Por: Luis de Valdeavellano
(Este artículo fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2013)
Locura es una novela corta y, como muy bien indica el editor, premonitoria, de un escritor que había de morir joven, muy joven, suicidándose seis años después de ser escrita. Es decir a los veintiséis años.
Mario de Sá-Carneiro (1890-1916) nació en Lisboa y murió en París, por su propia mano, después de una brevísima, agitada, fulgurante y radical vida. Fue un niño huérfano, rico y precoz, tanto, que con poco más de doce años traducía ya a autores del peso de Victor Hugo, Goethe o Schiller. Ingresó en la universidad de Coimbra y parece que allí conoció a su mejor y más querido amigo, el genial e inagotable Fernando Pessoa quien le introdujo en el modernismo y demás corrientes literarias de la época. Al poco tiempo decidió trasladarse a París, pero en vez de asistir con asiduidad a la facultad de La Sorbona, se dedicó a la bohemia, gastando su tiempo, y su dinero, en los cafés y en los prostíbulos. Regresó repetidamente a Lisboa, sobre todo al comienzo de la primera guerra mundial, y allí fundó el primer grupo modernista en compañía de su gran amigo Pessoa y de José de Almada-Negreiros; fue también responsable de la revista Orpheu, la cual, a pesar de haber contado solamente con dos números publicados, representó un escándalo literario, y después un hecho histórico en la literatura de Portugal. En 1915 regresó a París desde donde le escribió cartas angustiosas a Pessoa, en ellas se observa la creciente disociación mental que padecía y que le hacía no discernir con claridad entre la ilusión de una vida idílica, pero imaginaria, y la cruel realidad de una vida vulgar que en modo alguno le satisfacía. Concluyó su paso efímero por el mundo en el Hòtel de Nice, ingiriendo cinco frascos de arseniato de estricnina en presencia de un buen amigo.
Pessoa le quiso, y le apreció como escritor, llegando a denominarle “genio, no solo del arte sino de la innovación” y también –utilizando un aforismo de Plauto: “muere joven aquel al que los dioses aman”–.
Al principio fue solo conocido, y reconocido, por las élites literarias de su país, pero con el tiempo a llegado a ser considerado como uno de los principales autores de la literatura portuguesa moderna. Su genialidad bien lo merece.
Mario de Sá-Carneiro escribió poesía, novelas cortas y cartas y, pese a lo breve de su producción, me llamó poderosamente la atención tanto su forma de vivir y de morir como la representación de ambas, lo que se trasluce en su modo de escribir, siendo la novela corta Locura (donde se intuye parte de lo que le estaba pasando al autor en aquellos momentos y que desencadenaría unos años más tarde tan dramático final) un buen ejemplo de todo ello.
Con toda la carga de modernidad real, o pretendida, según los casos, por los escritores portugueses de este grupo: Pessoa, el propio Mário y otros, yo no puedo dejar de ver a Sá-Carneiro como un post-romántico, en suma, una prolongación de los Larra, Espronceda y compañía, en España. En lo que he conocido de su obra, y particularmente en esta novela mencionada, subyacen aspectos que, partiendo de su propia forma de vida y, pese al intento de ruptura con la tradicional cultura burguesa, no por ello dejan de ser elementos de un tardo romanticismo. Bajo el desprecio por lo establecido, tanto en lo humano como en lo literario, se mantiene integro un cierto arraigo elitista, un substrato de pertenencia a un grupo selecto y minoritario. Toda una contradicción en sí misma. El propio intento modernizador tan radical me parece, en su caso, más una forma de protesta contra la cultura imperante en la época, que una necesidad meramente expresiva, es decir: la búsqueda de formas “modernistas” de expresión artística, más que ser fruto de la necesidad de hallar soluciones a una mejora de la propia expresión literaria, parecen ejercicios de castigo contra los representantes de la cultura imperante en aquellos momentos. El consumo de substancias tóxicas como el opio y la morfina, la absenta y otras, la vida desordenada en compañía de prostitutas y otros miembros de la “fauna” parisina de la época, parecen también formas de escapismo a la sociedad tradicional de la que provenía. Manifestaciones externas, códigos diferenciadores, ejercicios de crítica social. La búsqueda insensata de un cierto malditismo conduce, algunas veces, como en el caso de Sà Carneiro, a un desenlace prematuro y fatal, puede que por mantenerse fiel a la propia ideología estética, donde la consumación de la muerte es una manifestación definitiva, y definitoria, aunque un poco pueril y enfermizamente juvenil, de la veracidad de lo que se defiende. Otros, más lúcidos, y de más alta inteligencia, caso del propio Pessoa, prefirieron una muerte lenta, más próxima a la lógica y natural, dando así tiempo a la formación de un tesoro literario grandioso y de difícil parangón. Vale
Estando en Oporto, hoy, he conocido la muerte de Mário de Sá- Carneiro.
Esta mañana
He conocido su muerte.
Era tan joven…
Y es tan temprano
En esta ciudad de Oporto
Mientras miro
El día abrirse
Desde la planta dieciséis
Del hotel Vila Galé,
Y el mar que se intuye
A lo lejos.
Tan cercano.
Murió a los veintiséis años
De edad.
Murió suicidado
Hace ahora noventa y dos años,
Pero, a pesar de ello,
Para mí,
Es como si hubiese muerto
Hoy mismo
Y su muerte me sobrecoge
Aún, todavía, siempre.
Y no sé, nadie sabrá,
Si fue el orgullo desbocado,
O la impotencia en la locura,
O ese amor sobre actuado.
Pero la muerte
Deja siempre un vacío,
Aunque sea a favor
De la inmortalidad,
Un poso enternecido
De “saudade”,
Con regusto a desencanto.