El viejo y la lupa

                    

      Este artículo fue publicado en «La Tribuna de Guadalajara» en 2007.   

Por: Luis de Valdeavellano

    El anciano se ha sentado en el cuarto de lectura del “Centro de Día”. Mientras tanto otros compañeros deambulan, de una sala a otra sala, en busca de quién sabe qué ocupación. Alguno se asoma, curioso, al umbral de la puerta y no hallando allí nada de su gusto, desaparece. Uno, silencioso, casi furtivo, toma asiento en un sillón y pronto entorna los ojos. 

          El anciano tiene ante él, abierto sobre la mesa, un libro pequeño, de los de colección de bolsillo -se me antoja que podría ser de poesía- sobre el que apoya, sujetándolo firmemente, su mano izquierda, mientras con la mano derecha sostiene una gran lupa que dirige hacia el libro. 

          Esas manos son unas manos grandes, poderosas, huesudas, donde las venas resaltan, oscuras y prominentes, entre curvaturas y pliegues de piel blanca; bueno, no tan blanca, en realidad piel color carne, bien es cierto que un poco más pálida de lo normal. Seguramente esas manos habrán sabido acariciar suavemente y, seguramente también, habrán podido golpear, o trabajar, o tenderse cálidas en el saludo, o quizás alzadas e indolentes, al aire. Pero ahora esas manos, aún firmes, sirven para sujetar un libro y una gran lupa.

          El viejo, (Ya me canso de repetir anciano: que vale, que está muy bien anciano pero, contra la opinión actual de los buenistas que todo lo controlan, y que son tan extremados con el uso de la palabra, como con la práctica de los hechos, no considero que decir viejo sea denigrante, no al menos mientras no se use agresivamente, como un insulto. Viejo, por contra, me suena a noble, a antiguo, a venerable, a lo que tiene poso y esencia, a lo que persiste en el tiempo, a lo que nos cuenta historias con su sola presencia y nos da consejo, pues remite a cierta sabiduría, la que le pertenece, inexcusablemente, por edad y por la memoria del tiempo) se esfuerza por leer aunque su vista, cansadísima, no dé para más, ni siquiera reforzada por unas gruesas gafas de las llamadas coloquialmente “de culo de vaso”, cuyo grosor hace honor al nombre. Creo que soportarlas sobre la nariz ya debe representar un esfuerzo para él, y aun así, a pesar de ellas, debe recurrir al socorro de esa lupa de considerable tamaño que, como un tesoro, carga consigo. Pero, supongo, que todo esto a él no debe importarle demasiado. El anciano permanece totalmente ajeno a cuanto se produce a su alrededor. Su posición recuerda a la del sabio entomólogo, volcado sobre el minúsculo animal diseccionado, que observa, maravillado, sobre la pulcra mesa del laboratorio. Absoluta atención puesta al servicio de su pasión.

          Es emocionante ver al viejo, que apenas ve, como se empeña, obstinadamente,  en su afición, y con gafas y lupa, y con lo que sea, permanece fiel a su inclinación, y como parece querer zambullirse, literalmente, en el libro, de tan encima como está de él: sus ojos sobre las gafas, las gafas sobre la lupa, la lupa sobre el papel, en el papel la palabra, la palabra a su mente y desde allí,  emocionadamente, a ese rincón de las maravillas que llamamos alma, o espíritu, o intelecto, o qué sé yo, sí ¿tal vez? corazón.

          El mundo gira a su alrededor y, sin embargo, parece que, en él,  se remansa. Y ese anciano, para mí, en ese preciso instante, es el epicentro, el máximo exponente de una sensación indescriptible, pero que me apasiona intentar contar. En él creo ver un poco de lo que soy, mucho de lo que quiero ser y de lo que, a lo mejor, con suerte, seré, y una cierta envidia -por deseo de emulación- me asalta mientras le observo.

          Y, mientras todo esto sucede, se intuye, en derredor, un sordo murmullo de la vida que se agita. El “Centro de Día” bulle, late y alienta, poblado de personas de edad, gentes de toda suerte y condición que allí encuentran un poco de sentido a esa “edad dorada” que se acerca, despaciosamente, al ocaso.

          Nada importa, en realidad, demasiado, pues el devenir del tiempo nos conduce, a todos, de la mano, por la vereda, más o menos florida -caminito “gardeliano”- sin retorno.

          Todo está en calma, una calma perfecta. En su punto. Un punto sutil y sosegado, en ese pequeño cuarto de lectura sobriamente adornado con unos pocos cuadros y otros pocos libros alineados en las estanterías. Y, mientras maquino todas estas quimeras mentales, el anciano cierra el libro y guarda la lupa, su tesoro, en una primorosa funda de terciopelo negro. Luego, lentamente, con la lentitud de lo inexorable, se levanta de la silla, en silencio para no despertar al durmiente, y abandona la sala de lectura. Vale

Deja un comentario