La arquitectura y la sangre.

                    

Artículo publicado en «La Tribuna de Guadalajara en 2007»

Por: Luis de Valdeavellano

          A lo largo de la historia de la humanidad, prácticamente todas las civilizaciones, encarnadas en sus dirigentes, en todos los rincones del planeta, han pretendido mostrar y dejar constancia de su gloria y de su poder. Poder primario, directo y sanguinario, sobre personas y cosas. Poder sobre la vida y sobre la muerte, más allá del tiempo. Poder puesto de manifiesto mediante la construcción de edificios que dejaran huella de su imperio.

          La arquitectura ha sido y es, así, el oficio, a veces arte, encargado de expresar, con formas y volúmenes, la manifestación tangible de tal poderío. Para lograrlo se han puesto en marcha ejércitos enteros de trabajadores,  a menudo esclavos, y medios económicos ingentes, amén del talento de técnicos y especialistas de múltiples disciplinas, capaces de transformar espacios vírgenes y salvajes en verdaderos y, algunas veces, delirantes complejos arquitectónicos.

          La arquitectura, como vehículo de traslación del poder y de la riqueza, y plasmación de los mismos, a través de los más variados y nobles materiales, transformados en monumentos, alcanza cotas ignominiosas en muchos pasajes de la historia. El artífice se tapa los ojos, los oídos, la nariz y lo que haga falta y se transforma en el ejecutor del deseo de su amo todopoderoso. Esto le condena y le salva al mismo tiempo.

          En los tiempos actuales, donde, al menos formalmente, (por supuesto haciendo omisión de los países musulmanes donde la tiranía impera y donde los arquitectos y  muchísimos técnicos occidentales se tapan los orificios con tal de llenarse la cartera) digo que, al menos formalmente, no se practica la exhibición de este poderío primario mediante el abuso arquitectónico. ¿O sí? Porque: cuando se acometen grandes proyectos arquitectónicos que degradan el medio, apoderándose para ello de playas inmaculadas, de paisajes no contaminados, y además, para llevar a cabo programas tan ambiciosos ¿No se teme sustraer todo tipo de recursos? ¿No se está produciendo algún tipo de explotación; otra forma de esclavitud, más sutil tal vez, pero no por ello menos perniciosa? ¿No se están, por ventura, esquilmando bienes tangibles e intangibles que jamás deberían caer en manos de desaprensivos? ¿No producen los mismos efectos perversos sobre las personas, y los demás seres vivos, estas terribles intervenciones promocionadas por las grandes entidades públicas y privadas que otras realizadas en el pasado? ¿No se destruyen, sin recato, hogaño igual que antaño, los bosques, los mares, los ríos, y las vidas de los más humildes?

          Cuando se propugna el crecimiento, contra natura, de pueblos y ciudades, aunque se hable siempre, ¡por supuesto, faltaría más!, de crecimiento sostenible, esas dos palabrejas que vienen a significar nada, pura basura en boca de políticos palabreros, (pues el único crecimiento sostenible es el que es tan lento que se soporta a sí mismo) pues bien, cuando se produce este bodrio, perfectamente dirigido por el poder, ciego -que no ignorante- e inmediato, de los políticos, y por el interés artero de los capitalistas de turno ¿No se está produciendo otro tipo de masacre silenciosa?

          Y cuando arquitectos municipales, por ejemplo, ¡oh esos dioses del Olimpo! (en cuyas manos, técnicas manos; sabias y acaso pavorosas manos, dejan, frecuentemente, taimadamente, todo el peso de las decisiones los políticos, sobre todo, locales) decretan, ¡por ejemplo!, que es más importante la estética de la fachada de un edificio que la seguridad de sus moradores y condenan a éstos a una posible, por probable, muerte por intoxicación, al impedir que se coloquen calderas de gas estancas obligándoles al peligro inminente de las atmosféricas ¿No se comete un claro, un flagrante ataque a la integridad y a la seguridad de las personas? ¿Y no se hace esto impunemente? ¿Verdaderamente las leyes, y luego, luego, la justicia, defienden al ciudadano, al ser humano, al ser no humano, al no ser, de tanto atropello?

          Son éstas, pequeñas meditaciones sobre un oficio, a veces arte, que nació, ¿tal vez? como especialidad necesaria ante el desarrollo urbano pero que, demasiado a menudo, contribuye con su técnica, a veces arte, a la alienación y destrucción del medio humano y ambiental en el que interviene. Vale

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