El Boxeador 

          

Por: Luis de Valdeavellano   

          Los boxeadores están en sus esquinas, expectantes y nerviosos, como potros fogosos momentos antes de comenzar la carrera. El árbitro da la señal, salen al centro del cuadrilátero, se saludan y cruzan los guantes, oponiéndose con violencia deportiva, reglamentada y aceptada entre profesionales.

          Se golpean una, y otra, y otra vez; avanzan y retroceden, fintan, esquivan, se mueven por los cuatro lados del cuadrilátero formado por las dieciséis cuerdas reglamentarias (que ya no doce).

          Ellos interpretan, con bravura, la guerrera danza del pugilato, esa pugna ancestral, que se remonta más allá de la Grecia arcaica, donde rige el enfrentamiento entre dos adversarios, sin más armas que sus puños enguantados. Huelen a sudor, a adrenalina desatada, y se pueden masticar en el ambiente la tensión ambiental y el calor humano que desprenden.

          Suena de nuevo la campana comenzando a caer nuevos golpes sobre los cuerpos trabados: jab, directo, gancho, crochet, uppercut y… entonces… repiquetea el timbre del despertador.

          Es la tercera vez que lo escucha esta noche, pero ahora ya no lo apaga, se tira de la cama y, sin saber bien como, tras algunas rutinas maquinales que se repiten en su vida desde hace años, ejecutadas precipitadamente, se encuentra frente a la puerta de la oficina donde trabaja, solo que es otro día más el que llega tarde. Es la tercera vez en una semana.

          Según están las cosas lo normal será que terminen por  echarle del trabajo. Bien lo sabe ¿Si por lo menos le diera tiempo a ganar ese combate tan importante en el que está enfrascado, el que podría relanzar su carrera, aupándole al título de campeón…y a la gloria deportiva?

          Pero, por ahora, está de nuevo sentado en su escritorio, en ese anodino rincón de oficial de segunda, donde consume su jornada laboral en el más oscuro anonimato, pensando que la próxima noche tirará el despertador por la ventana antes de acostarse.

          Ah, y le duele el ojo, le duele bastante el ojo y, un poco menos, el costado izquierdo. Tendrá que tener más cuidado con su oponente que es, sin duda alguna, el rival más duro con el que se ha enfrentado hasta la fecha. Puede que tenga que visitar al doctor.

          Algún compañero, al pasar junto a su mesa, se interesa fugazmente por su estado. -No pareces encontrarte muy bien esta mañana- -Le dice- -¿Qué te pasa? ¿Te peleaste con alguien? No tienes muy buen aspecto… y ese ojo… no tiene buena pinta… tal vez deberías hacer que te lo mire un doctor…-

          Él hace un gesto compungido, como de autocompasión y da una vaga excusa cualquiera, que se pierde en el silencio de la nada con la misma rapidez que el interés de su colega.

           Cómo explicar a nadie que, en realidad, combate en sueños desde hace ya varios días. Que, además, en esos sueños recurrentes, él es un boxeador profesional que lucha por proclamarse campeón. Y que… aunque al principio lo hubo intentado, no puede evitar combatir… es decir…soñar que combate.

          Pero también es que, ahora, es él quien desea combatir. Ansía que llegue la noche para volver a combatir, para seguir combatiendo. Lo espera con impaciencia, con pasión, porque sabe que está a punto de conseguir la gloria si consigue ganar esa pelea.

          Cómo explicar también que los golpes recibidos le duelen igual que duelen en la realidad, y que… a la vista está: le dejan huellas visibles tanto en su cara como en su cuerpo.

          Es una locura, lo sabe, pero… si al menos se proclamara campeón, su vida tan anodina cambiaría. Por fin podría abandonar su estúpido trabajo y ser una rutilante estrella en el mundo del boxeo. Vale

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