Por: Luis de Valdeavellano
Publicado en el periódico «La Tribuna de Guadalajara en 2008»
Es, sin duda, el tema recurrente del momento, sobre todo en los países occidentales, -en este mal llamado primer mundo- donde todo parece sobrar y se derrochan energía y recursos sin tasa.
Actualmente, alcanzado un cierto status de progreso, aunque muchas personas, aún dentro de dichos países, continúen siendo excluidos del reparto de tanta riqueza, la mala conciencia frente al abuso evidente en el empleo de los recursos propios, y ajenos, está llevando a eminentes intelectuales y científicos, y a muchos políticos, a enviar mensajes de alarma sobre una situación que se barrunta insostenible.
Todos hemos oído decir a nuestros mayores, en más de una ocasión, que el tiempo no es como era. Expresiones del tipo: “ya no nieva como antes”, o “el invierno ya no es lo que era” nos suenan a todos. Mi propia abuela, siendo yo bien niño, cuando veía sobrevolar a los primeros aviones a reacción, que cruzaban por encima del pueblo, dejando su estela blanca, solía, señalándolos con dedo acusador, afirmar que ellos eran los culpables del cambio del tiempo. Es posible que, en su simplicidad expresiva, la abuela Petra tuviera algo de razón, pero lo que sucede es que el fenómeno meteorológico es muy complejo y necesita de muchas matizaciones y aclaraciones, y estas solo las pueden dar los expertos. Por otra parte los cambios climáticos, el propio ciclo del clima excede el humano, pues es largo y cambiante, y ahí están las glaciaciones y sus respectivos periodos interglaciares para corroborarlo.
Pero, actualmente, podemos hacer algunas anotaciones, digamos que al margen del gran debate, aunque sean muy superficiales, insignificantes, y de poco calado, sobre lo que vamos observando en estos últimos tiempos como, por ejemplo, el uso espurio que se está haciendo de este llamado cambio climático por parte de entidades con ánimo de lucro y de poder. Abierto el filón del negocio son muchas las empresas que están intentando aprovechar el barullo para enriquecerse, creando mala conciencia entre los sufridos contribuyentes, ese pueblo llano que, mayormente, bastante tiene con llegar a fin de mes. Así, también lo hacen algunos científicos, divulgadores y políticos como mister Gore, el ex vicepresidente demócrata americano que ha pasado, de negarse a firmar los protocolos de Kioto, a recorrer el mundo advirtiendo a los humanos de lo mal que lo estamos haciendo, entre medias habiendo recibido un premio Nobel de risa, y un incremento de su fortuna personal que algunos estiman en cincuenta veces. Todo muy vergonzoso y soez, más cuando en algunos países le están pagando sus carísimas intervenciones y productos con fondos públicos.
Mientras esto sucede, estados como el nuestro andan oscilando entre la necesidad de incrementar las medidas contra la dilapidación de los recursos que no tenemos y la realidad tozuda de que, todavía, la toma de medidas más drásticas, por ejemplo, la adopción de normas tendentes a la evitación del “sobre-empaquetado” de todo tipo de productos y bienes de consumo llevaría, irremediablemente, a un aumento de las listas del paro.
Volviendo a nuestros mayores y, en particular, a los que habitan el medio rural, y sobre todo a las mujeres, ellas y ellos son, todavía hoy, los mejores ecologistas y los más sinceros que conozco, pues no lo son por moda ni por snobismo, ni por ningún tipo de radicalismo ideológico ni dogmático sino por puro realismo y por amor a lo sencillo, y por puro estilo de vida. Además jamás hacen alarde de ello porque lo consideran natural. Son ecónomos y ecologistas del medio que les sustenta y la reutilización de todo tipo de envoltorios y recipientes que usan, una y otra vez, para guardar mermeladas, para transportar huevos, para sacar agua del pozo, o para cualquier otro tipo de actividad cotidiana es verdaderamente ejemplar. Siempre permanece en mi memoria, de tan repetida, la frase dicha por mis abuelas y luego por mi madre; esa frase recurrente, tan manida pero tan necesaria, que choca con el despilfarro de tantos comercios y tantas empresas que malgastan la energía contra toda razón, como no sea la pretendidamente comercial, esa frase: “apaga esa luz si no la necesitas” resume toda una filosofía del ahorro, del uso, que no abuso, de una energía que no es infinita aunque se pueda pagar. El empleo moderado de los medios de locomoción en el campo también lo es. Se puede observar, por el contrario, como muchos de los autodenominados ecologistas, llegan al campo a bordo de enormes todoterrenos, bestias devoradoras del medio, y sus ocupantes, auténticos fanáticos, se permiten a continuación, criticar y dar lecciones sobre el uso que del campo hacen sus legítimos moradores. Vale