Por: L.M.C.
Por tierra tirado como un guiñapo,
carne putrefacta,
ya siempre polvo en la alameda.
Del erial manchado de gasolina
partícula elemental.
Siempre ya nada.
Pero era persona
y su corazón se calentaba
con el vino que bebía con los amigos.
Y le gustaba cantar
las noches de fiesta,
y esperar el amanecer
sin pensar que la patria,
o la locura del tirano de turno,
están para quebrarte la vida.
No esperes piedad
por parte del enemigo,
ni clemencia del verdugo,
ni compasión del asesino
cuando vayas por la calle oscura
o el sitio equivocado.
En algún lugar,
cuando los caminos se bifurcan,
hay que elegir,
tendrás que elegir.
A veces es fácil,
son cosas triviales:
como el tipo de bebida
para emborracharse.
A veces es difícil
porque te va en ello
la honra o la vida,
o el pan de los hijos,
y entonces puede que te rebeles
aunque sea siempre
demasiado tarde.
Pero el mal sabor de boca
lo quita un beso enamorado
en la despedida,
y el deseo surge de nuevo
desperezándose de entre la nada
y se convierte en torrente de sangre
que empuja hasta los confines del placer
y estalla mientras se retuerce,
y es bomba u orgasmo,
un grito en el vacío
que nadie puede oír jamás.
Es la memoria de las cosas no vividas,
de lo no nombrado y lo no sabido,
lo imposible, la ilusión de vivir,
de creer que se vive
cuando solo se alienta.
Atiende cuando escuches la voz
de los desesperados,
de los alucinados,
de los poetas del vidrio y la sortija,
de la uña larga, negra,
y el pelo menguado.
De los viejos supervivientes
de la última borrachera,
De las pitonisas, y las hetairas
de las desveladoras del profundo arcano
que se oculta bajo las faldas,
entre los pliegues de la lujuria,
tras el recodo del camino
envuelto en cuerpo de mujer,
al viento expuesto por las callejuelas.
Sin saber que hacer escucharás,
y su sonido quedará a ti pegado
como el sudor de la muerte,
y la mente que se estruja
pensando cómo hacerlo,
cómo hacerlo mejor cada noche,
cada noche mejor.
Si acaso beber otro trago
y mirar por la ventana
que da a la escalera
esperando que no venga
a cobrar la patrona,
y oler la comida del rico avariento
cuando tú tienes hambre,
cuando el estómago te muerde
feroz como perro rabioso,
mientras que se recorta
la tarde sucia en rojo
que puedes imaginar
aunque no la vuelvas a ver,
nunca exactamente.
Y luego ves de nuevo
ese aullido de sirena
y los aviones, ciegos, que regresan
a destruir lo que queda
después de los escombros,
mientras que tú te escondes
en un vientre regazo
y muerdes sus entrañas,
agitado y vicioso, una vez más,
y otra vez, y otra vez.
Y ese loco con el lápiz
garabatea el mundo,
y lo recorre aciago
desde su enfermiza lucidez,
y decide, abyecto,
donde morirá gente:
personas inocentes
aunque nadie lo sea del todo.
No lo suficiente.
Y se siente un dios
con los pies en el lodo que pisa,
mientras mira no mira a la masa
que le aclama embobada,
y se inclina a su paso,
y le vitorea y le grita:
¡asesino! ¡héroe! ¡cobarde!,
esperando el dulce momento
de la degollación.
A la gente le gusta gritar
desahogarse, insultar,
blasfemar por falta de palabras
para poder seguir siendo cobarde
sin remordimiento.
Es una premisa
el grito
es una premisa
el grito.
El grito es una condición,
una necesidad.
El grito es una voluntad
de supervivencia.
El grito es la transformación,
el salto, el precursor de la violencia,
el aviso previo e inequívoco
de lo por llegar.
¿Cuántos pensamientos
caben en un bombardeo,
y en un restregarse ocultos
en la trastienda?
El pensamiento te acucia
cuando recuerdas
que te gusta el color marrón o el azul
pero no el lila.
Trivialidades,
porque pensar es eso:
dar vueltas a la rueda del tiempo
amarrado como bestia inerme,
esclavo del deseo, de la repetición,
de siempre igual para nunca ser lo mismo,
y el cansancio eterno.
Y puede que no vuelvas
a ver la luz,
o que te pierdas para siempre
entre las sábanas,
o entre los harapos de un tiempo vencido,
pues cuando duermes
desertas del vino y de la fiesta,
de la insaciable sed
que no se agota nunca.
Cuando duermes escapas
de tus vicios y de tus vanidades,
y te vuelves indefenso, y te vuelves niño,
y es como hacer simulacros de morir.
Un lento entrenamiento.
Luego algo viene a despertarte
y te estás meando, o entra la luz,
o se oye cantar a la golondrina,
o por cortesía haces uso de tú soledad;
entonces oirás como regresan,
que han llegado una vez más,
que siempre volverán
como llegan los silencios
a llenar el vacío sonoro,
a indicar el origen del mundo,
el big-band brillante y oscuro,
y esa pesadilla que te acecha siempre
mientras conduces por la autovía,
solo de madrugada,
camino del precipicio.