Por: Miguel de Ungría
Caminaban alegres, cogidos de la mano, y las risas de ella resonaban en los oídos de él como campanas de gloria. De jardines perfumados y paraísos nunca hollados hablaban su risa y su voz cristalina.
Había sido una noche dichosa en la gran ciudad, con teatro y cena, y ese paseo tan romántico, como cuando eran jóvenes, unidos aún pese a los muchos años juntos…y los diversos avatares que depara la vida.
Paseaban en la noche, mientras, sin darse cuenta, las calles se iban tornando más pequeñas y angostas, más oscuras y luego… de repente, aquel silencio insidioso.
Aquel callejón no parecía tener salida… podría no tener salida, pero no se veía bien el fondo y ellos volvieron a la cruda realidad de la gran ciudad, y del peligro que entraña su tenebroso mundo noctámbulo, donde verdaderas alimañas humanas encuentran a sus víctimas propiciatorias; entonces, fue justo entonces cuando vieron aparecer, al final del callejón, a aquel grupo de niñatos, nerviosos y sonrientes.
Esos verdaderos hijos de puta, desarraigados de la sociedad y aún de sí mismos, pese a su juventud, chulos e insolentes, venían despacio, tomándose su tiempo, como regodeándose en el juego infame que pretendían jugar.
Él −Esa gente no me gusta un pelo, niña. Corre, sal de aquí, ve en busca ayuda.
Ella −¡No te dejaré solo con ellos!
Él –¡Es necesario que te des prisa! ¡ Me temo lo peor! ¡Corre cuanto puedas, por favor! ¡Corre!
Lo consiguió al fin. Mientras ella se iba, volviendo atrás sobre sus pasos, precipitadamente, por la dirección que habían traído, él se paró en seco, se fue preparando, consciente de lo que se le venía encima. Optó por quitarse el cinturón, el de la hebilla grande de metal, ese, de estilo tejano, que tanto le gustaba, tomándolo largo, bien cogido con su mano derecha, mientras se ponía la chupa en la otra mano, enrollada sobre el brazo y esperó…
Pensó en las pistolas, ese maldito invento del demonio. Estos impunes niñatos de ahora usan pistolas… pensó. Si hay pistolas mal asunto.
Y fue breve la espera.
Uno de aquellos macarras sale corriendo, tras ella, haciendo caso omiso de su presencia, pero él pone un pie, justo al pasar por su lado, parándole en seco, y el tipejo, al caer rodando, pierde la pistola, que se le sale de la funda, o del bolsillo y él, que la ve brillar, girando, plata y muerte, sobre el asfalto negro, la agarra y tira un tiro, de mosqueo, al aire negro de la negra noche, y aquellos pelanas, chulos y sonrientes, cobardes como son, se las piran a toda prisa, desapareciendo como habían llegado. Por si acaso.
Cuando llega ella con los policías, él aún tirita en la penumbra. Luego son interrogados. Vale