Por: L.M.C.
Alisair no tiene prisa
Y se va parando
Ante los escaparates
De lunas brillantes,
Repletos de cosas bonitas,
Aunque, tal vez,
No de mucha utilidad.
Y sus ojos se abandonan
ante la sensación de lujo
Que transmiten, deliberadamente,
Pues no hay que olvidar
Que son objetos hechos para ser vendidos,
Concebidos, al fin, para gustar.
Así, entretenida, ve pasar la tarde
Ante los cristales que reflejan
Las nubes y ese brillo de sol
Que, por momentos, se diluye
Y termina mezclándose, obscenamente,
Con las turbias farolas de la avenida.
Alisair, sin darse cuenta,
Va recorriendo la calle larga
Que desemboca en el puerto de recreo,
Allí donde amarran
Esos enormes yates de lujo
Donde viajan los triunfadores,
Los que son siempre jóvenes,
(Aunque sean muy viejos)
Y guapos, y delgados.
Mas no de pasar hambre,
Sino de sudar muy duro
Las copiosas comidas
Con su entrenador personal.
Alisair comprende que nunca
Podrá viajar en ningún
Yate de lujo.
Ni siquiera, comprar alguna
de las cosas que vio
En los relucientes escaparates
De lunas brillantes,
Que se mezclan con las obscenas
Luces de las farolas de la avenida.
Y cuando llega al borde del muelle
Piensa, por un momento:
Que el agua está en calma,
Y que el mar se parece
A las lágrimas, grises y saladas,
Que se le escapan, a veces,
Como sin querer, de sus ojos,
Cansados. Esos negros luceros.
Y aunque había decidido suicidarse,
En esta tarde serena,
Entre dos luces,
Comprende que su gesto
No serviría de nada,
Porque los tiburones prefieren
La carne fresca y dorada
De guinsurfistas tostados al sol.
Así que vuelve sobre sus pasos,
Ya anochecido,
Y decide regresar a la casa,
Y crear un poema de su alma,
Y dejar que su gata le lama.
Y esperar a que llegue mañana.
No sé quién es Alisair. No se si existe este nombre, o es inventado, o lo leí en algún papel, o recorte, o en algún libro olvidado. Alisair simboliza, no obstante, la soledad que nos asola. La íntima consciencia de la indefensión más absoluta. La conciencia de la nada que siempre nos acompaña. Esa que a veces nos sonríe, a veces calla, a veces llora y otras veces nos impulsa a la locura, o al desafío imposible, y a elevarnos, por encima de la cotidianeidad, hasta el infinito del absurdo.