Por: L.M.C.
Creó Dios los jardines, bellos y primordiales,
Sobre terrazas altas, más que el alto horizonte,
Con árboles gigantes, de raíces profundas
Al suelo bien fijadas, sus ramas colosales
Al cielo encaminadas en señal, y memoria,
De su ley implacable y su eterno poder.
Vastas enredaderas, de formas lujuriosas,
Colgaban altaneras, cual extrañas guirnaldas
De flores negras, rojas, doradas como soles.
Frutales delicados, de frutas deliciosas,
Amenizaban prados, y florestas preciosas.
Parterres y macizos, avenidas sin límites,
Formaban laberinto sin comienzo y final.
Y en el centro inviolado, dominando el paisaje,
Mandó Dios que brotara aquel árbol sagrado,
Cuyo fruto es pasaje para la eternidad.
Era aquél Paraíso por ángeles velado
Donde aún convivían, en prístima armonía,
Animales y humanos, el hombre y el áspid,
Bajo la vista atenta del buen Dios, indulgente,
Que allí, junto con ellos, feliz se recreaba
En su obra perfecta, en su gran creación.
Todo era acaso posible, en jardín tan dichoso,
Hasta aquel día aciago en que el hombre, insensato,
Imprudente, e incauto, se atrevió a profanar
El árbol prohibido que todo lo contiene:
Sabiduría y ciencia, ascetismo y razón.
Era fruto negado a su mano ladrona,
Alimento sagrado, pura fuente de vida
Para los elegidos del Supremo Hacedor.
El modo privativo para ser inmortales
Al estilo, y semblanza, del Señor creador.
El precio y la tragedia de la liberación.
Rota ya la armonía del Paraíso amado
Fue del huerto expulsado el humano ladrón.
Perdida la inocencia, mortal, del tiempo esclavo,
Le dio Dios, en la Tierra, un lugar donde errar
A su libre albedrío, sin rumbo ni horizonte,
Tan solo el que su mente pudiera imaginar.
Fue de nuevo, otra vez, el comienzo del todo
Al tiempo que empezaba la cuenta del final.
Bella descripción de la Naturaleza y del ser humano.
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