Por: Luis de Valdeavellano
Improbables y, por ello, mucho más queridos lectores: en estos tiempos convulsos, perlados de derechos, mas, al parecer, sin ningún deber como no sea el de trincar, el de vivir de los demás, o sea, de papá Estado, que somos todos, pero no todos, sino casi todos, es decir: los contribuyentes, o más bien los expoliados contribuyentes, crujidos a impuestos para alimentar estómagos agradecidos, hoy quiero reivindicar uno de mis derechos fundamentales, cual es mi derecho inalienable a tocarme los genitales, las gónadas, los testículos, las escritillas, los huevos, o los cojones, como quieran ustedes llamar a esa parte legendaria, y fundamental, del cuerpo humano masculino, tan denostado en nuestra actual sociedad de lelos patológicos interesados. Y reclamo el hacerlo libremente, sin restricción alguna, por lo que pienso acogerme a esa terrible dama, altisonante, de nuestra democracia, llamada Igualdad.
Si, señoras y señores, me acojo a esa “presunta igualdad de las personas” según se expresa, meridianamente clara, en la gran entelequia a la que llamamos Constitución, o Carta Magna. Ese papelito adorado como un dios supremo, y grandilocuente, que no deja de seguir siendo obra humana y… por cierto… deficiente. Esa misma de la que hablan todos, mientras todos la incumplen sin vergüenza. La misma que se saltan, criminalmente, un día sí y otro también, los primeros que deberían respetarla, y cumplirla, escrupulosamente, es decir, nuestros representantes políticos y, con ellos, los jueces que ponen a su servicio para que siga la corriente.
Tan cacareada señora, doña Igualdad, de la que solo disfruto cuando estoy solo, ha sido desacreditada, envilecida, hasta quedar convertida en una prostituta, una piltrafa, de tanto ser usada como excusa para cometer cualquier barbaridad, tropelía, o atropello. Ésa misma que es hoy santo y seña de la tribu de hembristas desalmadas y delincuentes, que están destruyendo la memoria de lo que, en nuestra sociedad occidental, fuera un día la tan dura, como necesaria, lucha feminista, que propició el que las mujeres consiguieran ser, de una vez, para siempre, reconocidas como lo que son: la mitad más una de la población de los autollamados humanos, ni más, ni menos.
Pues bien, el otro día un joven deportista, futbolista en este caso, tuvo la osadía de tocarse, externamente, sus partes pudendas para celebrar un gol, en un acto rudo, tosco, y tribal.
En nuestra sociedad pacata insufrible, de definición imposible, parece que eso no es simplemente un acto instintivo de mal gusto, o de poca educación, como se decía antes, ahora es ya un atentado machista en toda regla, y por tanto, según los infames inquisidores, autodenominados con absoluta cara dura como “progresistas”, el muchacho, como mínimo, debería ser lapidado para castigar tan horrendo crimen.
No obstante cuando, días antes, una reconocida cantante ligera española, ligera por lo de dedicarse al pop, que no a la ópera, decidió enseñar libremente sus tetas, pechos, bustos, senos, mamas o mamellas, como ustedes prefieran, en el libre ejercicio de su actividad artística, y ¿quién sabe? si también como premio a sus muchos fieles seguidores masculinos, eso no fue considerado ni grosero, ni falto de educación, ni por supuesto “lapidable”, sino un verdadero, un increíble, un sublime, un afortunado alegato en apoyo de la liberación femenina, y puede que de ella misma, aunque esto sea solo una suposición mía.
Como vemos, dos actos públicos, similares, y distintas varas de medir, por mor de la dictadura imperante en la actualidad, a la que no volveré a nombrar por el nombre que ellos mismos se dan, por no ofender a la propia palabra, en su boca enmierdada constantemente, y absolutamente vacía de contenido.
Y digo yo que tan valioso, e importante, es un cojón como una teta, ambos dos, son, sin duda, elementos principales de la constitución humana, ambos dos, órganos valiosos que ayudan, junto con todos los demás miembros corporales, a componer el precioso, el maravilloso cuerpo humano, sea este masculino o femenino. Con las adulteraciones del momento actual no me meto.
Y digo yo que ambos, el del cojón y la de la teta, estaban trabajando, cada uno en lo suyo, y que, siendo sus condiciones circunstanciales, y laborales, similares, su juventud y belleza parecida, y sus atributos naturales igual de importantes y necesarios, ¿No deberían sus actos haber sido considerados de la misma manera: es decir, sin falsos alborotos, sin rasgados de vestiduras, por cierto cada vez más caras, sin ofensas impostadas, vanidosas pero infames? Es decir: ¿No deberían haber sido tratados, sencillamente, como dos actos curiosos, anecdóticos, nacidos de la libertad individual de las personas, en medio de una sociedad convulsa, dividida, inmersa en guerras, y en tragedias de las de verdad, donde la gente muere impunemente? Vale