, ajenos al toro; a euro y medio la lata. Pipas a mogollón, que relajan la tensión y casi no contaminan ¿Casi? Verás el suelo, el pobre campo cuando el encierro acabe ¿Qué más da una lata más o menos? Un papel aquí, una bolsa allá, una cagadita acullá. Pues vaya retortijón más inoportuno y hay que aliviarse, que eso le pasa a cualquiera. Y el campo, nuestro campo, no se queja, o sí; pero lo admite todo. Todo lo soporta: al chulo majadero, al borracho inefable, al malaje que tira la piedra y esconde la mano, a las niñas finas y estiradas, a los niños, tirando a pijos, de gafas modernas y móviles sin saldo, o sin cobertura. A los jubilados nerviosos que tropiezan en cualquier paja pero que se creen muchachos y eso está bien, porque no tienen nada que perder, salvo la jubilación, si les da el infarto, o se rompen la cadera y se mueren antes de la hora… ¡Que ya te lo decía yo! .¡Que había peligro!… Y vaya putada para el hijo que contaba con la pensión del viejo para ir pagando el adosado. Y las embarazadas, que una rompió aguas el año pasado y “uy” que risa, cómo corría el marido a pedir socorro, y al final parió en la UVI móvil; porque ahora todo es móvil, y mola mucho parir un hijo en cualquier parte, incluso en el encierro.

          Total, que hemos echado la tarde, “que son cuatro días y tres durmiendo”.

          ¿Y el toro? El pobre toro, se queda en el campo, con los bueyes y los vaqueros, y solo se hace el silencio cuando el último rezagado abandona, caballero de su utilitario, los doloridos campos.

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