Por: Luis de Valdeavellano
Me prometo siempre no hablar de política, la más repugnante de todas las cosas imprescindibles para las sociedades humanas, pero creo que esto de hoy no es hablar de política, es hablar de criminales y de crímenes amparados en la política, y por los políticos: por mucho que un asesinato de un inocente, a sangre fría, por la espalda, se intente justificar, fanáticamente, en una supuesta situación política del lugar donde nos ha sido dado nacer, o vivir, una atrocidad así es injustificable.
El llamado “Carnicero de Mondragón”: Josu Zabarte, perteneciente a la banda terrorista vasca ETA, de ideología nacionalista y comunista, está libre. Según parece ha cumplido con la ley, en modo alguno lo ha hecho con la justicia (con lo que es justo), que en España no existe.
Por ello, esto de hoy, y pido perdón a mis improbables lectores por tratar un tema tan sucio, tan terrible, y tan incómodo, es para reconocer la vergüenza que siento de vivir en una nación donde los políticos son delincuentes impunes, que manipulan las leyes a su antojo con el beneplácito borreguil del rebaño. Pero también para hablar del odio más primario, el que llegan a mostrar algunas bestias, parecidas a seres humanos; ese odio hosco, torvo, delirante, que envenena la sangre, y que convierte en alimañas a muchos humanos, propensos, por su propia debilidad, a caer en la degeneración más ruin a la que una persona puede llegar.
Es para hablar de pistoleros que se creen con el justificado derecho de acabar con la vida de personas inocentes, que han sido señaladas por sus amos, y todo por el simple hecho de que ellos se creen poseedores de la razón.
El otro día vi un reportaje, que me sobrecogió por el primitivismo criminal que implícitamente muestra, de un periodista valiente, Cake Minuesa, en el intento de entrevistar, en la calle, acogiéndose a la hermosa, e imprescindible, libertad de información, al asesino irredento.
Hallábase el criminal en una terraza de la propia Mondragón, donde habita, tomando una copa con unos amigos: sus amiguitos; puede que próximo a las familias de los que mató impunemente. Sí, impunemente, pues él está vivo, aunque sea un cadáver andante, un saco en descomposición de carne putrefacta y huesos, mientras que sus víctimas no han recibido la justicia que merecían. Ya se encargan, el gobierno español y el gobiernito vasco, de ello.
Y es que, los grandes criminales también tienen amiguitos, son esos seres turbios, y terribles, que se amparan, hipócritas, en la compasión; que les dan aliento en la intimidad: los que suelen tirar la piedra y esconder la mano, los que acostumbran coger las nueces que otro tira subido al árbol.
Esos amiguitos, tan necesarios para que el asesino no se sienta solo, pobrecito, y para que así pueda justificarse mejor: “lo hice por ellos…por ellos…por ellos”. Por eso, ellos, los amiguitos, como pago, para ahogar el remordimiento, se reúnen con él, le dan palmaditas, se dejan ganar al mus, le pagan las copas, le acompañan un poco, y luego cada uno a su casa, a su asco.
El asesino, solo, a la suya, a su vida arruinada, miserable, y baldía, a rumiar sus vergonzantes hazañas: los tiros en la nuca a inocentes, las bombas bajo los coches para matar sin riesgo, siempre a pobres desarmados, siempre a traición, pero, eso sí, todo por la patria, por esa patria de mierda, esa patria obscena, de mentira, esa patria ilusa, e inútil, que no sirve para nada, que no es nada, ni nunca será nada. Y los amiguitos, cada uno también a su casa, con las manos limpias de sangre y el alma sucia de odio, tan comprensivos ellos…tan satisfechos por haber acompañado un ratito al asesino. Tan orgullosos de proteger al “sacrificado” ejecutor… porque hay que entender a los verdugos… siempre les toca la peor parte… el momento vivido… la horrible represión.
A los amiguitos siempre les queda la íntima satisfacción del deber cumplido, de la amistad inamovible que no se rompe con nada, ni con el crimen más odioso. Porqué ¿no es acaso la amistad comprender y apoyar al ejecutor de nuestros más íntimos pensamientos? ¿al ejecutor que mata por muestras ideas? ¿no es acaso digno de que se le acompañe un ratito? ¿de qué se le pague las copas? Vale.