Este artículo fue publicado en «La Tribuna de Guadalajara» en 2007.
Se reproduce parcialmente modificado.
Por: Luis de Valdeavellano
De visita al campo, al hombre llegado de la gran ciudad, urbanita convicto y confeso, lo primero que le sorprende es la ausencia de ruido. Es una sensación que le causa desasosiego; un cierto desequilibrio emocional y casi físico.
El ruido perenne de la ciudad ahorma el ambiente donde el hombre se desenvuelve cotidianamente y le da una especie de solidez intrínseca; podríamos decir que es un asidero invisible, pero a todas luces sensible, que sujeta la inanidad. El ruido, el bullicio, parecen sustentar el artificio convulso de la urbe, le dan seguridad y ahuyentan la soledad y el miedo. Son una compañía.
Ahora, recién llegado al campo, esa ausencia sonora se nota mucho, o tal vez es que la nota por primera vez, y le estalla al hombre en los oídos como una bomba insonora y por eso, tal vez por eso, tiene esa rara sensación que le hace dudar sobre la conveniencia de continuar con su insensata aventura. Por otra parte piensa en lo que se reirán sus amigos, urbanitas como él, que renunciaron desde un principio a la excursión, y la tildaron de absurda, innecesaria, incómoda y fuera de lugar, y que por tanto le dejaron solo, si él ahora se arrepiente y no completa su paseo.
Se lo advirtieron durante la reunión cervecera vespertina en el bar del barrio, salir al campo exige una preparación previa, una puesta a punto y un conocimiento del terreno; incluso pudiera ser acertado el acompañamiento de alguien perteneciente a ese medio, no sé, de un lugareño a quien poder recurrir en el caso de que vengan mal dadas. Pero él se lo tomó a guasa. El hombre siempre ha tenido sus propias convicciones y no piensa que sea para tanto; solo se trata de coger el coche, elegir un sitio cualquiera que sea campo, ir hasta allí, recorrer el lugar elegido y volver. Nada difícil, como pueden ustedes comprender.
El hombre ha leído y visto por la tele, o por Internet, cómo algunos “especialistas tuiteros”, y otros tantos entendidos avanzados en la materia, realizan actividades de este tipo, como las documentan con primor y como, al parecer, les resultaban muy placenteras. ¿Por qué a él no?
La mayoría de las personas solemos necesitar, de tanto en tanto, visitar el campo. Dar un paseo por un terreno no urbanizado, no humanizado, lo más salvaje y deshabitado posible. Es una especie de atavismo, algo innato al ser humano. Incluso a los urbanitas más recalcitrantes una ocupación como esa, tan sencilla como saludable, les debería reportar algún tipo de satisfacción.
Pues bien, ahí está el hombre. En medio de la soledad más absoluta. En un lugar alejado más de dos horas de cualquier punto habitado. Tan lejos como había conseguido adentrarse por aquel camino, o más bien senda mulera, siempre empinado y francamente lamentable, que parecía morir allí mismo, pero que no terminaba de acabar.
Y mientras se recupera del desasosiego que la ausencia de ruido le ha provocado comienza a percibir ciertos matices odoríferos, antes nunca percibidos, y esta percepción es una especie de descubrimiento para él. Por supuesto que en la ciudad que habita hay también buenos y malos olores. Podría hacer una larga lista sin esfuerzo y recordar algunos de ellos sin mayor dificultad, por ejemplo, entre los desagradables, pero familiares y casi amigos por cotidianos, se encuentra ese hálito, de difícil descripción, que se puede percibir, con cierta asiduidad, en el metro. Si se ponía a analizar e intentar describir como era ese olor podría decir que viraba desde una atenuada peste a huevos podridos hasta una especie de viscosa humedad opaca. Otro olor altamente ofensivo es el que se desprende de los contenedores de las basuras, en este caso si que es verdaderamente dificultosa su traslación a palabras, pues puede ir desde lo verdaderamente vomitivo y pestilente hasta lo simplemente impertinente, incluso, a veces, con ligeros toques afrutados. Y por supuesto el olor al humo del tráfico. Ese olor lleva aparejada una huella visible que se manifiesta al limpiarse la nariz, en forma de mancha negra, pues es, en realidad, puro hollín con fuerte presencia de hidrocarburos mal quemados, el que pulula en el aire de la gran ciudad. Y entre los olores agradables como olvidar, por ejemplo, el caro perfume de la joven y bella ejecutiva que suele coincidir con él, cada mañana en el ascensor, camino de la oficina. Su aroma denota limpieza; más una enigmática limpieza perturbadora, no exenta de gran erotismo, como decir… subyacente, pero que se deja sentir invadiéndolo todo.
Pero ahora el hombre, que está solo en medio del campo descubriendo el silencio y el olor, los olores nunca antes percibidos, comprende lo difícil que será poder explicar todas estas sensaciones. Cuando regrese.
Vale