STEVENSON VERSUS WILLIAM BRODIE

Artículo publicado en La Tribuna de Guadalajara en 2007

Por: Luis de Valdeavellano

            

          A lo largo de la historia se han dado numerosos casos de personajes famosos y, por supuesto, bastantes más de seres anónimos y desconocidos que han padecido lo que se viene en llamar: desdoblamiento de la personalidad. Se trata, sin duda, de  una enfermedad psiquiátrica fascinante, por la cual un ser humano puede tener dos estados conscientes, independientes entre sí y que suelen alternarse. Su extrema complejidad y las, a menudo, dramáticas consecuencias que acarrean al enfermo, y al entorno en el que este se desenvuelve, la han convertido en objeto de atención de todo tipo de expertos, en campos tan dispares como la historia, la medicina, o la literatura.

          Puede que algunos de los mayores criminales, registrados en los anales de la historia, hallan podido padecer esta misma patología pero, sin duda, el caso más famoso de todos, el que ha creado conciencia de la enfermedad y su trasfondo moral, dando lugar a todo tipo de estudios, tesis, teorías, obras de literatura, de teatro, de cine o de cualquier otro soporte, es el paradigmático caso del doctor Jekyll y mister Hyde. Y,  curiosamente, se trata de una obra de ficción, una novela, aunque como veremos a continuación, posiblemente no tanto como por lo común se piensa.

          En la misma ciudad de Edimburgo donde naciera Robert Louis Balfour Stevenson  (1850-1894), genial autor de, entre otras: La isla del tesoro, La flecha negra, o El señor de Ballantrae, parece que también vivió, mediado el siglo dieciocho, un tal William Brodie (¿1741?-1788), y este casi, casi, anónimo personaje tuvo fama en ella de noble ciudadano, respetable y buen  vecino, hasta el extremo de ser elegido rector de su comunidad así como concejal del propio ayuntamiento. Pero, por las noches, Brodie se disfrazaba y se transfiguraba, camuflado dentro de su ropaje de facineroso, recorriendo incansable los tugurios más despreciables de la zona vieja; allí donde la ciudad nocturna se transformaba en extenso lupanar; donde se fumaba el opio y se fornicaba sin medida; donde se jugaba, al albur de los naipes y los dados marcados, hacienda, mujer y  alma, y donde se trasegaba, sin tasa y sin medida, la más recia cerveza y el duro whisky destilado en los ilegales alambiques clandestinos.

          Era esa la ciudad vieja, llamada Old Town, origen y núcleo de la actual ciudad, surgida alrededor de la colina de Castle Rock, barrio de callejas sórdidas, oscuras y empinadas, (las llamadas closes o wynds) que discurren colina abajo a ambos lados de la calle principal como continuas tenebrosas encrucijadas. Allí, en aquellos edificios altos y masificados, de apartamentos y albergues infames, donde se hacinaban más de cuarenta mil personas, y donde hallaban refugio los más viles delincuentes. En esos submundos, apenas sin luz, el impecable Brodie era, por unas horas, un vicioso borracho, un putero impenitente, un jugador de fortuna dispuesto a lo que fuera con tal de ganar. Además, durante aquellas noches lóbregas, húmedas, saturadas de niebla y olores infectos, por aquellos pasajes y callejuelas mojadas de orines hediondos, Brodie debió perpetrar todos los crímenes que su mente partida y perturbada le dictara. Según recuerdan las crónicas: robaba, violaba, saqueaba y aseguran, los pocos que tuvieron acceso al informe policial tras su detención, que pudo llegar incluso a cometer ciertos asesinatos que, pese a todo, no se pudieron determinar muy claramente.

          Al fin, habiendo sido sorprendido en delito flagrante y apresado, fue juzgado, siendo degradado de su lugar preeminente entre los miembros de la comunidad, terminando su vida, azarosa y demente, colgando de una horca. Y cuentan que, ni siquiera sus dos amantes ni sus cinco hijos supieron nada de la doble vida, ni de las fechorías cometidas por tan misterioso personaje.

          Puede que Stevenson, durante su larga infancia de analfabeto (pues hasta los ocho años vivió junto a su madre enferma, sin recibir enseñanza reglada alguna, ni asistir al colegio); alguno de los demorosos días de aquella infancia libre y singular pudo ¿tal vez? oír hablar del personaje autor de tan truculentos sucesos, que se había ido haciendo popular, por sus patibularias fechorías, con el devenir del tiempo, y con esos datos, reformándolos a su conveniencia, dándoles un marchamo innovador, al uso de aquellos tiempos que ya apuntaban a modernos, e incorporando a su historia el uso de la farmacopea, las drogas (durante los días en los que compuso su famosa novela se hallaba recibiendo un tratamiento médico a base del hongo del cornezuelo del centeno, o LSD, para mitigar los terribles dolores producidos por la tuberculosis que padecía) y las novedosas técnicas de laboratorio, por entonces tan en boga, construyó una novela esencial y maravillosa.

          Esta, señoras y señores, pasó al papel, a la gran historia de la literatura, en forma de relato, titulado como: “El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde”. Y es en esta novela, extraordinaria y conmovedora, donde el desdoblamiento de la personalidad, la propia complejidad del alma humana, alcanza una de sus cimas señeras. En ella se plantea, una vez más, la paradoja, la contradicción que acosa y amenaza al ser humano desde lo más profundo de su ser y de su cerebro y que nos puede convertir, de la noche a la mañana, en ángeles o en demonios; en ciudadanos ejemplares o en diabólicos ejecutores de los crímenes más atroces. Vale

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