Josep Pla, el joven que fue viejo, y algunos viejos más.

(Algunas consideraciones y anécdotas sobre Josep Pla, algunos literatos españoles y otros personajes dignos de ser mencionados)

       

                                      

Este artículo fue publicado en el periódico La Tribuna de Guadalajara en 2009.

Por: Luis de Valdeavellano

Mantengo una relación cordial, como de vecindad, casi, casi, familiar, desde hace ya algunos años, con don Josep Pla. Primero empecé leyendo algunos de sus libros: El Cuaderno Gris, La Calle Estrecha…luego le han seguido otros, todos los recomiendo como joyas, piezas maestras de gran literatura. ¡Búsquelos usted! estimado lector, pues en ellos hallará el deleite y la enseñanza de la mejor y más amena de las lecturas.

          Un día, quise visitar su casa natal (ahora museo), en el “carrer nou” de Palafrugell y pude pasear por entre sus cosas, y fue como meterme, un poco, en su intimidad más cotidiana y corriente; en realidad, lo que hace a las personas tal y como son.

          Las casas antiguas, viejas y usadas, gastadas por la vida, tienen poder evocador. Nos dicen cosas al oído; son como pequeñas vecinas chismosas que nos cuentan secretillos, insignificancias tal vez, si es que estamos predispuestos a escuchar. Mirando las casas y las cosas aprendemos y conocemos secretos y detalles imposibles de conocer de otro modo. En realidad son meras intuiciones, a menudo, dependiendo de la imaginación de cada uno, elucubraciones más o menos poéticas, pero estas, con todo, son siempre más veraces que el propio atisbo de la verdad sucedida.

          Las casas y las cosas de don Josep dicen mucho de él. Y pese a estar decoradas no exactamente como lo estarían en su momento, están en su sitio, permanecen firmes en los lugares por donde el escritor transitó y respiró, donde fumó sus cigarrillos y bebió su vino, y trasmiten retazos, aún sutiles, de la fascinación de un ser cosmopolita, y paisano, complejo e irrepetible dentro del mundo literario catalán y español. Un ser humano de altura universal.

          A mí, como a tantos, me fascinó el señor Pla al vislumbrar su personalidad extraordinaria de ciudadano del mundo; primero como periodista viajero y luego desde su rincón, su minúsculo país del mas Pla de Llofriu.

          Él mismo lo resumió de una manera precisa y definitiva, en una de sus notas, cuando afirmaba que un hombre, que como él, había recorrido el mundo y dormido en miles de camas diferentes y distintas y en todas se había sentido bien, llegada una cierta edad, lo que más deseaba era dormir solo en una, la suya, por muy humilde que esta pudiera ser.

          Su concepto de país como patria chica remitida a su pueblo, a lo más cercano y mínimo, al entorno inmediato, al rodal, no excluyente ni exclusiva, me parece de una inteligencia superior, de alguien, como él, viajero y viajado, políglota, observador insaciable, filósofo de la vida y sabio de la pequeña y de la gran sabiduría, que no se excluyen sino que se complementan.

          Su visión, exacta, y minuciosa,  y  precisa,  de  las pequeñas   cosas, es magnífica y emotiva. Pero el señor Pla no era ni nostálgico ni sentimental lo cual es muy loable.

          El alcance de su arte y de su ciencia estriba en la transformación de lo pequeño y cotidiano en grande y extraordinario; en el discernimiento profundo de la materia humana, desde los grandes personajes de su tiempo, a los que tuvo ocasión de conocer y tratar con profusión, hasta el más humilde y desconocido payes o pescador; de Estocolmo a Cadaqués. El conocimiento y trascendencia de las pequeñas cosas que, sumadas a otras muchas, se acrecientan y componen un todo. Ese es el gran acierto de su arte, su gran legado, por supuesto forjado con una calidad literaria superior. 

          Encuentro también esta sabiduría, de profunda raigambre ibérica, -diría que carpetovetónica- en otros pocos escritores españoles del siglo veinte: don Rafael Sánchez Ferlosio y don Miguel Delibes son dos entre ellos. Puede que los tres formen la gran trilogía de las letras españolas del siglo veinte, sin menospreciar a algunos otros más.

          Todos ellos me parece que han tenido una cosa en común y es que pareciera que fueron hombres viejos desde muy jóvenes. Creo, en realidad, que desde siempre lo fueron, y esa cualidad tan extraña de la precocidad en ser viejo, mucho antes del tiempo correspondiente, la considero muy singular e importante (sobre todo si va acompañada de cierta inquietud, de una gran curiosidad y del deseo constante de aprender, de  pensar y de vivir las cosas dentro de sí),  y es definitoria de una personalidad diferente, rotunda e inalterable a las influencias externas, por tanto independiente y no sujeta ni a corrientes, ni a modas, ni a ideologías. Puede parecer un contrasentido, una paradoja, pero creo que, en realidad, solo los viejos de verdad, los de toda la vida, son capaces de vivir y de apurar la vida hasta sus últimas consecuencias con una juvenil, sana y feliz locura “quijadiana”.   

          El señor José Jiménez Lozano también me parece un hombre digno de ser considerado eternamente viejo; todos ellos, se entiende, entre los escritores que me vienen a la memoria y que son, más o menos, famosos y reconocidos.

          Entre los mortales comunes también se da esta magnifica cualidad. Estos seres humanos, que no han pasado a las grandes listas de personajes conocidos, también son dignos de ser glosados y en su entorno más próximo suelen ocupar un lugar de honor. Entre ellos, ya que los conozco, o conocí, personalmente, puedo mencionar a don Segundo Ruiz, poeta molinés, óptimo compositor de cuartetas o redondillas, ciclista y tañedor de bandurria; a doña Marcelina, su hermana, confidente de la juventud y excelsa cocinera de lo pobre; al colaborador de este periódico don Pablo Sotoca, escritor, poeta, director de teatro, cantero, tabernero y especulador, o a don Francisco Masdevall que no siendo escritor, ni poeta, cultivaba unos huertos maravillosos en la ladera de Castellflorit de la Roca (provincia de Gerona, cuna del señor Pla), donde producía tomates estupendos y otras deliciosas hortalizas y verduras (en una ocasión a Asun y a mí  nos enseñó su huerta y nos dio de sus simientes y nos contó que tenía un hijo camionero que bajaba con el tráiler hasta Guadalajara)

          Cualquier rincón del planeta es distinto de otro y tiene, sin embargo, algún rincón parecido. Esto me enseñaron todos estos viejos jovencísimos. Y que todo es tan complicado y grande como sencillo y pequeño, y el conocimiento y aceptación de esta verdad es muy útil cuando se quiere ser uno mismo, sin estridencias y sin grandes alambicamientos mentales, y gozar de la paz de lo elemental y lo sencillo.

          El mundo, como bien sabía el señor Pla (y reconocen todos esos viejos de los que hablé más arriba), que lo había recorrido durante el ejercicio de su profesión de periodista, es, en el fondo, pequeño, pequeño, pequeño, y cada aldea, cada rincón, y cada uno de nosotros mismos, contenemos un pequeñísimo país. Vale

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