Aer Van Der Neer (1604-4 a 1677)
Por: Luis de Valdeavellano
Dedicado a mi querida amiga y colaboradora Teresa de Hita
Hay, en la vieja casa de los abuelos, en Esplegares, colgados por las paredes del comedor y de otras estancias, unos cuantos cuadros que reproducen pinturas, sobre todo bodegones, de grandes maestros del pasado.
Desde Monet a Cezánne o a Gauguin, así como algunos otros pintores, sobre todo de origen neerlandés como Jan Davidsz de Heem o Willem Claesz Heda pueden contemplarse, íntimamente, en la placidez umbrosa de los deliciosos días del verano.
Entre todos esos cuadros, que allí se hallan expuestos, siempre he sentido predilección por uno titulado: “Diversión sobre el hielo” cuyo autor es Aer van der Neer. Cada vez que paso por el sitio donde se halla colgado mi vista se pierde, irremediablemente, en ese gran canal helado, lleno de gente, que en el cuadro está representado. No sé qué tiene ese cuadro que me atrapa con su inmediatez de instantánea y su vívida y mágica atracción. Pues bien, días atrás, mientras la abuela realizaba la inevitable limpieza anual que da inicio, oficial, a las vacaciones veraniegas, al pasar con cierto brío el plumero por el cristal de dicho cuadro, fuera que la sujeción del mismo, con alcayata y cáncamo, se hubiese deteriorado con el tiempo, o por el propio ímpetu de la acción limpiadora, se vino el cuadro al suelo rompiéndose el cristal, quedando la lámina fuera de su marco. El estruendo producido nos hizo, a los que por allí estábamos, ociosos, acudir al lugar del accidente. No pareció muy grave el daño y entre todos recogimos los restos de cristales esparcidos por el suelo.
Al recoger, también, la lámina caída observamos que, al dorso, entre dicha lámina y un cartón que le daba consistencia al conjunto, había una hoja, vieja, doblada, de cuaderno como los que se venían usando, antaño, en las escuelas de los pueblos. Desdoblado el papel, amarillento y reseco por el pasar del tiempo vimos que, escrito en él con tinta negra, en una letra de las llamadas “ de redondilla”, con cierta gracia en su trazo, se podía leer lo que ahora, aquí, transcribo, para deleite propio y por si pudiera tener algún pequeño interés.
No sé si fue un mero juego literario la intención del autor, desconocido, de esas pocas letras, o esconde alguna teoría de más profundo calado ni es, en este momento mi intención profundizar en el tema, pero confió en que merezca, al menos, su distraída lectura.
Nota. Transcribo literalmente:
“El aprendiz estaba a punto de pasar la prueba para ser recibido como oficial de pintor en el gremio de San Lucas. Su viejo maestro, el gordo y gruñón Hieronymus, le apremiaba, ante la perentoria obligación de presentar un cuadro, digno de tal nombre, ante el consejo del gremio que tendría que emitir el preceptivo dictamen; mas el muchacho lo iba retrasando, cada día con una excusa distinta, cada vez diciendo que había de empezar mañana y así hasta que solo faltaron apenas dos semanas para la presentación.
Pero el joven pintor tenía una idea, por entonces extravagante, que no se había atrevido a contar, ni siquiera, a su maestro, y una imagen fija le rondaba por la cabeza desde el año anterior y jamás le abandonaba. Solo precisaba un pequeño milagro. En realidad, necesitaba frío, mucho frío, un frío polar e imprevisto que se adelantara lo suficiente, helando los canales, para así poder hacer realidad su sueño.
El primer sábado del mes de Octubre del año de 1619 empezó a cambiar el tiempo. El carbonero Oude riendo, alegre, frotábase las manos. Amaneció luego un domingo, por momentos, despejado tras aquella noche horrible y tormentosa en la que una ventisca blanca y heladora azotó la ciudad. Después de comer, el joven Aer van der Neer tomó un lienzo, su caballete y sus colores y embozado en su capa de invierno, pues el frío había arreciado tanto que los canales de Ámsterdam (esa preciosa ciudad construida sobre noventa islas, unidas por más de quinientos puentes, la pequeña Venecia del norte) aparecían ya, repentinamente, helados para regocijo general de aquellos amables burgueses, habitantes de la ciudad. Salió, decía, del viejo taller furtivamente y se dirigió al gran canal, instalándose, discretamente, en una de sus orillas.
Con maestría y rapidez geniales, desatendiendo las miradas y comentarios risueños, o compasivos, de algunos paseantes, retrató una fugaz escena, cotidiana y común en aquellos tiempos, del gentío divirtiéndose sobre el canal repentinamente helado. Allí podían contemplarse, en feliz instantánea: niños y adultos jugadores de hockey sobre hielo, estirados petulantes patinadores con las manos, pomposamente, a la espalda, carruajes de trineos con ricos pasajeros exhibiendo su poder, o pescadores de fortuna que practicaban agujeros en el hielo y en suma, todo el bullicio de una ciudad vibrante en un repentino día fiesta.
En el ángulo inferior derecho del cuadro puede observarse al carbonero Oude, un poco achispado, haciendo sus necesidades sin vergüenza mientras mira, de reojo, al joven artista”. Vale