El mirlo del jardín de la calle Constitución se murió delante de la gente y nadie le oyó morir.

Por L.M.C.

Muy de  mañana,

cuando paseaba al perro,

la vecina del séptimo A

encontró muerto al mirlo

que habitaba el jardín.

Yacía el ave en el suelo,

entre un romero florido

y un rosal japonés.

Al regresar a su casa,

un poco compungida,

se encontró con el portero

y con el vecino del quinto C.

Pronto corrió la voz

entre los vecinos que, lentamente,

con las piernas torpes

de la vejez,

fueron llegando donde el cadáver.

Se decidió enterrar al mirlo

allí mismo,

entre el romero florido

y el rosal japonés.

Alguna señora soltó una lagrimilla,

alguien recordó el canto bello 

del animal y como,

con extrema habilidad,

extraía las lombrices del césped

tras el riego matutino.

El portero excavó un pequeño agujero

donde fue depositado el mirlo,

su librea negra y brillante

destacaba sobre el fondo marrón terroso

del agujero.

Su pico, casi rojo,

se había tornado pálido anaranjado

y, en sus ojos saltones,

había un no sé qué acuoso,

tal vez reminiscencia

de la inevitable presencia de la muerte.

Una ligera tristeza

invadía los corazones de los vecinos,

ancianos en su mayoría,

menos el portero,

el mariquita del cuarto,

y el nieto de los señores del tercero B.

Todos contemplaron en silencio

el entierro del pajarillo

y, cuando se disponían a volver a sus ocupaciones,

oyeron un canto familiar e inconfundible,

luego alzaron la vista

hacia el almendro enano

y, entre sus ramas, tímido,

negro, resplandeciente y poderoso

apareció otro mirlo,

¿quién sabe si un hijo del fallecido?

Se trataba, sin duda,

del nuevo ocupante del jardín

al que la naturaleza,

en su fría e implacable sabiduría,

ajena a cualquier humanidad,

había otorgado la posesión temporal

de aquel vacante vergel

y que recién llegaba a ocupar

su lugar en él,

¿y quién sabe?

si también en aquellos viejos corazones

cada vez más desocupados.

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