La monarquía contra el nacionalismo.

(Uno)

Este artículo fue publicado en La Tribuna de Guadalajara en 2007

               

Por: Luis de Valdeavellano

          Cuando veo protestar a algunos especímenes que se cuentan entre los españoles, bien que a su pesar, y que se autodenominan “nacionalistas democráticos” e, incluso, “progresistas de izquierdas”, por el papel que ocupa la monarquía parlamentaria en España, y por el empleo de los monarcas y la familia real en el entramado estatal, me dan ganas de reír. Y esta risa tiene su origen en variados factores entre los que puedo destacar, como inicial y sustancial, puesto que a partir de esta primera estafa lingüística con la que se presentan ante el público estos lobos antipatriotas, con las pieles de cordero democrático puestas, pierde sentido toda su argumentación posterior. Es el absurdo que para mí supone la asociación, gratuita, interesada e hipócrita, de dos términos antagónicos y contrapuestos en esencia como son: nacionalista y democrático, en contraposición con nuestra sociedad española, esta sí democrática, donde es el pueblo español, legalmente constituido, el portador de la legitimidad política.

          Los nacionalistas son, por propia naturaleza, excluyentes, clasistas y racistas, y la similitud que aducen entre sus nacionalismos periféricos y el teórico nacionalismo español, a la que vuelven cada vez, cansina y  recurrentemente, no se sustenta en la verdad de los hechos ya que la nación española, como es obvio y sabido, se halla inmersa, sin tapujos y naturalmente, en una asociación de estados mucho más amplia llamada Comunidad Europea y más allá, en la antes llamada Sociedad de Naciones, actual ONU.

          Me permito hablar de excluyentes, clasistas y racistas y  me remito para ello a las ideas vertidas por sus patrones y fundadores, proto-santones de la infamia, la simpleza y la estulticia, y de los que jamás han renegado; por tanto, todo lo contrario a demócratas. Los ejemplos del pasado son bien patéticos a lo largo y ancho de la geografía nacional: Casanova, Companys, Arana, Blas Infante, y algunos otros, todos ellos “grandes políticos”, “enormes intelectuales” que en sus magníficas obras causaron admiración universal por su búsqueda de la equidad humana. De los actuales, ustedes conocerán.

          Ni siquiera en sus propias instituciones locales, las cuales dirigen como cotos cerrados y elitistas,  endogámicos emporios de corrupción sin límite,  practican la democracia los nacionalistas, pues ya se encargan de imbricar éstas de agentes de sus propios partidos, personajes oscuros, interpuestos por utilitarios, que contaminan y usurpan la verdadera democracia en ellas, convirtiéndolas en instituciones mafiosas al mejor estilo italiano. Es cada día más amplia y más preocupante la masa de paniaguados, peones de diversos partidos políticos, infiltrados en puestos intermedios de las instituciones, donde ocupan un papel represor de la libertad democrática. Chivatos y “corresveydiles” de baja jaez que son los nuevos comisarios políticos del funesto estado de las autonomías.

          De  la  democracia  solo  les  interesa  su  uso  para enriquecerse y, de paso, obtener los fines partidistas, separatistas y xenófobos que persiguen.

          La constatación de la diferencia abismal que existe entre estos dirigentes nacionalistas que como piojos: feos, molestos y estúpidos se empeñan en compararse al rey y a su familia es evidente. Ellos, perceptores de sueldos y prebendas inauditas y sonrojantes: presidentes autónomos y “leendácaros”, alcaldes, consejeros, concejales, concejalillos y “concejaletes”, y demás servidores públicos que se sirven, sí, pero así mismos, en una lista que se va haciendo interminable, y cada vez más insoportable, con sueldos que superan, con creces, los cien mil euros/año libres de polvo y paja, amén de otras muchas prebendas, rentas, beneficios, dotes, ventajas, provechos y gangas, y cuyo trabajo fundamental,  a lo que vemos, consiste en cizañar y enfrentar al pueblo para distraerlo del expolio al que está siendo sometido.

          Ellos,  principales esquilmadores de este país, o nación o pueblo de pueblos, o nación de naciones, consideran y señalan a la familia real como una especie de chupóptero, anclado al estado español del que se alimentan sin tasa. Pero la familia real cumple  un papel aglutinador, integrador y moderador, difícil Y dudosamente interpretable por ninguna otra figura en una sociedad, como la española, tan “bandolerizada”, tan ajena al sentido común; amén de ser los mejores representantes exteriores de nuestro pueblo por educación, por conocimiento, por prestigio, por compostura y hasta por apostura. Su papel de representantes,  de embajadores máximos de los españoles, no tiene precio ni parangón en el mundo actual, y su sola presencia, unida a su reputación, abre puertas que ningún otro político español podría abrir jamás. (Continuará).

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