Por: Luis de Valdeavellano
Nunca les creyeron del todo. Por más que insistieran en la veracidad de sus informaciones ante el gran consejo. Por más que sus testimonios fueran siempre los mismos, coincidentes e intachables en sus aseveraciones, nunca les creyeron del todo. Siempre hubo una mancha, una nebulosa que ensombrecía lo que ellas con tanto ardor se empeñaban en referir como absolutamente real.
El hecho cierto es que una buena mañana, cuando apenas eran unos recién nacidos, los habían sorprendido unos gigantes… en realidad uno más gigante que el otro, atrapándolos y metiéndolos luego en un recipiente extraño, pequeño, alargado, de tonos azulados, translúcido, de olor extraño, medio lleno de agua.
De esta manera habían sido transportados hasta quién sabe que lejano lugar desconocido, sufriendo la agitación constante del agua durante aquel incierto viaje; y luego, de nuevo, trasvasados, por así decir, a otro recipiente parecido, pero mucho mayor, también transparente con tonos azulados, pero que, esta vez, contaba con lodo y una roca en el fondo, e incluso cierta cantidad de juncos de la ribera y, por supuesto agua, lo que de verdad hacía que fuera, aunque pequeño, muy, muy acogedor. El receptáculo remataba en una especie de cúpula por la que, a veces, se podía ver el cielo mientras que, otras, tan solo era posible contemplar una desconocida cosa azul intenso, algo que tapaba e impedía ver nada más allá.
Desde aquel encierro podía verse una panorámica cambiante como lo era la posición de la propia prisión. A veces, por un lado, se veía lo que debía ser una pared de una casa, eso parecía por comparación con lo que recordaban haber oído contar de las leyendas antiguas; por otro de los lados se veían flores, como si de un jardín paradisíaco se tratase; algo muy distinto a la convencional y anodina flora de la charca.
A veces, unos ojos enormes, miraban desde la cúpula y todos ellos se escondían, asustadísimos, y tan rápido como les era posible, entre el lodo, bajo el agua. Otras, eran unos ojos más pequeños, y más jóvenes, los ojos que miraban, y eran esos ojos, unos ojos que observaban de una forma diferente, como decir: más sorprendidos, más brillantes, pero también puede que más peligrosos.
Por esa misma cúpula caían, de vez en cuando, algunas moscas que, o bien estaban recién muertas, aún palpitantes, o vivas, quedando allí atrapadas, a su merced. El caso es que eran jugosas y frescas, un goloso alimento y, por tanto, bien recibidas por el grupo, que se peleaba por ellas.
Se sucedían los días y las noches: al sol brillante le sucedía la oscuridad estrellada. Al sonido áspero de las chicharras le tomaba el relevo el agudo canto de los grillos.
Ellos notaban como su cuerpo se iba transformando con suma presteza. Crecían muy deprisa, mientras que sus miembros se transformaban, hasta que su aspecto cambió tanto que ya no reconocían lo que habían sido en el pasado.
Una mañana, cuando ya su metamorfosis se había completado, sintieron miedo al ser izadas dentro de aquél recipiente, transparente y azulado, rematado en aquella cúpula que se iba estrechando, que ahora ya consideraban su hogar. En esta ocasión se vieron transportadas de nuevo, pero ahora introducidas en un extrañísimo artefacto que hacía un ruido insoportable y que parecía moverse. Dado que aquello se movía, supusieron que eran llevadas por aquellos gigantes, viajando un trecho por el desolado campo, cada vez más y más familiar y, al cabo, cuando ya pensaban morir aterrorizadas, en el fondo de aquel pequeñísimo charco artificial, temiendo por sus vidas, fueron de nuevo cogidas por aquellos apéndices largos y delgados y, tras un corto y agitado trayecto, se sintieron volteadas, y, al abrir los ojos, se vieron en su querida, en su adorada charca. Rodeadas de familiares, amigas y compañeras, que al principio ni siquiera las reconocían, repentinamente sorprendidas por el fuerte estruendo y por su inopinada llegada.
Nunca quisieron creer todo lo que contaron de voces extrañas, de seres gigantes que caminaban y que manipulaban las cosas.
Tal vez se tratase, como ellas afirmaron, siendo esto corroborado por la opinión de varios de los ancianos, de dioses inconcebibles y caprichos, dueños y señores de la vida y de la muerte. Vale