(Comentario y elogio de un director de cine genuino, genial, precursor y maldito)
Este artículo fue publicado en «La Tribuna de Guadalajara» en 2009.
Por: Luis de Valdeavellano
David Samuel Peckinpah: Sam Peckinpah (nacido en Fresno (California) el 21 de febrero de 1925 y fallecido en Inglewood el 28 de diciembre de 1985), fue un precursor; un gran artista, un creador innovador y revolucionario del cine que solo se sometió a su propio yo, a su arbitraria forma de concebir la vida y el trabajo. En su existencia y en su arte. Tanto en lo bueno como en lo malo.
Fue un drogadicto y un mujeriego; un vicioso compulsivo y múltiple, (el alcohol como otras drogas, sobre todo la cocaína, le acompañaron durante buena parte de su vida y contribuyeron a su destrucción paulatina como hombre, como esposo, amante, compañero o amigo, como padre, en suma, como ser social integrado y responsable) lo que le hizo interesado y egocéntrico, y posiblemente peor persona de la que habría sido en otras condiciones menos tóxicas; pendiente, y sometido, casi siempre, a la necesidad compulsiva de satisfacer sus adicciones; sujeto a su esclavitud y dependencia, lo que le llevo a tortuosas y difíciles situaciones en su trayectoria humana y profesional. Fue un toxicómano adelantado casi cincuenta años a la eclosión de la drogadicción juvenil, y masiva, a la que se vería sometida la sociedad occidental a partir de los años sesenta.
Pero no deja de ser curioso y sorprendente que pudiera mantener, al mismo tiempo que tamaña dependencia psíquica y física, un ritmo de trabajo frenético, tan prolífico y creativo que, pese a estar poblado de conflictos, consiguió sacar adelante algunas de las mejores películas de la historia del cine y de la televisión, donde también fue pionero. Y esto, aunque no le salve como ser social, a mi modo de ver, le glorifica como ser humano.
Su talla de director es, hoy, pese a quien pese, enorme, única, y descuella entre muchos, aunque su figura se halle siempre ensombrecida por el estigma de su otra condición como esclavo de las drogas (a menudo además ha sido acusado de misógino, de niño de papá y de otras memeces).
Lo cierto es que trabajó desde bien joven y lo hizo, ya en sus tiempos de televisión, con los mejores, que supieron ver su enorme talento; así lo apreció Don Siegel en la filmación de “La invasión de los ladrones de cuerpos” (donde fue ayudante de dirección y actor secundario).
En la televisión su primer capítulo, como director, fue en 1958 en la serie “Broken Arrow”. Después ya no paró nunca y así, su mito y su prestigio, entre los entendidos y amantes del gran cine, es firme y permanece inalterado, y aún crece y se agiganta con el paso del tiempo. De él toman ejemplo grandes directores actuales, discípulos aventajados del maestro, como Quentin Tarantino, Robert Rodríguez, Julian Woo y otros muchos, de diversas escuelas y culturas, que se confiesan seguidores y admiradores de la obra del gran maestro, tanto por lo que dicen como por lo que muestran en sus películas. Y aún los que no lo confiesan como el, ahora de rabiosa actualidad, gran Clint Eastwood, utiliza en sus films recursos “inventados” por nuestro gran personaje.
También, como es lógico, cuando de juzgar a los grandes se trata, tiene detractores que encuentran sus películas violentas en exceso, y en verdad que violentas lo son. Pero con matices. La violencia se muestra en ellas como una realidad explícita, inherente a nuestra sociedad, al propio ser humano. Se enseña la violencia porque existe. No es solo un recurso fácil, ni oportunista por lo efectista para la narración; ni es gratuito, ni es insustancial, al estilo de las carnicerías del cine gore actual, es más bien una consecuencia inherente, co-sustancial a la condición humana. Las grandes pasiones humanas se adoban, por lo común, con violencia, ya física, ya mental, y Sam es un gran experto en violencia –pues la vivió en su propia vida- y la usa para contarnos historias complejas, terribles, descarnadas, sarcásticas, mas, épicamente humanas. La tragedia de la vida se oculta en lo cotidiano de igual modo que en lo excepcional. A todos nos alcanza su zarpa destructora y él lo sabe, y lo sufre, y lo cuenta de modo magistral. Sus historias conmueven y contienen toda la grandeza del más puro cine, de las mejores historias que a la literatura se deben. Sus personajes no son superhéroes, son seres de carne y hueso, capaces de lo mejor y de lo peor, pero trascienden la vulgaridad. Están vivos y, aunque nos duela a veces su comportamiento, son reales en sus grandezas y debilidades, son creíbles y ciertos aunque los veamos en la pantalla y se parecen a nosotros pues son, como nosotros, de carne y sangre.
Los rodajes con Sam debieron ser caóticos. Verdaderos ejercicios de paciencia para todos aquellos que no compartían sus vicios y sus locuras. Los actores que los protagonizaron los recuerdan como vivencias duras, pero imborrables en sus memorias. Parece que el director gustaba de someter a los actores a una presión extraordinaria, pero que solía extraer de ellos la máxima expresión, su mejor registro, y en verdad parece cierto, pues en sus películas hay, a menudo, actores que jamás consiguieron igualar en ninguna otra película los resultados conseguidos con Peckinpah. Sus técnicos, sus actores, le llamaban cosas como: Bloody Sam (Sam el sangriento) o Mad Sam (Sam el loco) y sin duda que, en parte, lo estaba. Pero también era un genio precursor, guionista inspirado, padre de buena parte de las técnicas modernas del cine, adelantado de los efectos de la cámara lenta, maestro del ritmo y modernizador de géneros como el western al que sacó, definitivamente, del amaneramiento en el que se hallaba encasillado.
Sus incursiones en diversos géneros, como en la película “Perros de Paja” marcaron un antes y un después en la historia del cine. En esta peli, la doble crítica, por un lado a la sociedad americana (entonces racista) y por otro a la sociedad rural europea, es demoledora. Es ésta, una película hermosa y salvaje, donde las miserias humanas afloran, como siempre, bajo una pátina de aparente normalidad que es, finalmente, destruida por la realidad de las pasiones desatadas. Es un triunfo de la vida con sus turbulencias, sobre el simple pasar, sin pena ni gloria, que propugna una filosofía social de la estolidez más absoluta.
La Cruz de Hierro, es otro ejemplo, aunque distinto, de cine de verdad; un talentoso alegato antibelicista calificado por el propio Orson Welles como tal, al enviar un telegrama a Sam donde afirmaba que era la mejor película antibelicista de la historia del cine.
Y, finalmente, mi preferida, y no porque crea que sea la mejor (ni siquiera es de las más conocidas); no, sino porque simboliza al propio Sam. Porque es una película surrealista e hiperrealista, diferente, bestial y fuera de toda pauta: entre “road movie” chicano y sucio film policiaco; donde el protagonista le habla a la cabeza humana, poblada de moscas, que lleva consigo para venderla y hacerse millonario. “Quiero la cabeza de Alfredo García” resume a su autor y le glorifica porque es como el propio Sam, rompe convencionalismos, ataca a los amigos de la falsa moral, a los etéreo buenistas de toda laya, a tantos que quieren hacer del mundo un falso cielo, amariconado y melindroso. Vale.