El Tío «Sin Prisas»

Por: Luis de Valdeavellano

          El tío “Sin prisas”, por nombre propio el tío José, el patriarca gitano, fue el hombre más tranquilo y más cabal del barrio.

          Su historia es sencilla, tanto que se puede resumir en el hecho cierto de que se sentó una mañana, con su sillita playera, entre el sol y sombra del soportal, que daba entrada al bloque de viviendas de protección donde vivía, y debió pensar que había encontrado allí su sitio ideal en el mundo, y en la vida, pues, desde aquel momento, no dejó de hacer exactamente lo mismo, ni un solo día, durante los siguientes veinticinco años, que son, justo, los que tardó en morirse.

          Ni siquiera dejó de hacerlo cuando se fueron casando sus numerosos hijos e hijas. Ni cuando se enfermó su mujer, la Concha, y estuvo a punto de morirse, o cuando fueron palmando los unos y los otros, más o menos jóvenes: unos por accidentes de tráfico, otros por la droga, otros… por un mal encuentro.

          Aquel gitano cumplido, siempre fiel a su “trono”, con una constancia admirable, y nada dispuesto a dar cuentas a nadie, más allá de lo necesario, permaneció exactamente en aquel mismo lugar, día tras día, semana tras semana, año tras año. En invierno y en verano.

          Pero lo más curioso de todo es que no tuvo que dar explicaciones sobre su excéntrica decisión, pues todo su mundo: su mujer, la Concha, sus hijos, sus parientes y vecinos, todos aquellos que le rodeaban, los que le cuidaban y le alimentaban, le vestían y le surtían de tabaco, parecieron reconocer, desde el primer día, el derecho legítimo, e inalienable, a su decisión de hombre que decide pasar la vida sencillamente sentado en una silla.

          Era un espectáculo conmovedor el verle convertido en un elemento más de aquel paisaje vecinal urbano barriobajero.

          El tío “Sin prisas” hablaba poco, o nada, porque: “Hablar desgasta” decía él con esa lenta sabiduría infinita que tienen los seres especiales, si es que acaso alguien conseguía sacarle alguna palabra de la boca. Lo de no hablar, decían sus más cercanos, era, sin duda, porque le gustaba más estar simplemente callado, escuchando, atento a las opiniones, noticias, o chismorreos, de los unos y de los otros.

          Él, cuando se explayaba un poco más de lo habitual, referente a lo de no hablar, decía lacónicamente: “ Es que se cansa uno menos”. Esto en los pocos momentos en los que se avenía a emitir alguna frase. El resto del tiempo, que era casi todo, fumaba, miraba su entorno sin mucha atención, apoyado en su cachava de mango curvo, muy poco decorada, o dormitaba, dándose suavemente con la barbilla en el pecho; aunque su dormitar era tan poco profundo que, en realidad, era como si siguiese despierto, o, ¿quizás? fuese que cuando estaba despierto era como si estuviese algo adormecido.

          Los chiquillos “malajes” le gastaban alguna bromita inocente como, por ejemplo, aquella vez en que le pusieron un tomatillo maduro, entre el pecho y la barbilla, que el tío “Sin prisas” explotó con toda elegancia al cabecear, y que, al salir el húmedo jugo del tomate, le hizo despertar. El tío “Sin prisas”, luego de la sorpresa inicial, cogió el tomate reventado y se lo comió tranquilamente, se limpió con el moquero y siguió a lo suyo.

          En esos casos aislados puede que llegara a maldecir un poco en caló, no con mucho énfasis, lo justo para sostener su condición de autoridad, de gran patriarca gitano.

          El tío “Sin prisas” mereció ser el patriarca con mayor reputación de toda la ciudad. Su palabra sabia, tan valiosa como escasa, era ley sagrada entre los gitanos de toda condición. Se llegó a comentar que, incluso, de alguna gran población vecina vinieron, a veces, clanes enfrentados a pedir su consejo y su mediación, porque, ¿Quién mejor que un hombre que no hace nada, que no aspira a nada, que no quiere nada, y que además conoce la ley, para resolver los conflictos ajenos?

          Su justicia era justa e inapelable y los que a él recurrían sabían que su decisión sería la mejor que podrían obtener, ateniéndose a ella como a sagrado.

          Su paso por el barrio fue tan discreto como impactante y aún recuerdo su imagen serena, inserta en el soportal del bloque de viviendas, como si de una estatua clásica se tratase. Tan quieto, tan conforme con pertenecer al mundo inanimado del portal, que ahora, cuando hace ya tanto tiempo que él no está allí, al pasar por aquella puerta, todavía creo que le veo. Vale  

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