Ginebra, el enigma de Miguel Servet

Por: Luis de Valdeavellano

          En días pasados ha llegado a mis manos el manuscrito de una obra de teatro, cuya autoría corresponde a uno de nuestros colaboradores habituales, en la cual se pone en escena lo que pudo haber sido el enfrentamiento teológico, en forma de debate público, sostenido entre dos personajes europeos famosos, de los más importantes y controvertidos del siglo XVI. Se trata de Miguel Servet y de Juan Calvino.

          El reformador protestante Juan Calvino (Noyon 1509, Ginebra 1564) fue un abogado, escritor y teólogo autodidacta, de origen francés, aunque afincado en Suiza, el cual dio origen a la corriente cristiana protestante llamada “calvinista”. Hablamos de una figura tan importante como cuestionada, por mucho que sus seguidores y acólitos hayan intentado ocultar las muchas maldades que cometió. Al parecer fue un hombre de salud frágil, de controvertidas tendencias sexuales, resentido y lleno de complejos, un hombre hosco y peligroso, que cometió gravísimos actos que, en modo alguno, se conduelen con su pretendida condición de ministro de Dios.

          Calvino fue un dictador virulento, (supremo tirano de Ginebra durante un cruento periodo de veintitrés años: de 1541 a 1564) que se mostró como un ser vengativo, pues, insuflado de su fe, fanática y morbosa, perpetró numerosos e inicuos actos contra sus enemigos, fueran estos reales, o imaginarios. Violencias amparadas bajo el imperio de su tiránica ley y de un poder omnímodo, con la orgullosa excusa de su tenebrosa moral puritana, de su fe incontestable, presuntamente virtuosa, y de una superioridad moral inapelable, desdiciendo, con sus actos execrables y corrompidos, esa supuesta “educada bondad superior” protestante, de la que aún presumen muchos centro-europeos, frente a los “incultos, primitivos y terribles” sureños españoles de la católica Inquisición.

          (Hago aquí un, justo, inciso, pues hay que decir, de una vez por todas, que los poderes europeos del momento, da lo mismo Francia, y sus matanzas de hugonotes, que la Alemania, o la Suiza, de las persecuciones protestantes, ejecutaron a más personas, por sus creencias religiosas, que la propia España, pero, claro, los españoles somos tan estúpidos que nos tragamos todo lo que nos cuentan en nuestro propio demérito.) Dicho esto, con ánimo de equidad y justiprecio de nuestras propias virtudes como nación, volvamos al tema central de este artículo.

Por otro lado tenemos al sabio “renacentista” Miguel Servet (Villanueva de Sigena 1509 o 1511, Ginebra 1553), un español, de origen aragonés, que fue, entre otras cosas, médico, teólogo, escritor, cartógrafo, astrónomo, traductor y polemista, siendo el primero, en el mundo occidental, que describió la circulación menor de la sangre (circulación pulmonar). Un hombre de intelecto genial, libre en su pensamiento, durante una época donde el pensamiento libre estaba proscrito, al cual le tocó sufrir la feroz persecución de las iglesias más importantes de su tiempo, tanto de la muy católica y apostólica romana, como de las protestantes centro-europeas, en aquellos momentos, recientemente emancipadas de la tutela papal. Todas ellas le persiguieron con saña y le condenaron a la hoguera.   

          En dicha obra de teatro el autor plantea el eterno enfrentamiento entre la “tiránica ortodoxia dogmática”, con su corte totalitario, que satura toda corriente sectaria, sea esta doctrinal o ideológica, frente a la libertad de opinión y expresión que impele a algunas personas, independientes, a no aceptar dichas ortodoxias, a no renunciar a sus ideas, ni a la propia evolución personal, y a la divulgación de las mismas, aunque les vaya en ello la propia vida. Es la sempiterna lucha entre la tiranía y la libertad. Entre malos y buenos.

