Pequeña escena burguesa.

Por: Luis de Valdeavellano

        

          La esquina de la calle Echegaray en Jaca, un domingo a las dos de la tarde, es un “oteadero” perfecto para un mirón. Todo el ritmo de la vida de una pequeña ciudad burguesa, y su complejo mundo de pequeñas sensaciones, imposibles de definir: el latido vital de esos seres humanos anónimos, únicos y, sin embargo, intercambiables por los de cualquier otra pequeña localidad; un público familiar que discurre por esta populosa calle, y se sienta a tomar algo en sus terrazas, si el buen tiempo lo permite.

          Es el aroma añejo, e incomparable, de la pequeña burguesía, reflejo de la buena vida que anhelan casi todos los seres humanos. Ese tipo de vida humilde, puede que de tonos grises, sin grandes estridencias, sin grandes sobresaltos, al cual la inmensa mayoría de la población mundial indigente, carente de todo recurso y expectativa, querría acceder sin dudarlo un instante.

          Cuando escucho a los nuevos dictadores de la verdad, esos resentidos, ignaros propagadores de las izquierdas más reaccionarias, despotricar contra la burguesía de la que ellos mismos han surgido como viles gusanos, reptantes y orondos, alimentándose de sus desechos con descaro, me acuerdo de esa gente anónima que, cada fin de semana, discurre plácidamente por la calle Echegaray de Jaca, y se sienta en sus terrazas, que será, aproximadamente, como la de cualquier otra calle similar de uno de los miles de lugares que puede haber en el mundo parecidos, y entonces quiero pensar qué ¿tal vez? exista algún tipo de esperanza para la raza humana. Vale

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