La Boda

Por: Luis de Valdeavellano

                                  

          Lo he intentado. Si queridos lectores. Prometo que he intentado mantenerme al margen de tan cargante, empalagosa, machacona, majadera, meliflua información dedicada desde hace meses a la boda… ¿del año…del siglo…del milenio? Se verá.

          De momento, y siempre, la boda va de llevarse la “pasta gansa” a costa de un público mayoritariamente “intelectual”.

Sí, está claro que todo el enorme esfuerzo mediático va dirigido a satisfacer las ansias de saber de ese público instruido, y culto, que nunca ve los programas llamados “del corazón”, aunque a mí me parece que el corazón propiamente dicho está, por lo general, situado más arriba (y al lado izquierdo del cuerpo humano) que el otro del que tan a menudo se habla.

          Me refiero, para que no queden dudas, al entrañable público, selecto e inquieto, que lee varios libros al año, que procura informarse de las cosas con un asomo de discernimiento, y que siente un poco de inquietud por conocer algo de algo de algo.

          Pero prefiero no sacar “los pies del tiesto”. No del todo. Dejémoslo estar.

          Hablaba yo de la boda de todas las bodas hasta que llegue la siguiente. Pues bien, hubo un tiempo en el que la realeza, la nobleza, y las clases ricas, no vendían su vida a los medios, no traficaban con ella, sino que eran perseguidas por los periodistas que, a su vez, suministraban las exclusivas a los medios, que, a su vez, las difundían entre las masas hambrientas de carnaza. Porque se sabe, cabalmente, que las masas siempre están hambrientas de carnaza. Pero ahora, estos nobles de baja estofa, rebajados a sí mismos, comercian con sus miserias de humanos vulgares (lo cual es una tacha insufrible) y se enriquecen, aún más, a costa de ellas, quiero decir, de sus miserias.

          Alcahuetean sin vergüenza, sin dignidad, montando sus chiringuitos al más ruin estilo comercial. Y todo por la pasta.

          Dicen, que dicen los que dicen, que esta boda, o bodorrio, se ha celebrado en el campo, como los encierros taurinos. Veremos pronto si con cuernos o sin ellos. De momento encierro entero ha sido, pues los asistentes han sido confinados, y les han sido confiscados sus celulares, es decir se les ha incomunicado, lo que en estos tiempos tecnológicos supone un verdadero encierro, aunque sea en sí mismos, desamparados y sin posibilidad de comunicación digital. Todo sea en pos de un bien superior: que puedan ser difundidas, sin competencia posible, las imágenes exclusivas firmadas, literalmente a millón.

          También dicen que el cura que ofició la ceremonia ha sido un futurible heredero espiritual de San Francisco de Asís, solo que en vez de ir revestido con un áspero hábito de cruda lana sin teñir, este santo del tiempo gusta de tocarse con una bufandita roja. Toda una declaración de intenciones. Sí, ya sé que conviene poner una vela a Dios y otra al diablo…pero me pregunto ¿hasta qué punto?

          Y poco más puedo decir, o quizás que me ha enternecido la carita de la novia, ¿ duquesa, marquesa o condesa? Tanto da. Tan modosita ella, parece que un poco corta de luces, porque todo se hereda, no solo los títulos nobiliarios.

          Y un inocente detalle, me da la impresión de que la marquesa tiene los tobillos algo gruesos…Pero eso no creo que tenga demasiada importancia, salvo quizás para algunos impertinentes estetas. Vale   

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