(El lenguaje como arma sustantiva del engaño, que siempre se utiliza para lucrarse, es decir, para medrar, impunemente, a costa de los otros)
Por: Luis de Valdeavellano
La palabra ha sido empleada, desde prácticamente el mismo día de su invención, como una de las principales, si no la mayor, de los instrumentos con que cuenta el ser humano para engañar a sus semejantes.
El mentiroso, el engañador, el estafador, han ido retorciendo y depurando, año tras año, siglo tras siglo, el arte de embaucar mediante el empleo de la palabra. Así surgieron refinadas ramas del pensamiento (con matices que no son objeto de este artículo) como la sofística, la dialéctica, la retórica o la oratoria. A la par que iban apareciendo el embustero, el charlatán, el embaucador, el cuentista, el hablador, el parlanchín, el chachalaca, churrullero, embustero, farandulero, merolico, engañapichanga, el publicista o el político.
La propaganda y la publicidad, hermanas casi gemelas, ya sea en forma de discursos o de anuncios, se han convertido en negocios multimillonarios, en inventos de la sociedad humana que mueven a las masas en el mundo entero y las encaminan en una u otra dirección.
La palabra, siempre la palabra, acompañada, o no, de imágenes, de sonidos, y de colores, impele a las multitudes a tomar partido en favor de unos o de otros, ya sean estos, productos o personas, ideologías o modas.
Si las sociedades clásicas ya dieron gran relevancia al uso y abuso de la palabra, a su distorsión, o, directamente, a su manipulación artera con el fin de obtener ventajas, en el momento actual vivimos la sublimación de esta incuestionable realidad. Podemos afirmar que el manejo de la palabra está alcanzando cotas inefables e, incluso, risibles, y si nos tomamos las cosas con un poco de ironía, muy conveniente, estamos gozando de una espléndida era de humor negro, absurdo, grotesco, sarcástico, y algo patético.
Oír hablar, por ejemplo, de “discriminación positiva” es de aurora boreal, -crear leyes injustas donde se consagra esta estupidez es ya de alta locura demagógica- una mera falacia para dar a unos lo que se les quita a otros, siendo eso lo que es, en puridad, dicha “discriminación”, que nunca puede ser positiva porque es injusta, ilegítima, y paradójicamente discriminatoria, pues “luchamos” contra una “presunta” discriminación creando otra, aunque eso, tanto a los políticos que la implementan para ganar votos y seguirnos manipulando, como a los beneficiarios aprovechados que, prestándose a ser utilitariamente usados y partícipes de la injusticia, adquieren ventajas a costa de otros, no les merezca reflexión, ni toma de conciencia alguna.
Ahora también, con el tema carnal, estamos entrando en una especie de “barrena” lingüística de dimensiones ilimitadas. No conformes con haber puesto el alfabeto entero al servicio de las distintas tendencias sexuales tan en boga hoy en día, se pretende que, por el mero hecho de inventar nuevas palabras, neologismos, anglicismos tan de moda, o expresiones varias, tan confusas como rimbombantes, se crean seres nuevos, no existentes hasta la fecha; así, los activistas sociales y políticos más conspicuos hablan con perfecta idiocia, propia de perfectos necios inefables, en los siguientes términos: bigénero, cisgénero, agénero, género fluido, intergénero, pangénero, no binario, transgénero…y me paro porque empiezo a trasudar.
Anhelantes de llegar al sumun de la estulticia, procuran crear nuevos términos a fin de incluir en su absurdo vocabulario a todo ser, sea éste viviente, sintiente, anhelante, o tal vez latiente. Pero claro, se enfrentan a un gran problema y es que, siendo en la actualidad más de ocho mil millones de personas sobre la tierra, veo difícil que puedan poner el adjetivo adecuado a cada una de ellas y más cuando se da una “difusa fluidez de percepción sensorial latente”.
Vale