EL ARTISTA ABSOLUTO

(EL GRAN MARIANO)

Por: Luis de Valdeavellano

Hoy glosamos la figura de un artista excepcional, recientemente fallecido, y casi desconocido en España pese a ser reconocido, sobre todo en el mundo anglosajón, concretamente en el Reino Unido, como uno de los nombres más relevantes de los movimientos artísticos encuadrados en el genérico “Arte Conceptual”, durante los años 70, 80 y 90 del siglo XX, tales como la Performance, el “Asemblage, o el Vanitas” así como el “Pop art”, habiendo tenido también relación de proximidad con el movimiento “Young British Artists”.

Jesús María y José del Pilar Mariano de Ábalos y Koldobika provenía de una familia donde el arte había formado parte de la tradición familiar desde tiempo inmemorial. Su formación académica comenzó en uno de los más exclusivos colegios de Madrid, donde recuerdan que fue buen estudiante en su primera juventud, asiduo de las tertulias más elitistas de la gran ciudad, cosmopolita y conocedor, ya por aquel tiempo, de las vanguardias entonces de moda entre la moda de las vanguardias.

Su amor por el arte solo sería superado, andando el tiempo, por su extremado deseo de lucro: un legendario afán de poseer dinero; pues, lo cierto es que, si bien nunca le faltó lo primordial, gozando incluso, desde joven, de una pequeña renta vitalicia, sus ingresos no eran nada del otro mundo, lo cual le habría llevado a tener que trabajar en una agencia de publicidad, ese mundo, perversamente estresante, de creativos para los que la idea lo es todo aunque demasiado a menudo no sea apenas nada.

Mas para él, hombre orgulloso, tener que reconocer que trabajaba significaba un desdoro y lo que, para algunos de sus amigos, no era sino un síntoma más de esnobismo, en su caso, al ser fruto de la necesidad, le pudo haber causado un profundo resquemor.

Según afirman algunos de sus biógrafos más reputados, ese “complejo de pertenencia”, en el plano económico, a una clase social inferior y mediocre, que creía no corresponderle, le había provocado la necesidad, casi enfermiza, de acaparamiento crematístico, la cual le producía, al principio, frustración tras frustración.

“Mariano”, ese “Gran Mariano” del que estamos hablando, pues así ha pasado a la historia del arte, habiendo vivido siempre rodeado de gentes ridículas, aburridos de salón, cuando escuchaba a estos como presumían de lo que habían gastado, ya fuera en viajes fastuosos, ya en estancias en hoteles suntuosos y deslumbrantes, no podía hacer otra cosa que no fuera sufrir.

Su sentimiento de minusvalía financiera se ponía de manifiesto en las reuniones con esos compañeros de clase social, seres inanes y hastiados de sí mismos; ésos mismos que, considerándose “élites”, pululaban como polillas nocturnas de presentación en presentación, de estreno en estreno, de gala en gala, siempre en busca de la oportunidad que les hiciera salir de su vida absurda, átona, carente de interés y dignidad; una vida de regalados engendros, miembros de esa endogámica clase social, medio alto burguesa, que florecía y se marchitaba de continuo, sin otro fin que ser un mero ornamento pasajero. Se trataba de seres, por lo general, moralmente despreciables, pues no sabían hacer otra cosa que presumir de lo que tenían, o no, en un afán, vacuo, de ostentación estéril, digna de lástima, sin haber hecho mérito alguno, ya que lo poco que eran les venía dado por sus mayores.

Perdóneseme esta larga digresión, fruto de mi intención por desmitificar a ciertas capas sociales, patéticamente morbosas.

Pues bien, “El Gran Mariano” -que todavía no era conocido así- había comenzado, hacía años, una carrera artística, titubeante al comienzo, a caballo entre la práctica obsesiva de una poesía denominada “post-lorquiana” de profunda raigambre metafísica, pero tan metafórica como vacía, y una incipiente incursión en pintura y escultura, para luego, influido por sus conocidos anglosajones, dejando totalmente de lado la poesía, que, como se sabe, no permite siquiera la subsistencia de sus practicantes más conspicuos, pasar a centrarse en lo que sabía que podría venderse bien caro, que no era otra cosa, en ese tiempo glorioso para las “desartes”, que todo lo relacionado con ese conjetural “artenoarte”, el exotérico “arte conceptual” que aúna ideología y facundia.

