ELOGIO DEL DESACATO

Por: Luis de Valdeavellano

          En este tiempo absurdo, que estamos soportando, la libertad de opinión es perseguida con saña «buenista».

          El ejercicio del uso de la palabra, como forma elemental, y primaria, de expresión de la libertad individual, se ha convertido en un acto muy peligroso que choca, de continuo, con la creciente cantidad de leyes que someten al ciudadano a una verdadera dictadura de legalidades, en forma de normas sin fin, impuestas desde las administraciones públicas, tratando de ahogar cualquier conato de crítica, disensión, o desobediencia intelectual, asfixiando a las sociedades occidentales, teóricamente democráticas, pero sometidas, en la práctica, a la dictadura indecente de un insufrible global-buenismo, llamado eufemísticamente progresismo.

          En nuestras sociedades no existe una verdadera democracia, como no existe el albedrío, ni la autonomía, o la libertad personales. Son solo meros juegos de sombras, simples quimeras desleídas de lo que se lleva prometiendo al pueblo desde hace siglos sin alcanzarlo nunca jamás.

         Votar no supone disponer de una democracia que se aproxime siquiera al ideal, donde impere la mínima libertad individual. Votar es un simple espejismo de efímero poder para el votante. Un sueño fugaz, que dura exactamente lo que dura el acto físico de meter el voto en la urna. Es un espantajo de libertad, un trampantojo de libertad. Un hueso que se le tira al perro pueblo para que se consuele y que, mientras roe, no ladre.

          Por tanto, es ésta una sociedad hostil para todo disidente, una sociedad “ademocrática”, donde la mentira política es la verdadera realidad social, donde las leyes solo alcanzan duramente a algunos desgraciados mientras que otros, los importantes de cada momento para el sistema, incluidos en primer lugar los propios políticos de turno, se escabullen de una u otra forma, y es por todo esto por lo que es virtuoso, es conveniente, es necesario, y es fundamental el desacato.

           La imaginación, la creación artística, en todas sus formas y vertientes de expresión, sean críticas o, por qué no, contrarias, hacia los diversos grupos de poder, ya sean estos: políticos, religiosos, económicos o sociales, deben ser libres, sin censura, ajenas a cualquier imposición pública, solo sometidas al veredicto del pueblo, que las reprobará, o las celebrará libremente.

          En la actualidad proliferan multitud de asociaciones creadas para defender, teóricamente, a cualquier grupo de presuntos marginados, sean estos reales, o imaginarios, estando subvencionadas, casi todas ellas, con fondos públicos detraídos de nuestros impuestos, y estas asociaciones, convertidas a menudo en verdaderas mafias, usan, y abusan, de las leyes sobre las que influyen, para combatir, con intimidación, cualquier modo de expresión que les moleste.   

          Son estas leyes, creadas bajo su perversa influencia, y concebidas para tapar la boca a los disidentes de cualquier disidencia, verdaderas armas letales, equiparables a una bomba, o a una pistola, en las manos de un asesino, pues matan la libertad, el mayor bien de que dispone un humano tras la propia vida.

          La ley, las leyes, dictadas por los partidos políticos, auténticas asociaciones delincuentes en muchos casos,  siega impunemente vidas, arruina absolutamente al que cae atrapado en sus redes, siendo así que los cadáveres resultantes, esos muertos en vida que produce, son silenciosos, y silenciados, y pasan desapercibidos. No sangran ni huelen mal.

          El desacato es, por tanto, loable, necesario, e imprescindible, para decirle al político, al juez, al poderoso, que es demasiado a menudo un delincuente con su pueblo: que no lleva razón, que la razón no está necesariamente en la propia ley, y menos en el uso espurio de la misma que, demasiadas veces, hace de ella un guiñapo, lo cual es un hecho incuestionable.

          La ley está corrompida de arriba abajo, tan manipulada, tan sometida a los poderes, tan subvertida, tan sujeta a procedimientos sibilinos, ideados para retorcerla sin piedad, que ha sido desvirtuada hasta hacer de ella una pura basura, por lo que es necesario desacatarla, una y otra vez hasta sofocarla. Hasta hacerla languidecer. Hasta quitarle el escaso crédito que le pueda quedar.

          Solo el desacato puede desenmascararla en toda su indecencia.     

          Es necesario desacatar ante los jueces, y ante los tribunales infectos, manipulados de toda corrupción desde que se crearon, en el principio de las sociedades, con un poder enorme que acaparan con descaro, que no han sido capaces, en siglos y siglos de vigencia, de hacer evolucionar la justicia que de ellas debería derivar, para corresponder al pueblo al que debieran servir y no del que se sirven con descaro.

          La justicia y la política imperantes, la nacional, y la internacional, son un océano proceloso de tecnicismos, de legalismos, de verborrea infame, donde naufraga la verdad más humilde y meridiana, y lo único que no cuenta para nada es la propia verdad.

          Somos cautivos de las leyes, y no sus beneficiarios. Somos rehenes de las leyes, y no sus señores. Somos víctimas de las leyes, que no sus victimarios.

                                             Vale.

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