          Pero en este enfrentamiento apasionante subyace, además, una pregunta fascinante, aunque sea una pregunta sin respuesta posible, al menos por el momento, salvo que apareciera algún documento que aclarara el asunto, lo cual sería algo asombroso, y esa pregunta es: ¿Por qué Miguel Servet, en su huida de la persecución de la Inquisición francesa, representante del catolicismo, que lo había quemado en efigie, habiendo sido también amenazado de muerte por Juan Calvino, si es que, acaso, se atrevía a pisar Ginebra, “su ciudad” ¿por qué? Repetimos, tuvo la osadía de presentarse allí, poniéndose, literalmente, en las manos de aquel siniestro “lobo” reformador que, cumpliendo su criminal amenaza, sin contemplaciones, le había de entregar a la hoguera?

          El caso cierto es que, el día 13 de Agosto de 1553, Miguel Servet era detenido en Ginebra por orden del clérigo, y dictador de la ciudad, Juan Calvino. Como dijimos, éste ya le había advertido de que, si tenía el atrevimiento de poner sus pies en la ciudad, no saldría vivo de ella y así lo cumplió, dándole horrendo fin el 27 de octubre de 1553. Su orgullo, y su odio dogmático, le impelían a ello.

Es un enigma, sin aclarar, saber el por qué Servet tuvo que pasar por la ciudad que, por boca de su cruel dictador, le había condenado a muerte, aún antes de tenerle a su merced.

Lo que se sabe es que, por aquellos días, Miguel huía en dirección al norte de Italia donde, al parecer, quería refugiarse. Nadie ha podido explicar lo que motivó que se pusiera en manos de su verdugo, desviándose de la ruta que le podría haber llevado a la salvación. No hay, por el momento, información alguna, que yo sepa, del motivo por el que se jugó, literalmente, y perdió, la vida, con aquella decisión, pero lo cierto es que, tras ser detenido, el tirano Calvino le sometió a tormentos espantosos y le hizo quemar en la hoguera, pese a que luego intentara justificarse, groseramente, echando la culpa a sus secuaces.

          Yo, queridos lectores, haciendo uso de mi libertad de pensamiento y expresión, que es lo más importante que poseo, tengo mi propia teoría, que no se apoya en prueba documental alguna, pero que me es muy querida, por lo que tiene de romántica, y porque creo que le iría pintiparada a un hombre como Miguel Servet, al que le presumo una pacífica fe religiosa, aun cuando fuese su propia bondadosa fe. Y esa teoría es que: tratándose de un hombre que tenía, cuando llegó a Ginebra, aproximadamente unos cuarenta y cuatro años, es decir, hallándose ya cercano a lo que solía ser el principio de la vejez en aquella época; habiendo perdido el apoyo de las personas importantes que le habían ayudado anteriormente, y, a la postre, viéndose sin apenas posibilidad alguna de huida real, pues era perseguido por los unos y los otros, debió desesperar y quiso concluir su jornada, mas no de cualquier manera, sino siguiendo la estela de su ejemplo vital, que no era otro que Jesús de Nazaret, y por ello decidió ir a entregarse a su mayor enemigo, intuyendo que sería su verdugo, para ser, como Jesús mismo, objeto de odio y de venganza, siendo, como él, martirizado. (Se llegó a decir que, siguiendo las instrucciones de Calvino, le quemaron con leña verde para hacer su muerte más lenta y cruel) Tanto da pues el resultado fue el mismo.

          A mi modo de ver, con este acto de estoica entrega, Servet se convirtió en un arquetipo, paradigmático, del ser humano digno y valeroso, mientras confirmaba a Juan Calvino en su condición de cobarde asesino.

          Así terminaba la vida de un hombre excepcional, intrépido, un sabio inquieto, poliédrico, incapaz de someterse a ninguna regla que no fuese la de su propio entendimiento. Un “verso libre” en medio de un mundo despótico y cruel, que nunca perdona la libertad individual de las personas.

No hay constatación alguna de que llegaran a verse en la situación que se describe en el drama.

                                   Vale

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