Por no epatar demasiado, con pormenores confusos o insustanciales, pasemos ahora a mencionar alguna de sus grandes instalaciones, como cuando disecó una encina de casi treinta metros de altura, raíces incluidas, y la impregnó, íntegramente, de una especie de cola incolora y brillante, en realidad poliuretano líquido, lo cual estuvo a punto de costarle la cárcel, pues fue acusado de delito ecológico. (Tuvo suerte de que los miríficos defensores de lo natural, no hubiesen alcanzado aún las indecentes cuotas de poder de las que hoy disfrutan) O cuando vistió a una vaca suiza viva, -recibiendo severas críticas de esos mismos compasivos seres- de enormes tetas, con un gran abrigo de visón y, tras colocarle pendientes y otras joyas de brillantes, la paseó por el centro de Londres a bordo de un Rolls Royce plateado descapotable.

Pero, quizás, si hubo una a la que podamos considerar su obra cumbre, esa fue la exposición de un esqueleto, al parecer expoliado de un monasterio en ruinas, o puede que traído de un eremitorio muslim, de los mismos confines del desierto, -hubo rumores en muchos sentidos- al que, en arduo proceso, ensambló hueso a hueso, pegándolo luego para que se mantuviera en pie, dotándole de un pene de marfil de grandes dimensiones, tallado con incrustaciones de diamantes en el glande, luego lo revistió con basta túnica de sayal, atada a la cintura con un cíngulo. Ese curioso artefacto tenía la cualidad de que la imagen de su cabeza podía ser modificada mediante un complejo sistema holográfico, de modo tal que, habiéndole colocado un hábil mecanismo, tras introducir una moneda por una ranura, cuya ubicación exacta no mencionaré por delicadeza, y seleccionar una de las opciones disponibles, la cara del esqueleto adoptaba la efigie del personaje elegido, de una larga lista de posibles, mientras que, de entre sus piernas, surgía ese gran instrumento copulatorio, claramente machista, causando la admiración, o el rubor, el regocijo, la repulsión, o el desprecio del respetable.

Su exhibición, en una de las bienales más importantes del mundo, produjo tan gran conmoción como acerbas críticas pero, desgraciadamente, esta fue la única vez que pudo verse en público, porque allí mismo fue vendida, por una cantidad de dinero indecente, a un magnate ruso de origen checheno, que, dicen las malas lenguas, que, o bien se la regaló a su concubina uzbekistana, o bien la quemó él mismo en una hoguera después de una orgía. Son nuevos tiempos para la cultura global.

Con respecto a este polémico montaje me gustaría apuntar, en descargo del “Gran Mariano”, lo que él mismo manifestó: “Quiero desenmascarar el poco valor que se le viene dando al sexo masculino mediante el puro simbolismo de una acción anacrónica”. Sin duda un precursor.

Hay quien afirma que estas figuras yacen en un lóbrego almacén de la ciudad de Los Ángeles, en California.

Pues bien, pasados los años y con el incremento directamente proporcional de su fortuna, en relación con sus producciones artísticas, nos encontramos a un gran Mariano convertido en un reputado artista conceptual, equiparable a los mejores merodeadores del arte moderno, léase: Weiwei, Hirst, Koons, Yoko Ono, o los más antiguos antecesores: Warhol, Beuys, o el imperecedero “epatador” Duchamp, patriarca e iniciador institucional de todos ellos. Fue entonces cuando cayó en una profunda crisis de creatividad acompañada de lo que él mismo llamó: “un éxtasis contemplativo”.

Bien es cierto que el gran Mariano ya no necesitaba producir nada más en toda su vida, pues sus ventas anteriores le permitirían vivir de las rentas varias vidas, pero su genio de verdadero artista conceptual le impelía hacía esa obra, todavía sin realizar, esa obra pendiente que habría de proporcionarle la inmortalidad definitiva; ese triple salto mortal, esa última gran creación que se le negaba y se le negó, sin embargo, durante largos años, postrándole en un estado semi-depresivo, que solo las drogas y las borracheras sociales cotidianas le ayudaron a mitigar.  

Una idea daba vueltas en  su  calenturienta mente,  pero había  un problema, un italiano listillo, Piero Manzoni, hacía ya muchos años, en los primeros 60, se la había pisado, por así decirlo, y el asunto no parecía tener solución. Se trataba de aquel “artista” que había defecado noventa veces, envasando el resultado en pequeños botecitos de treinta gramos, vendiéndolos luego al mejor postor. Esto era algo que un artista de la talla del gran Mariano difícilmente podía soportar. Así que estuvo mucho tiempo, cagando y cagando en un plato, sin tregua, con desesperación, hasta que consiguió el chorizo perfecto, enroscado como una enigmática serpiente y terminado en una punta finísima, afilada y perfecta; con sumo cuidado lo recubrió con polvo de oro y brillantes, lo horneó cuidadosamente y lo expuso en Venecia.

Su triunfo fue apoteósico y definitivo, consagrándole, definitivamente, entre los más grandes genios de la historia del arte.

                                      Vale

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