Este artículo fue publicado en el periódico digital: «La Comunidad de Info» en 2013
Por: Luis de Valdeavellano
Permítanme que me presente: soy un pez. Mejor dicho, soy un muñeco de trapo con forma de pez, o… bueno, el caso es que soy suave, bonito y resistente. Llevo de servicio unos quince años, y mi edad es, exactamente: quince años, doscientos veintiún días, diez horas, treinta y dos minutos y cuarenta segundos, lo de trece décimas de segundo no sé si creérmelo, pero esto se deduce de la comprobación del código de barras que aún conservo adherido a mi propio cuerpo. Pues bien, declaro ante ustedes que estoy cansado tras estar tanto tiempo en la misma casa, en la misma habitación, en la misma cama. Quiero cambiar de aires, viajar, ver mundo ¿visitar otras camas? No sé como explicárselo a mi dueño, vamos, al que se acuesta a mi lado cada noche y pone su codo derecho sobre mi cuerpo mullido. En el fondo le he cogido cariño ¡son muchos años! Y creo que, incluso, me he hecho un poco a su forma, a la de su codo derecho debiera decir. Y es que el codo y yo tenemos mucha comunicación y confianza tras tantos años juntos, nos apoyamos el uno en el otro y pasamos muy buenos ratos juntos, momentos de conversación y confidencias, sobre todo por su parte ya que está muy bien informado.
A ustedes estas cosas no les dirán mucho pero para mí son importantes. A veces me gustaría ser un poco más expresivo, confieso que me encantaría ser más humano. No sé… aunque esto pueda sonar a contrasentido, y aún cuando lo fuera. Pero ya sé que tan solo soy un pez de terciopelo, vistoso y de bellos colores y tal y tal… fabricado para ser poseído por alguien. Un simple muñeco. Pero no por ello dejaré de tomar mi propia decisión y de llevarla hasta sus últimas consecuencias.
El codo derecho me ha comentado que nuestro amo parece ser un tipo bastante previsible, lo cual sin duda me facilitará las cosas; él lo sabe de muy buena tinta, sobre todo por su proximidad al antebrazo que está muy al corriente pues, como bien sabrán ustedes, el antebrazo está unido al hombro y éste, a su vez, contacta con el cuello, base firme sobre la que se sustenta la cabeza… y la boca, fuente de toda información.
El codo derecho me ha contado muchas cosas sobre el amo, secretillos y asuntos aparentemente sin importancia, pero otras de mayor relevancia. Claro que siempre podemos decir que son rumores, versiones sobre versiones que se trasladan de los unos a los otros y terminan por no parecerse demasiado al principio, así son las cosas entre los humanos. Pero, en el fondo, separado el grano de la paja, como dicen ustedes, todos los comentarios escuchados parecen tener cierta lógica, y, por tanto, siendo previsibles, pueden tomarse en cuenta.
Por el codo, que no vean ustedes como habla, he sabido de las costumbres y manías del amo, datos y detalles que han de serme de gran utilidad. Con esta información acumulada estoy más tranquilo y seguro de mí mismo y ya tengo decidido que, esta misma noche, hablaré directamente con mi dueño para pedirle que me deje marchar. Mañana, si todo va bien, será como una liberación, en poquísimas horas estaré en la otra punta del país, pero me permitirán que, por prudencia, no desvele el destino final de mi viaje, aunque les daré una pista: soy nativo de la India remota y fui confeccionado en China antes de viajar, a lo largo del mar, por medio mundo, y de recalar aquí. Desde entonces mi vida ha transcurrido en medio de la monotonía más absoluta, pero ahora siento la necesidad de viajar de nuevo como cuando nací. Puede ser el destino atávico del que algunas especies, sobre todo marinas, son esclavas y que les hace regresar al lugar de origen para poder completar así su ciclo vital. Yo no sé a qué especie, o familia de peces, pertenezco, o si solo soy una especie quimérica fruto de la imaginación alucinada del artista anónimo que me cosió…
…Bueno, me despido ya, todo ha salido a pedir de boca, cuando esta noche ha venido mi dueño, en el momento de cogerme, aún antes de que yo le pudiera hablar siquiera, se me ha escapado una lagrimilla, fruto de la nostalgia y del apego que le tengo, y la casualidad ha hecho que él la viera, húmeda y brillante. Horrorizado, como si hubiese visto a un fantasma, me ha lanzado contra la cama, luego me ha mirado y remirado un tiempo desde una prudencial distancia, ha ido a buscar unos guantes y armado con ellos a optado por arrojarme al cubo de la basura.
Si el camión de la basura es puntual se empezará a cumplir sin demora, y a la perfección, el horario programado de mi viaje. Vale.