El hombre de la calle larga

(Artículo publicado en La Tribuna de Guadalajara en 2010)

                        

Por: Luis de Valdeavellano

          El hombre avanza, con paso torpe, desde el fondo de la calle. Podemos ver, a medida que se aproxima, que es muy grande, acaso uno noventa de altura y bastantes más de cien kilos de peso. Aparenta unos sesenta años. Su rostro de color claro, aunque carnoso y sanguíneo, es, no obstante, bien parecido, mientras su pelo blanco, visible pese a la gorra de visera que lleva puesta, le cuelga, lacio, por los lados, y le da un aspecto como de Papá Noel escapado de algún hipermercado. Su vestimenta, descuidada, indica que debió fugarse a toda prisa pues el pantalón se le cae de vez en cuando y a duras penas lo sujeta, mas o menos, en su sitio, mientras la camisa asoma por debajo de la especie de cazadora que lleva, dejando visibles trazos de calzoncillo y camiseta. Trae una bolsa de plástico en la mano, enorme mano, hinchada y sucia. Mano de estibador o de antiguo marinero, ahora varado. Mano que hace tiempo dejó de servir para trabajar.

          El hombre abre uno de los contenedores de basura y luego otro, saca algunas bolsas que tira por el suelo y continúa su azaroso caminar. Luego se encuentra con una familia que sale de un portal y se acerca al niño que les acompaña haciéndole melifluas carantoñas, pero algún miembro de dicha familia impide que el hombre toque al niño, algo le dice además pues el hombre se ofende, y les insulta, y sigue su errático vagar.

          Un poco más allá repite su acto, su pequeño vandalismo callejero, quién sabe si cotidiano: abre de nuevo los contenedores, saca algunas bolsas y las vuelve a esparcir por el suelo. Esta vez un grupo de jóvenes le afean el acto y vuelta al enfrentamiento y al insulto, mientras él sigue siempre su tortuoso camino, desarraigado y vagabundo, hasta que metros adelante, tal vez obligado por la probable y puede que abusiva ingesta de alcohol, aún a pesar de lo temprano de la mañana, se ve obligado a orinar, y una vez más son los contenedores que pueblan la calle el objeto de sus penosas acciones. Luego, vuelta a meterse con la mujer anciana que regresa, titubeante, cargada con la compra, o a provocar algún pequeño sofoco a la madre que pasa presurosa con el niño, o a las jóvenes muchachas desprevenidas, y así va, siempre con rumbo incierto y tambaleante, como náufrago a la deriva, pero siempre ofensivo, hasta que llega a la frutería que expone parte de su mercancía en la misma calle, ya en la esquina. El hombre, al descuido, toma alguna fruta y la mete en su bolsa mientras continua su marcha itinerante y, como ha llegado a la esquina, donde la calle se bifurca, quién sabe si al albur de su mente obnubilada decide tomar una rampa que conduce, ascendiendo en diagonal, al otro lado de la avenida.

          La mañana es gris, fría y lluviosa, el suelo está un tanto resbaladizo para los pasos torpes del probable borracho. El hombre se moja bajo la lluvia pero no parece importarle, o tal vez ni lo nota.

          Hay una hilera de árboles, recién plantados, en el lado izquierdo de la rampa que asciende desde la calle larga. Los árboles, indefensos y callados, no se meten con nadie, a nadie ofenden con su presencia serena y necesaria, pero al hombre hay uno que no parece gustarle y lo agarra con sus grandes manazas y lo zarandea, y está a punto de romperlo, pero hoy el árbol tendrá suerte porque el hombre, tal vez al fin molesto por la fina lluvia que le moja, o puede que aburrido, abandona su intento y sigue subiendo. Y cuando, al cabo, tan escaso de fuerzas como sobrado de peso, llega hasta la parte alta de la rampa, en vez de salir de ella hacia el paseo superior, por la intersección de ambas vías, intenta hacerlo por el mismo jardín que las divide, tropezando, torpe y ofuscado, con el mínimo bordillo, cae entre el jardín y la rampa, al pie de un banco y, dado su enorme peso y su estado deplorable, es ya incapaz de levantarse.

          Algunas personas, habitantes como él de la ciudad, ignorantes de su actitud antisocial y de su desprecio por los bienes ajenos o comunales, al ver su caída se acercan, le ayudan a levantarse, le sientan en ese banco junto al que cayó, y le protegen con sus paraguas y así, el hombre, allí sentado, como trasfigurado en su propia locura hierática, rodeado de transeúntes que semejan acólitos, parece igual a un buda venerable entre sus adeptos.

          Luego alguien llama a los servicios de emergencias y unos pocos, que tal vez no tengan mucha prisa, o a los que les queda aún un resto de piedad no resabiada, esperan junto a él la llegada de la ambulancia.

          A lo lejos, pasados unos minutos, una sirena inequívoca suena y el anuncio de su soniquete impertinente indica su inminente llegada. Vale. 

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