Por: Luis de Valdeavellano
La desigualdad es el germen de la vida, de la existencia en todos sus aspectos. Es lo que hace que el universo… o… mejor dicho: que los distintos posibles universos, existan en todas sus formas inimaginables. Por tanto es un bien imprescindible.
La naturaleza terrestre es absolutamente desigual, el mundo es desigual, los animales y las plantas son desiguales, la gente es desigual: alta, baja, negra, rubia, gorda, flaca, guapa, fea, inteligente, boba, valiente, cobarde, ambiciosa, modesta.
La desigualdad es tan necesaria como inevitable, todo en el universo es desigual, y, aunque a veces esas desigualdades formen una igualdad, es ella más bien aparente, casual y temporal.
El falso dogma mafioso-populista de la matraca igualitaria, aplicada a la presunta idílica vida en sociedad, no hace sino concebir falsas expectativas a los seres humanos, incautos e ignorantes, que nunca podrán hacer realidad su anhelo de una conjetural “igualdad” en múltiples aspectos de su vida. Por tanto conduce inevitablemente al sufrimiento: un idiota nunca podrá ser listo. Un pusilánime nunca será valiente. Un vago nunca será trabajador (pero puede que sea un excelente comunista). Un feo chepudo nunca será Narciso. En fin, un político nunca será honrado, o casi nunca. Con mucha suerte, en algún lugar, en algún momento, en alguna circunstancia tal vez se haya podido dar esa extraordinaria casualidad. Pues creo que solo como casualidad es ello posible.
La igualdad no existe, nunca existirá. A lo más que podemos aspirar, si somos honrados con la realidad tangible, empírica, es a cierto grado de similitud, que aproxime a unos y otros en favor de un cierto equilibrio.
Por todo ello la desigualdad tiene todos mis respetos pues, solo ella, convierte la que debería ser normal en extraordinario.
La desigualdad es lo único que permite avanzar a las sociedades humanas, así como a la propia Naturaleza que, en ella, encuentra la mejora necesaria para su evolución, pues la desigualdad impide el estancamiento, el conformismo, la resignación, la degeneración y, finalmente, la decadencia absoluta.
La desigualdad es, además, paradigma de la libertad individual, donde el individuo, como tal, se opone a la masa, a la chusma, a la borregada servil, al encasillamiento, a ser numerado, concebido como un número en una estadística criminal de usar y tirar.
La desigualdad hace a cada uno, único, diferente, aún en la adversidad, aún a pesar de la adversidad.
Yo quiero ser desigual con todas las consecuencias. Vale.