La libertad

Por: Luis de Valdeavellano

(Este artículo fue publicado en el periódico digital «La Comunidad de Info» en 2013)

                        

El niño había porfiado tanto que, finalmente, los Reyes Magos sucumbieron ante su firme petición, por segundo año repetida machaconamente: él quería un ratón, un hámster, concretamente de la subespecie rusa, mejor macho y de color blanco o marrón, no negro ni plateado. Así lo había pedido en cada una de las cartas a “Sus Majestades” que le habían permitido escribir y, cuando le habían preguntado, el niño había explicado, muy serio, que un hámster era ,básicamente, un roedor de cola corta y abazones a ambos lados de la boca y que esos abazones son como sacos donde depositan la comida antes de masticarla, lo que les permite recolectar mucha cantidad en cada incursión fuera de su refugio y volver a él cargados hasta los topes. No le preocupaba que el hámster tuviera que estar encerrado de por vida pues, decía el niño, que los ratones se sentían más seguros estando encerrados en su jaula, y que, además, él se ocuparía de soltarle un ratito cada día por su habitación. Los padres, aún con algún reparo a la adopción de un «nuevo miembro familiar», cedieron al fin ante la firme postura del muchacho.

Así fue como, en la mañana de Reyes, bajo el Árbol y muy cerca del Belén, apareció la flamante jaula plateada con espacio suficiente para el roedor, dotada en su interior con una especie de tubo largo y transparente con el final en forma de nido y una rueda giratoria con escala, además de los recipientes de agua y comida, y, por supuesto, un precioso ejemplar macho de hámster ruso de color blanco inmaculado, habitante único y exclusivo de la misma.

El niño, tras desembalar con premura el envoltorio, cuidadosamente adornado con un gran lazo, se había quedado prendado del contenido y no pudo, en los primeros instantes, ni articular palabra, absorto en la contemplación del animal, preso de una excitación contenida que aún tardó unos instantes en expresar  ruidosamente,  mostrando a sus padres una gran sonrisa que, por sí sola, colmaba todas sus expectativas. Luego la mañana transcurrió entre juegos y alegría y cada movimiento del ratón, cada acto y cada gesto era retransmitido por el niño a sus padres, como si de un acontecimiento extraordinario se tratase.

Los días fueron pasando con la monotonía del tiempo perfectamente reglamentado en periodos preestablecidos de trabajo y ocio, de diario y festivo, con la carga de rutina necesaria para dar a la existencia cotidiana una apariencia de consistencia y solidez inexistentes y durante la cual el niño fue reduciendo su pasión por aquel ratón hasta que, poco a poco, quedó éste confinado en su rincón, apenas ya un mero adorno, uno más en la colmada habitación infantil.

Así que, de forma casi imperceptible, se iban olvidando de él, salvo cuando la jaula empezaba a oler y se hacía imprescindible una limpieza de la misma, y el ratón, por unos minutos, recobraba cierta actualidad, era de nuevo recordado e, incluso, se le permitía abandonar la jaula, si bien cautivo en el interior de una bola de plástico que él, en su deseo de escapar, hacía rodar de manera frenética por la habitación mientras la jaula era convenientemente aseada por el niño. 

Por su parte, el hámster, al parecer ajeno a todo cuanto sucedía a su alrededor, como un atleta monotemático, vivía siempre concentrado en su pulsión más primitiva y necesaria y solía estar royendo los barrotes durante buena parte del tiempo, y esto desde el mismo día en que le habían encerrado en aquella jaula. Con paciencia inconsciente pero machacona, con tenacidad inaudita continuó su labor, acaso surgida de la propia necesidad de su naturaleza de roedor compulsivo, esclavo del crecimiento constante de sus dientes, hasta que un día las barras de aquel lado de la jaula, debilitadas al fin por los insistentes dientes del animal, fueron cayendo rotas, una a una. Luego, después de husmear un rato en derredor,  metió la  cabeza  por el hueco abierto entre las rejas y miró hacia fuera. Por primera vez después de años pudo ver el exterior sin los barrotes, ahora destruidos y sin estar dentro de aquella horrible pelota que le hacía girar y girar sin fin, pareció querer sacar el cuerpo por entero pero titubeó vacilante, dio media vuelta con cierto desdén indiferente y regresando a su infatigable labor, siguió royendo en otra parte de la jaula.  

                                              Vale

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