Por: Luis de Valdeavellano
En estos días veraniegos he tenido el gran privilegio de visitar una sima-cueva, concretamente la de “Las Majadillas”, en el término municipal de Sacecorbo, en la, tan hermosa como desconocida, provincia de Guadalajara.
Esta sima se halla enclavada en medio de un admirable paraje, situado donde ya el alto Tajo es frontera entre las alcarrias y las serranías molinesas. Un rodal primigenio donde poblaron los Lusones sus castros repletos de ganados, inmerso en medio de un sabinar, tan bello como fantasmagórico, que se solapa con el pinar enorme del entorno. Se trata de un lugar de naturaleza feroz y prodigiosamente hermosa donde habitan el escorpión y la víbora, el águila real y la cabra montés, el venado majestuoso, o el agresivo jabalí. Donde se afirma que ya puede que se haya instalado el viejo lobo recurrente, furtivo y solitario.
Tras un corto descenso vertical, amarrados a las cuerdas de escalada mediante arnés y los necesarios dispositivos modernos de seguridad; equipados con casco, rodilleras, guantes, mono, y demás aditamentos, imprescindibles para la aventura que iniciamos, se accede a una gran sala donde, al reclamo de la suave luz tamizada, que llega desde un límpido cielo, habita el lagarto y el sapo partero, que nos reciben para certificar que los animales convierten los entornos en apariencia más desfavorables en un nicho de oportunidades. Desde allí iniciamos uno de los trayectos posibles, de los aproximadamente dos mil metros de cueva cartografiados, siguiendo siempre las indicaciones de K., amigo y espeleólogo federado, que nos acompaña, a Berta y a mí mismo, como seguridad y garantía de que todo ha de salir bien.
Avanzamos por una ruta, a ratos, tortuosa, sobre suelos húmedos y embarrados, contemplando con deleite cuanto se ofrece a nuestra vista, aunque se vea limitada al alcance de las luces frontales, extasiados ante las maravillas que la naturaleza, en su libertad creativa inagotable, puede pergeñar para admiración de cualquier humano sensible.
Ante nosotros se muestran geodas insertas en paredes y suelos, estalactitas, estalagmitas, y los diversos y caprichosos tipos de formaciones nacidas de la cal, de la humedad perenne, y de una temperatura estable, que mantienen a la larguísima cueva en unas inmejorables condiciones propiciando que, en muchas de sus partes, se mantenga viva, es decir en constante evolución, creando siempre formas nuevas al ritmo infatigable, pero prodigiosamente lento, que impone el tiempo geológico.
Es físicamente duro caminar entre estos laberintos de barro y roca, adentrándose por un ámbito lóbrego, perlado de crestas y farallones, absolutamente huérfano de luz, como no sea la que nosotros mismos portamos en nuestras modernas linternas frontales. A nuestro paso vamos encontrando las tenues huellas de otros humanos que, hace ya muchos años, visitaron y exploraron la enorme cueva. Restos del viejo carburo de las carbureras de los pioneros, van apareciendo en nuestro caminar, pero, también, las huellas, en forma de deposiciones, de los cientos de murciélagos, auténticos inquilinos, señores de tan prodigiosa mansión.
La ruta marcada por nuestro maestro nos conduce a un lugar prodigioso por su estrechez: un largo y laberíntico cuello de botella que pondrá a prueba nuestra preparación física, pero más aún, nuestra serenidad mental. Rectar durante decenas de metros, literalmente pegados al suelo, arrastrando los equipos de supervivencia; sortear espacios en los que, ni siquiera se puede mantener la posición y hay que girarse para pasar de lado, rodeados de agobiante pared por las cuatro partes de nuestro cuerpo, es algo que mide nuestra capacidad de concentración, nuestra serenidad y nuestro deseo de continuar siempre hacia adelante.
Es una suerte de interacción con la roca, de integración, la que se produce entre el humano y la cueva, de fusión con el barro, con la humedad tan viva, con la misma madre tierra, tan silenciosa, tan placida, tan acogedora; inmersos en una suerte de útero materno gigantesco, húmedo, cálido, ciego y silencioso, que nos hace rememorar, en lo más profundo de nosotros mismos, el momento olvidado en el cual surgimos a la vida y a la luz desde el protector vientre materno.
Tras este reto singular nos espera un río, ahora muy disminuido por el carácter estacional de sus aguas, pero que en invierno rompe creando pequeños lagos y cascadas. Por su lecho seguimos un largo tramo hasta que el paso de las horas nos conmina a regresar.
Sí, comprendo la actitud del no iniciado, del ignorante, que no alcanza a entender la necesidad de hacer algo tan peligroso, y hacerlo por el simple deseo de hacerlo. Un acto, en principio, exento de practicidad relevante, que solo el ser humano es capaz de llevar a cabo por su mera inquietud y que, según qué formas de pensar, se podría catalogar de innecesario, imprudente, temerario, y una larguísima lista de adjetivos descalificantes, pero que obvian la necesidad inherente de las personas por plantearse retos que alimenten su personal crecimiento físico, intelectual y espiritual, que nacen directamente de nuestra libertad individual.
El encuentro, que no enfrentamiento, con la serie de dificultades, incluso extremas, que plantea una cueva de estas características es vitalmente importante para algunas personas, que no para todos, pero son éstas, con sus impulsos, no exentos de riesgo personal, las que nos hacen avanzar, las que consiguen que vayamos conociendo cada vez mejor nuestro planeta, las que ayudan a mejorar nuestras capacidades, creando técnicas innovadoras, tanto materiales: en equipos y tecnología, como en un plano psicológico, mejorando la comprensión de la mente humana en condiciones de presión extrema.
Por si todo ello no fuese suficiente, la cartografía de estos parajes recónditos incrementa el conocimiento general del medio, así como también: la medición de las condiciones excepcionales, que se producen en este tipo de espacios tan singulares, acrecienta el conocimiento general del mundo que nos acoge.
En lo personal puedo decir que hubo un momento, cuando decidimos apagar todas las luces, manteniéndonos en plena oscuridad y absoluto silencio durante unos pocos minutos, en los que no pude dejar de pensar en lo insignificantes que, en realidad somos: en medio de una naturaleza apabullante somos una brizna de brizna, un casi-nada en mitad de un planeta ferozmente hostil, pero inacabablemente bello. Vale