Este artículo fue publicado en el periódico «La Tribuna de Guadalajara» en 2007.
Por: Luis de Valdeavellano
Solo tú que me ves ahora, metido en este saco roto, apenas ya un pobre amasijo de piel y huesos, podrás imaginar lo que fui en otro tiempo.
Mi historia es la historia de un perro, uno de tantos en el mundo de las carreras de galgos; nacido para correr dos o tres temporadas y luego desaparecer, calladamente, oculto tras un saco, en un vertedero incontrolado o tal vez colgado de una soga en cualquier árbol solitario.
Para ti no tengo nombre, pero te agradezco que te hayas fijado en mí porque, tal vez así, esta historia no será pasto de la nada…
El alegre corral campero donde me crié hacía presagiar una vida dichosa, donde todo transcurriría felizmente. Yo era entonces un infatigable husmeador, un travieso saltimbanqui que no podía estarse quieto ni un instante, pero todo terminó el día en que aquel hombre pagó por mí y me cargó, sin contemplaciones, en el maletero del desvencijado «Cuatro L» que conducía.
Durante aquel mi primer viaje, en el maloliente maletero que llegaría a ser como mi casa, empecé a tener conciencia de la cruda realidad que me esperaba.
El amo era duro. Duro, cruel y revenido como el mal vino que consumía y que le volvía loco y creo que cuando me golpeaba, borracho, se golpeaba a sí mismo, pues yo, su joven galgo de carreras, era su única esperanza por entonces.
Sin embargo me alimentaba bien y solía sacarme al campo donde me hacía correr, tras el viejo coche, por los caminos de la «Concentración» o por la «Galiana». Así me fui haciendo grande y fuerte, mientras el amo sonreía, al verme correr, bromeando con los otros galgueros que, por una vez, parecían envidiarle.
Mi primera carrera en campo abierto fue de noche, a la luz de la luna llena de agosto, por las llanuras de la campiña alcarreña, en uno de los mejores cotos de liebres de la zona. De furtivos.
Corrimos en silencio, sin los gritos ni el ánimo de los hombres que, a lo lejos, nos observaban con el aliento contenido. Tras varias sueltas, cuando ya los perros veteranos hubieron saciado su sed de sangre pude, al fin, tener la mía. Dudé, al principio, si debía morder a la infeliz que había conseguido atrapar, pero al cabo lo hice; la mordí con rabia, «a modo», hasta que me fue arrebatada por el galguero más próximo.
Aquella primera sangre marcó mi destino pues dejó en mi boca un dulce sabor que ya nunca me abandonaría.
Esa misma temporada entré en el circuito de carreras en el campo. Era un novato, pero las cosas fueron bien y conseguí ganar algunas carreras. El amo estaba contento y sólo se emborrachaba de vez en cuando, pero enseguida volvieron los problemas pues hizo apuestas que no pudo cubrir y ya no fue bastante que yo ganase cada vez más veces así que fui, finalmente, vendido.
El siguiente amo que tuve me quería para cruzarme con sus perras, de semental, por lo que, al poco tiempo, dejé de ser ya de los más rápidos y cuando las camadas empezaron a crecer y sucederse, aunque entonces yo no lo supe, mi suerte estaba echada.
Una tarde, el amo y su ayudante me ataron el morro y las patas y me metieron al saco. Era ya Marzo, pero hacía frío. Tras un corto viaje me arrojaron en algún sitio; pensé que era un error, que pronto volverían, pero no volvieron. Entonces comencé a pensar en otros tiempos: tiempos pasados, cuando algunos colegas desaparecían sin saber por qué y los demás nos preguntábamos por ellos, sin obtener respuesta. Los más viejos y afortunados nos decían que siempre había sido así, sin más explicaciones.
El tiempo fue pasando, empecé a sentir cansancio, hastío; recordé las pasadas carreras por el campo, el olor del miedo de las liebres, su suavidad intensa, su sabor, y así me fui adormeciendo, lentamente…