Soñando con ventiladores

Microrrelato

               Por: Miguel de Ungría

          Reconozco que pertenezco a ese grupo de seres humanos que se caracterizan por poseer una sensibilidad un tanto especial, y una mente puede que un poco obsesiva, sino juzguen ustedes lo que me pasó días atrás, cuando por el azar del destino fui a alojarme en la habitación de un pequeño hostal al que, por no disponer de aire acondicionado, habían dotado de unos enormes ventiladores, pendientes de los techos de las habitaciones, para refrescar el ambiente.

          Una vez instalado en una de ellas, cuando ya me disponía a dormir, tumbado sobre la cama, no podía dejar de elevar mi vista hacia el cielo de la habitación y ver girar sobre mí ese prodigioso artefacto aspado que, con un acompasado soniquete agudo, como de quejumbroso gemido, giraba vertiginoso, proyectando el tibio aire que, bien es cierto, hacía mi descanso mucho más llevadero durante aquella noche extremadamente calurosa. Pero mi mente pensaba en bucle sin yo querer pensar ¿Estará bien anclado el aparato al techo? ¿Qué índice de probabilidades habrá de que se descuelgue, sobre mi indefensa persona, haciéndome mil pedazos?

          Esas, y otras muchas preguntas, atormentaban mi ánimo, hasta que, no sé bien a qué hora, me quedé dormido. Mas no fueron mejor esas horas de sueño que el anterior duermevela. Las pesadillas, en las que el funesto aparato se abatía sobre mí, se sucedían en una febril secuencia donde veía trozos de cuerpo cortados, vísceras separadas del cuerpo, cabezas semi-cortadas del tronco y abundante sangre que se esparcía por el almohadón, las sábanas, el colchón y las paredes de la habitación, poniéndolo todo perdido, hasta que por fin se detenía el ominoso artilugio asesino. Les juro que esa noche no se la deseo ni a mi peor enemigo.

          Luego, llegada la mañana, todo volvió a la normalidad, una vez instalado en la silla de ruedas, me coloqué las prótesis sobre los muñones recién lavados, y dejé atrás la habitación y su ventilador asesino.

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