Este artículo fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de info» en 2013
Por: Luis de Valdeavellano
Hace mucho, mucho tiempo, durante la más remota antigüedad, los dioses gustaban mezclarse con los hombres, hechos a su imagen y semejanza; compartían a menudo el pan y la sal y sus relaciones eran tan íntimas y cordiales que de ellas nacieron algunos de los héroes y semidioses que fueron colonizando el planeta. Pero los humanos, como seres incompletos que eran, habiendo copiado de los dioses sus debilidades, empezaron a comportarse como niños díscolos y caprichosos, llegando a tener imaginaciones y pretensiones que en modo alguno les correspondían, por lo que los dioses, para delimitar claramente sus diferencias, cansados de soportar las muchas impertinencias, delirios y desvaríos de los mortales, se terminaron alejando de ellos y se fueron a vivir a las montañas más altas y lejanas donde fundaron su reino y desde donde, por divertirse, y también para darles una lección, comenzaron a enfrentarlos entre sí, dando comienzo a una larga y terrible época de guerras sin fin en la que los opusieron y diezmaron sin descanso. Pero luego de largo tiempo los dioses se fueron aburriendo de aquellos juegos bélicos, en los que cada uno tomaba partido por un bando de humanos a los que intentaban favorecer perjudicando a sus oponentes, y, además, siendo esta época tenebrosa y sanguinaria sin variación en las estaciones, con una noche muy larga y un día muy corto, resultaba en extremo inhóspita, fría y oscura sobremanera, encogía los corazones y facilitaba la expansión de las enfermedades del alma: la tristeza, la desesperanza y la desolación se iban apoderando de los corazones de los humanos, pero también a los dioses les fue debilitando su alma inquebrantable, llegándose a un estado de desunión latente donde los enfrentamientos, entre esos mismos dioses, comenzaron a preocupar al dios supremo, al equidistante, al dueño del rayo y de la balanza.
Pues bien, este dios, el supremo, el equidistante, el dueño del rayo y de la balanza, se decidió un día a congregar a todos los demás dioses que por entonces habitaban la Tierra, para intentar arreglar aquella situación insoportable y vio que eran muchos, porque en todas partes habitaban, y de todas partes iban llegando: de la vieja Grecia y de la más remota Armenia o de las regiones profundas del inframundo, de los confines orientales y occidentales, del norte y del sur, del este y el oeste, de las llanuras inmensas del Indostán, de los lugares más recónditos e innominados llegaron sus dioses representantes y, poco a poco, fueron conformando la gran asamblea. Eran innumerables como las aguas del mar, incontables sus miembros provenientes de tan lejanos países. Habitantes de los desiertos y de las cumbres, de las estepas y de las selvas y de las sabanas, todos sentados en torno a él, expectantes en medio de un murmullo indecible hasta que comenzó la reunión. El dios supremo, el equidistante, el dueño del rayo y de la balanza, hizo un repaso de las últimas actividades de los dioses y mencionó, severo pero comprensivo, el comportamiento inapropiado de muchos, y como el tedio y el aburrimiento se habían ido apoderando de todos, convirtiendo su vida inmortal en una condena difícil de sobrellevar. Así, en su discurso, llegó finalmente a la conclusión de que la vida en la Tierra era ya insufrible para hombres y dioses y que algo deberían hacer al respecto. Algunos pidieron la palabra y sugirieron cambios, desde lo más concreto a lo más pintoresco, pero sin tocar la fibra sensible de los asistentes, que, uno a uno, les iban reprochando y desaprobando, con gestos ostensibles, sus ideas poco imaginativas y convincentes. Por fin le llegó el turno a un humilde dios pastoril, originario de una olvidada región de los confines de Mongolia, el cual hizo un breve pero apasionado discurso sobre la monotonía que suponía el disponer de una sola estación que abarcara todo el año, y todos los años de todos los siglos por toda la eternidad. Dijo el dios de los pastores que ello hacía insufrible la vida, sin alternativas y sin esperanzas de cambio alguno y se ofreció para dividir el año por estaciones, desde el frío y oscuro invierno, con sus nieves y sus brumas, con sus hielos y sus vientos aciagos, al rutilante estío, donde un sol ardiente reinaría desde las alturas ofreciendo su fuerza y su vigor incomparables; dijo además que sería conveniente establecer un par de estaciones intermedias, preparatorias, por así decir, y describió a continuación al otoño con sus días dorados llenos de equilibrio, dulzura y calma sin igual, y a la primavera vibrante y poderosa, precursora de luz y de alegría, con las plantas y los animales recobrando nuevos bríos, emparejándose y dando comienzo a la época donde la tierra renace y nuevos seres inundan de frenética actividad los campos, los cielos y los mares insondables. Ofreció después la creación de algunos indicadores y símbolos que actuaran como heraldos o anunciadores de estos cambios, a medida que estos se fueran a producir, y así, para proclamar la llegada de la primavera propuso a un árbol bello y a la vez humilde, fuerte y sobrio, pero no altivo, capaz de soportar los hielos más fuertes y florecer esplendente cuando todos los demás duermen todavía, en espera de los días más suaves de la ya, por él, anunciada primavera.
Así fue como el almendro, el árbol anunciador de la primavera, el precursor, fue propuesto para desempeñar tan importante tarea y, desde entonces, lo viene haciendo con gran acierto, siendo reconocido y apreciado tanto por sus frutos deliciosos como por su albura y su belleza sencilla y singular, que nos anuncia el fin de los días oscuros del invierno.
Vale